lunes, 26 de marzo de 2018

Eternamente Mujer

“...ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumpla en plenitud, la hora en que la mujer adquiera en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del Espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga”.
Juan Pablo II, encíclica Mulieris dignitatem.


El 4 de marzo se celebró el día de la familia, el 8 el día de la mujer y el 25 el día de la vida, tres celebraciones íntimamente ligadas a “ser mujer”.

En el momento histórico que estamos viviendo es vital la participación de la mujer en todos los ámbitos, y efectivamente, vemos que es capaz de realizar cualquier actividad y hacerlo muy bien. Podríamos enumerar a muchas mujeres que han destacado en la política, en la ciencia, en la economía, en la educación y en muchos otros campos. Sin embargo, es frecuente escuchar dos posturas divergentes, pero que convergen en un punto: la insatisfacción.

Por una parte, tenemos a la mujer que trabaja fuera de casa, orgullosa de sí misma, intentando proyectar éxito como mamá, esposa y profesionista. Sin embargo, está estresada, se empeña en hacerlo todo bien y, a pesar de todo su esfuerzo, en el fondo de su corazón se siente culpable de no estar con sus hijos y su esposo el tiempo suficiente, por alcanzar su realización personal a costa de su familia. Ante los demás siempre trata de justificarse, argumentando las necesidades materiales de la familia y que el tiempo que le brinda es de calidad.

Por otro lado, la mujer que teniendo una profesión no trabaja y permanece en el hogar, finge estar feliz, pues su renuncia es “por el bien de su familia”, pero internamente mantiene un sentimiento de frustración, pues siente que no se realiza por culpa de sus hijos; y aunque alaba a la que trabaja, interiormente también la crítica pues considera que tiene abandonados a sus críos; y lo peor es que ella también siente que a veces los deja por dar prioridad a otras actividades.

Si tratamos de buscar responsables de este dilema, diríamos que son los hombres, pues han accedido a tratar a las mujeres como “hombre”, olvidándose de que funciona diferente a ellos. El hombre, aunque en su vida desempeña varios roles es uni-canal, su cerebro está programado para pensar en una sola cosa a la vez, cuando está en su trabajo se concentra en él, cuando está en casa procura no hablar del trabajo etc. Dios dotó a la mujer de un cerebro multicanal, por eso no es de extrañar que al mismo tiempo que prepara una junta, da indicaciones acerca de la comida, pide le lleven la ropa a la tintorería, habla al esposo para recordarle algún pendiente, etc.


¿Cómo llegamos a esta situación?

A principios del siglo XVIII imperaba un modelo de familia extensa, donde el varón trabajaba en el campo y la mujer, regía y administraba el hogar, educaba a los hijos, además de colaborar en actividades del campo o el comercio. En torno a ella giraba la vida de “todos”: ella organizaba, implantaba costumbres, mantenía las tradiciones; representaba roles de madre, esposa, ama de casa y trabajadora de una manera natural. Nadie se escandalizaba de saber que la esposa salía a atender el puesto familiar, a ver un enfermo, a trabajar en el campo o en la granja, sólo se quedaban en casa las mujeres enfermas o minusválidas. La mujer siempre había trabajado como “mujer” no como hombre.

Con la revolución industrial, el varón marcha a las fábricas, quedando la mujer en casa atendiendo a los niños y ancianos. Los hombres deciden que ellos se dedicarán a las tres actividades sociales hegemónicas: Estado, ciencia y economía, y la mujer a su hogar; enfrentándose a un problema que antes no existía: “Maternidad sí – trabajo no”. Como consecuencia de esto, la institución familiar va perdiendo su interdependencia evolucionando hacia la separación entre la vida del hogar y los negocios, lo que lleva paulatinamente a la ruptura de la unidad familiar, quedando muchas veces desprotegidos la mujer y los hijos.

La decisión de excluir a la mujer de ciertos ámbitos y relegarla solo a su hogar significó una pérdida muy importante para todos, especialmente para la propia identidad de la mujer que está llamada a darse no sólo a sus hijos y a su esposo, sino también a la sociedad. La mujer de hoy y de siempre está convencida de poder atender hijos, esposo y casa, teniendo, además, tiempo y capacidad para amar a los demás.

El movimiento feminista ha luchado para que a la mujer se le considere su capacidad para desempeñarse en ámbitos fuera del hogar y eso es válido, el gran error está en que, en lugar de pedir sus derechos de mujer como mujer, se ha pedido que se le integre al mundo laboral con condiciones iguales a las del varón. Estas reglas del juego (horario fijo, jornadas extras, competencia dentro del trabajo) la llevan a condiciones imposibles de cumplir sin descuidar sus otros roles... Ésta es la causa de que la mujer esté metida en grandes problemas, pues nunca podrá trabajar como un hombre.

