viernes, 24 de diciembre de 2021

Belén de mis recuerdos

Noche de paz, noche de amor entre los pastizales colaterales del negro asfalto de la carretera. El Hijo de Dios se hizo hombre y sólo hundir la cabeza en el misterio incomprensible de tan magna aventura, hacía que las lejanas luminarias del firmamento guiñaran sus arpegios.

Por Pbro. Rogelio Montenegro Quiroz +

Yo fui alumno de la Ecole Biblique de Saint Etienne, de los padres dominicos franceses, los años 1975-76 y pude vivir de cerca el encanto de la tierra de Jesús y de tantas gestas sagradas que registran las páginas milenarias de la Biblia. Fue un privilegio respirar los horizontes de tantos rostros anónimos que compartieron estas estepas en la gradualidad de los siglos, emociones atemporales que ahora almacena la memoria y celebra mi alma al compás del viejo tambor de los recuerdos.

Muchas veces recorrí a pie largas distancias, disfruté los rincones secretos de las reservas privadas del arqueólogo, bajé por los barrancos que sangran las arenas y disfruté atalayas que otrora convivieron los Patriarcas en sus largas caminatas de beduinos. Por aquí se entretejieron los sueños inocentes de tantas generaciones, se desbordaron sus pasiones y se pelearon sus rencores. Tierra Santa es el vértice atemporal de muchas eternidades.

Beth-Lejem es una aldea a 10 kilómetros al sur de Jerusalén en los bordes occidentales del desierto de Judá. La historia universal la menciona por primera vez en las cartas de Tel-Amarna a propósito de una petición de ayuda bélica al Faraón Amenofis IV. En cambio, Gen 35, 19 dice que la sepultura de Raquel estaba precisamente en ese pueblecillo de los tiempos patriarcales. 2Sam 23, 13 recuerda la cueva de Adul-Lam y una cisterna en la entrada del caserío. Más tarde, hay referencias de su continuidad en la historia hasta en los tiempos de Ruth y el nacimiento y coronación del Rey David que narra 1Sam 16, allá por el año 1010 a. C.

Como la profecía de Natán fue dirigida al rey betlemita, la aldea va a quedar marcada para siempre en la conciencia de los profetas y prédicas del hilo conductor horizontal abierto al futuro. De tal manera que el Éxodo, la Alianza, la Ley y la esperanza de un Rey futuro portador de paz y amor van a conformar la dorsalidad extraña de un proyecto de nación que conoce sus timones y puede iluminar sus pasos con la verde confianza de sentirse pueblo elegido y acompañado hacia sus logros por la presencia fiel de su Dios. Uno de esos videntes profesionales de la esperanza se atrevió a decir: “Y tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir Aquel que ha de dominar en Israel”.

Fue una larga noche de luceros y de emociones palpitantes el 24 de diciembre de 1975, siendo como ya dije, alumno en la vieja ciudad de Jerusalén, cuando un anciano y correoso monje, de esos de deveras, de los que producía Domingo de Guzmán en el siglo XIII, converso judío de la familia de los Dreiffus, nos invitó a cumplir la costumbre anual de sus devociones.

Había que ir caminando hasta Belén para concelebrar la Misa de media noche con el patriarca latino en adoración al Niño de los pastores y querubines. Fueron 10 kilómetros por la sencilla carretera vecinal a la luz de la luna, en los largos tramos deshabitados y sin la explosión actual de las casas, habitantes y electrones. Éramos 12 alumnos peregrinos que salimos a las 9 de la noche al paso de los pastores que tienen una cita con la fe y con la historia.

