jueves, 16 de diciembre de 2010

Alfarería del barrio de La Luz, un oficio que se niega a morir

Qué será de nosotros si el centro deja de comprar, para quién fabricaremos lozas y barros si son los gustos del Centro los que determinan los gustos de la gente, se preguntaba Marta. No fue el jefe de departamento quien decidió reducir los pedidos a la mitad, la orden llegó de arriba, de los superiores, de alguien para quien es indiferente que haya un alfarero más o menos en el mundo. Lo que ha sucedido puede haber sido el primer paso; el segundo, será que dejen definitivamente de comprar, tendremos que estar preparados para ese desastre. Sí, preparados.
Fragmento del libro “La Caverna”, José Saramago




Un oficio y sus tradiciones religiosas se mantienen en la memoria, en las manos y en los pies de sus inquilinos más longevos. Aunque son mudos, esos mosaicos que sobreviven en los muros de casas y comercios ante el paso galopante de la modernidad urbana, hablan con la palabra impresa y sus nombres, posiblemente, no nos digan nada: la calle Torrecilla, la calle del Cuernito y la famosa calle Carrillo, antaño fueron el referente obligado para quienes debían adquirir algún producto de ese rincón poblano. Actualmente, el turista tiene más interés por conocer ese pasillo conformado por las tres calles mencionadas, mientras los poblanos sólo se limitan a observar con indiferencia cómo al paso de los años una tradición desaparece y contradictoriamente se niega a morir. Me refiero a la alfarería del Barrio de La Luz, uno de los íconos representativos de nuestra ciudad capital.

En voz de sus protagonistas

A buen paso llegamos a la calle Carrillo, actualmente Juan de Palafox entre la 14 y 16 sur. Varios establecimientos exhiben ollas, jarros, cazuelas, sahumerios, maceteros, alcancías, incluso inodoros de barro. ¡Sí!, inodoros de barro, raros para nuestra época, entre otros aparejos. Observo el número 1403 de la mencionada calle, la portada de un vecindario que alberga uno de los tres hornos que visité y que actualmente funcionan. Ramón López Álvarez resguarda la entrada del lugar que también es un taller. Abordo a la persona que me recibe amablemente e iniciamos una amena conversación.

“Mire joven, por principio de cuentas esta calle se llamó Carrillo en memoria del capitán Javier Carrillo de Aranda quien allá por el año 1689 instaló un obrador de loza en este barrio, de hecho era un bedoe, es decir, un inspector de calidad de loza blanca y vidriada. Esta industria cobró tal importancia que en su memoria esta vía recibió, a partir de 1780, el nombre de Calle Carrillo, actualmente, Juan de Palafox y hace poco más de un sexenio era conocida como Maximino Ávila Camacho”.

Don Ramón proclama con todo orgullo que la calle referida es la más socorrida, a pesar de sus dificultades. “Muchos alfareros somos viejos y necesitamos trabajar, no sabemos otra cosa más que moldear el barro y la arcilla. Hace muchos años había unos 20 hornos, ahora sólo quedan tres y nuestro oficio se ve amenazado porque la gente prefiere los utensilios de plástico y peltre que las cazuelas de barro”.

Nuestro amigo hace una pausa, me mira y expresa con resignación: “No podemos trabajar a gusto porque a los vecinos les molesta el humo cada vez que quemamos la loza, y tienen razón, sería más fácil si tuviéramos un horno con gas. Pero lo que más nos preocupa es que en cualquier momento seamos desalojados porque la casa donde tenemos este horno fue expropiada por el gobierno y vivimos con la incertidumbre de nuestro trabajo ¿A dónde nos vamos? No importa que nos reubiquen en las orillas de la ciudad, lo único que pedimos es que nos dejen trabajar y vender nuestros productos aquí”, dijo el alfarero con cierto dejo de tristeza.

Con unas gotas de optimismo apunta: “Ojalá el gobierno, alguna empresa o alguien nos apoye y de verdad se interese por nuestro trabajo, sería bueno para nosotros poseer un horno de gas y tener posibilidades de exportar nuestros productos. Estamos abiertos a mejorar nuestras técnicas de producción, empleando otros materiales como el esmalte, porque es un requisito para comerciar sin restricciones, y de esa manera, mejore nuestro nivel de vida porque quienes ganan son los vendedores que están aquí enfrente. No digo que nos vaya mal, pero vamos al día”.

“¿Considera que la alfarería de La Luz es un oficio que se niega a morir?”, cuestioné a mi interlocutor que me dio dos razones de peso. “Sí, muchacho, se niega a morir porque somos la huella viviente de los alfareros de otras épocas y mientras haya personas que quieran aprenderlo, jamás morirá”, afirma con una mirada llena de esperanza.

“Otra cosa ¿te imaginas el mole poblano cocinado en una cazuela que no sea de barro? Los alimentos saben mejor en objetos de barro. Tan solo los frijoles, el café de olla, el mole poblano, el agua, incluso las salsas que se preparan en molcajete a diferencia de lo que se cuece en la olla exprés o el peltre, es diferente”. En efecto, cuando he tenido oportunidad de pueblear, el sabor y los aromas de los alimentos son diferentes a los de la ciudad. Me interrumpe la formulación de la siguiente pregunta con una aclaración: “es un mito de que los alimentos cocidos en barro dañen la salud porque contienen plomo, la mayor parte de mi vida he comido en trastos de barro y nunca me he enfermado”. En parte tiene razón mi interlocutor, sin embargo, lo que debe saber es que sí existen efectos dañinos del metal sobre la salud de los alfareros (falta de oxígeno y calcio, alteración de la transmisión nerviosa al cerebro; en el caso de los niños, un nivel de inteligencia reducido, dificultad para concentrarse. Para las mujeres embarazadas el daño se refleja en el bajo peso del producto al nacer y deficiencias en el desarrollo neuroconductual, al emplear la greta, materia prima que contiene plomo.

Ya entrados en confianza don Ramón me muestra el horno y la casa, casi en ruinas, en la que trabajan. Para mi fortuna veo cómo algunos alfareros colocan con paciencia las piezas en el horno, que días más tarde trabajará, como lo ha hecho a lo largo de los años, en la cocción de las piezas.

“Aproximadamente ocupamos dos toneladas de madera. Esta materia prima son tarimas, las cuales nos cuesta 20 pesos la pieza para cocer unas 150 cazuelas de diferentes tamaños cada 20 días, y la arcilla la traen de Amozoc”, me explica mi anfitrión, mientras observo un pequeño horno que contiene cientos de bases para cirios y sahumerios que se ocupan en la festividad de Todos Santos.

¿Ustedes están asociados en algún gremio de artesanos? Le espeté para saber si contaban con algún tipo de apoyo y comenta mi convidado que no, solamente están afiliados a la Casa del Artesano Poblano y agrega que en Puebla se debe legislar a favor de los artesanos, como en el estado de Michoacán que cuenta con una Ley de Fomento Artesanal decretada el 13 de marzo de 2000, incluso hay un día dedicado para este gremio, el 20 de septiembre.

No todo es miel sobre hojuelas

Proseguimos nuestro recorrido por el barrio de la Luz y visitamos el segundo horno que se ubica en la antigua calle de Nazabal o Ayuntamiento, hoy avenida Juan de Palafox 1601, inmueble que se encuentra en condiciones deplorables y que alberga a cuatro familias. Ahí conocimos a Luis Rodríguez González, tornero, quien con gran satisfacción nos dijo que él representa la cuarta generación de alfareros cuya tradición familiar data del año 1885 iniciada por Francisco Rodríguez. Desde pequeño aprendió el oficio y de acuerdo a su parecer los alfareros de antaño fueron los mejores maestros, eran torneros y maneros, no como ahora que unos solamente se dedican a hacer cazuelas porque son más rentables (maneros) y otras personas fabrican diversos utensilios como jarros, ollas, platos y sahumerios (torneros).

Después de amasar la arcilla don Luis se dispone a trabajar en su torno que se sitúa en una habitación fría, con poca iluminación y entre estantes de madera bañados por el polvo y carcomidos por el comején. “¿Considera usted que la alfarería de La Luz es un oficio en extinción, que se niega a morir?”, pregunté, mientras el maestro alfarero daba forma al barro que se deslizaba entre sus dedos por el movimiento de la rueda. “Lamentablemente sí, los desalojos y la falta de apoyo y envidias entre compañeros hacen que este oficio muy pronto se acabe. Por si fuera poco, este fin de mes nos quieren dejar en la calle porque el dueño de esta casa ya nos corrió, pero como no ha habido demanda de desalojo, nos quedaremos ya que no tenemos a donde ir y aunque encontráramos un pedacito, cuánto nos va a costar, ni siquiera nos van a recibir con nuestras cosas. En el caso de que eso ocurriera, tan solo date cuenta cuánto tiempo nos tomaría desarmar los andamios y anaqueles. Mientras el dueño de este vecindario no soborne a la autoridad para que le facilite la orden del juzgado, nosotros permaneceremos aquí o veremos si conseguimos un amparo para que no proceda el desalojo”.