Sudor frío sobre los lomos de la montaña de Judá que desciende imperceptiblemente hasta Hebrón. Pocas palabras salpicaban el amplio manto del silencio y las estrellas. Noche santa de pirotecnias del corazón y el blanco hábito del dominico que nos guiaba con la retórica silente de su prestigio moral. Ya nos había contado su historia y su conversión en los fragores lejanos de la segunda Guerra Mundial y ahora era el maestro exegeta de los contenidos arcanos y profundos de los cantos del Siervo de Yahvé. Ese era el báculo que congregaba y conducía. Tenía alma de niño, porque los verdaderos científicos se envuelven en la sencillez franciscana de la sobriedad elemental. Pero esa noche se hundió en la gramática de la quietud, dejando que el ritmo de nuestros pasos fueran el único aplauso cadencioso de nuestro arrobamiento.

Noche de paz, noche de amor entre los pastizales colaterales del negro asfalto de la carretera. El Hijo de Dios se hizo hombre y sólo hundir la cabeza en el misterio incomprensible de tan magna aventura, hacía que las lejanas luminarias del firmamento guiñaran sus arpegios.

La luna iluminaba nuestros pasos y facilitaba el tintinábulo del recuerdo. 2000 años se comprimían en los renglones escénicos del Evangelio Lucano. En el claroscuro de la noche Rembrandt asomaba las siluetas de los pastores y sus ovejas que también iban camino de la cueva.

Entramos a la ciudad por la tumba de Raquel y fuimos siguiendo las curvaturas zigzagueantes de la falda montañosa de Belén. Subimos la cuesta de la saliente oriental de la pequeña cordillera que señala hacia el desierto de Judá antesala del Mar Muerto. Ya en la plaza central participamos de la algarabía desbordante de las celebraciones.

Empezamos a recordar que los lugareños y sus descendientes nunca olvidaron el lugar de los prodigios, pero los romanos que estaban en Palestina desde el año 64 a.C., jamás se enteraron o nunca les importó la tradición sostenedora y arquitecta de los conglomerados humanos.

En tiempo de la rebelión de Bar Kokeba 132-135 los invasores disolvieron la sedición poniendo punto final a la nación judía y por orden de Adriano se arrasó Jerusalén y se construyó una nueva colonia romana con el nombre de Aelia Capitolina, estableciendo en el lugar del templo las estatuas de Júpiter y del emperador y en Belén cubrieron el lugar con un bosque en honor de Adonis, dios de la vegetación que muere en invierno y resucita en primavera. Todavía San Cirilo + 387, da testimonio de haber visto el lugar cubierto de árboles. Orígenes por su parte, anota las siguientes frases durante un viaje a Palestina: “En Belén se muestra la cueva en que nació Jesús y dentro de la cueva, el pesebre en que fue reclinado, siendo de todos conocido, incluso de gentes ajenas a la fe, que en esta cueva nació Jesús a quien admiran y adoran los cristianos”.

Penetramos a la basílica construida por Justiniano en el año 539 sobre los restos de la que Constantino y su madre habían inaugurado el 31 de mayo del 339. Sabemos que esta basílica bizantina está de pie como único monumento en toda Palestina después de la gran destrucción llevada a cabo por los persas en el año 614. Bajamos a la gruta y nos fuimos a postrar para besar piadosamente la estrella de plata indicativo visible del gran recuerdo: aquí nació Jesús el Hijo de María.

A las 12 horas nos revestimos y nos unimos a muchos otros sacerdotes de varias nacionalidades para concelebrar nuestra alegría navideña con el patriarca de Jerusalén en la Basílica medieval de la parte norte dedicada a Santa Catalina, la mártir de Alejandría, que ahora es la Iglesia parroquial de los católicos lugareños. Cantamos en latín el gloria in excelsis Deo con el trasfondo tubular del gran órgano y la emoción milenaria de todos los recuerdos. Afuera los coros juveniles de 20 naciones entonaban los viejos villancicos que, en un concurso anual, le confiere a la noche de Belén la tonalidad azul del infinito.


+ El Padre Rogelio fue Profesor del Seminario Palafoxiano, Director del Instituto Católico de Teología para Laicos Camino, Verdad y Vida, capellán del Templo de Santa Rosa y conductor de la sección El poder de la palabra en el programa de radio Buenas Noches Puebla. Falleció el 15 de febrero de 2021.