Don Luis me observa y una advertencia brota de sus labios: “La única manera que nos pueden sacar es por la fuerza y ya veremos de a cómo nos toca”. Con seguridad añade: “además a nadie conviene que nos desalojen porque todos necesitamos de todos, esto es una cadena. Los dueños de los hornos necesitan de nuestro trabajo para cocer la loza, los comerciantes de nosotros para vender y distribuir la producción, los que nos venden la arcilla para trabajar y así, sucesivamente. Aunque nuestra situación está al borde de la desesperación, no nos damos por vencidos”

El último horno se ubica en la 7 oriente 1418-A, en el barrio de Analco. Un niño me indica que puedo pasar a echar un vistazo y una bulliciosa actividad es la que me recibe. Pido permiso para sacar unas fotografías, pero me indican los trabajadores que lo debo consultar con el patrón quien me ve con desconfianza y como si fuera un ritual practicado con cada reportero y camarógrafo me da el visto bueno para obtener todas las imágenes que yo quiera. Hago mi trabajo y el jefe del taller me sigue a donde quiera que vaya, me incomoda, pero veo recompensado mi tozudez con uno de los trabajadores que se deja retratar. Ya no formulo preguntas ni averiguo más del tema, me doy cuenta de que este grupo de orfebres es más familiar que un gremio organizado que me ve con reticencia.

La versión oficial

En palabras de Enrique Pena Milán, jefe del departamento de promoción artesanal, cuya oficina se localiza en la Casa del Artesano Poblano, corrobora que no existe una ley que proteja a los artesanos de Puebla, únicamente se apegan al Diario Oficial de la Federación y a la Secretaría de Economía que se encarga de regular y apoyar la actividad artesanal. Ejemplo de ello es el Programa de Apoyo al Diseño Artesanal (PROADA) que plantea normas específicas para la producción, exportación y apoyo de los productos artesanales.

Con respecto al inmueble de la avenida Juan de Palafox 1403, el funcionario explicó que sí fue expropiado el predio al final de la administración municipal de Mario Marín, incluso el decreto existe. Lo que le extraña es que en la administración de Luis Paredes no se pusieron en marcha los programas para los cuales serían beneficiados los alfareros del Barrio de La Luz, tales como un museo y el centro expositor. La razón por la cual se expropió la vivienda se debe a que el Barrio de la Luz forma parte del conjunto arquitectónico del Centro Histórico de Puebla.

Enrique Pena está consciente de la dura situación que viven los alfareros del populoso barrio poblano. “Entiendo su situación, pero no es para que exageren las cosas. El problema que ellos padecen es el de los desalojos porque es de entender que los propietarios quieran cobrar las rentas postergadas y si stos no pagan, los arrendadores están en su derecho de exigir el desalojo, pero si los inquilinos dan un adelanto, de buena fe, el propietario puede cambiar de opinión. Mientras, la situación será como ha ocurrido en los últimos años”.

“Por otra parte estas personas, a pesar de las dificultades, subsisten en medio de un entorno urbano, a diferencia de Amozoc y San Miguel de las Ollas que tienen en promedio unos 20 mil alfareros que fácilmente comercian sus productos. Los de aquí son unos 40 y con grandes esfuerzos mercadean en los pueblos; en la ciudad ya es muy difícil. Es raro que aquí alguien quiera cocinar en cazuelas de barro. De que hay amas de casa que sigan con esa tradición, las hay, pero no podemos negar que el peltre y el aluminio ahorran los tiempos de preparación de los alimentos”, concluyó el funcionario.

Colofón

Ciertamente la alfarería del Barrio de La Luz es un oficio que se niega a morir, curiosamente hay 40 alfareros que personifican a Cipriano Algor, protagonista de la novela de José Saramago, La Caverna, quien lucha hasta el final para que su único medio de subsistencia no desaparezca, al menos eso es lo que constatamos en los tres talleres con sus respectivos hornos.
Intentamos presentar los dos rostros de este problema. Son historias contradictorias, si embargo, unidas por el mismo vínculo y si los del gremio no se organizan y alguna entidad gubernamental o privada de nuestro Estado no toman en serio este problema, entonces seremos mudos testigos de la muerte de una antiquísima tradición poblana.


Aún cuando no posee la denominación de origen, lujo que se precia la Talavera, máximo exponente de la alfarería poblana de alta calidad, lo cierto es que las ollas, las tazas, los sahumerios, las cazuelas y tantos objetos salidos del Barrio de La luz han acompañado por generaciones a quienes han hecho uso de ellos. No están en los estantes de los supermercados, pero estoy seguro de que en las cocinas de los hogares más sencillos de esta ciudad ocupan un lugar, incluso en el restaurante de lujo que incluye en su carta café y atole, bebidas que son servidas en jarritos, precisamente, fraguados en los talleres del antiquísimo barrio poblano.

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