La mujer debe trabajar como mujer y el hombre como hombre. Ciertamente ella es capaz de cubrir cualquier puesto y cumplir, tal vez, mejor que cualquier hombre, pues naturalmente está llamada a la entrega incondicional, con una fortaleza que involucra todo su ser, pero tendrá que hacerlo en su estilo femenino, sin abandonar su parte de esposa y madre.

Las condiciones iguales a las del varón e incompatibles con sus roles de esposa y madre han enfrentado a la mujer al dilema “trabajo sí – maternidad no”.

El corazón de la mujer está hecho para darse, para entregarse a los demás, para enriquecer y ayudar al mundo. Si se distorsiona el mensaje, se la lleva a acciones nacidas del egoísmo, totalmente contrarias al amor, perdiendo su identidad, llevándola a la soledad, a la depresión, a la frustración constante y a considerar a los hijos como “enemigos y obstáculos para su autorrealización”.

Hoy más que nunca el mundo necesita de la participación de la mujer, es injusto que los dones con que ha sido colmada se queden guardados; la que ha estudiado, la que tiene una profesión, la que sabe idiomas, la que tiene un gran corazón para entregarlo a los demás, no puede esconderse, llenando su tiempo en gimnasios, cafecitos, centros comerciales o salones de belleza.

Si mamá trabaja sólo por buscar su propia satisfacción, los hijos se darán cuenta de sus intenciones egoístas, en cambio, admirarán y valorarán a la que los deja un rato para hacer el bien a un mundo urgido de su ternura y saber.

viernes, 2 de marzo de 2018

Familia, cambios y decisiones responsables

Las decisiones que cada familia tome ya no son dictadas por nadie, ya no por la tradición, ya no por mandatos externos, ya no por un solo miembro de la familia, ya no por los abuelos, ya no por nadie que no sean los mismos integrantes del sistema familiar...


Por Enrique López Albores *

Carmen y Antonio son una pareja de recién casados, tienen solamente dos años viviendo juntos. Ella es abogada de formación, su mayor ilusión ha sido siempre desempeñar un cargo público además de litigar en su propio despacho. Él es arquitecto, estudió, al igual que ella, en una universidad prestigiada y con muchos esfuerzos se está consolidando profesionalmente. Actualmente están esperando un bebé, se encuentran en el octavo mes de embarazo y pronto serán tres.

Viven lejos de la familia de ella, pero en la misma ciudad de la familia de él. Ella, hasta antes de su embarazo estaba litigando en un despacho de la ciudad y estaba a punto de formar parte de un equipo de trabajo con aspiraciones políticas, proyectos que, muy a su pesar según sus propias palabras, pospuso debido a su embarazo. Él está, junto con otros socios, constituyendo un despacho de diseño y arquitectura, además de que da clases en la universidad de donde egresó.

Esta pareja se encuentra en una situación singular nada desconocida por muchos, ambos quieren seguir trabajando y también quieren tener otro hijo además del que esperan, pero se plantean los siguientes cuestionamientos: ¿Quién se hará cargo del bebé en camino y del próximo que tienen programado? ¿Los inscribirán en una guardería? ¿Se los dejarán a la abuela paterna? ¿Alguno de los dos se hará cargo de los bebés? ¿Por cuánto tiempo? ¿Quién se hará cargo de los quehaceres del hogar ahora que serán más? ¿Quién llevará a los niños a la escuela cuando éstos crezcan? ¿Qué decisión es la mejor?

Carmen y Antonio están convencidos de que la cercanía con sus hijos es recomendable y también están convencidos de que quieren desarrollarse y progresar profesionalmente. Son conscientes además de que, al menos en nuestro contexto actual, cuatro años fuera del ejercicio profesional pone “fuera de circulación” al profesionista en cuestión, además de que son conscientes de las implicaciones económicas de cualquier decisión que tomen.

Esta familia podría apellidarse Unadetantas que abundan en nuestro tiempo que cuestionan a sí mismas o que acuden al consultorio psicoterapéutico para escuchar la voz de su propia conciencia y tomar así la mejor decisión. Esta es una de las típicas disyuntivas y dilemas ante las que se para cualquier pareja de nuestro tiempo, parejas que buscan desempeñarse y realizarse plenamente en los diferentes campos de su existencia individual y familiar. Dilemas propios de nuestra época y nuestro contexto histórico.

Años atrás las decisiones eran menos complejas, el número de variables que debían tomarse en cuenta era menor, el papel del hombre y de la mujer estaban más definidos por la tradición, por la costumbre... por otros. Los roles sociales en general casi no se cuestionaban, los cambios en los diferentes ámbitos de nuestra vida tampoco eran tan acelerados y vertiginosos.

En ese mismo tenor, años atrás, los diez mandamientos eran suficientes para conducirnos por la vida (Frankl, 1994). Actualmente, atendemos diez mil situaciones diferentes cada día, ¿necesitamos acaso diez mil mandamientos para decidir en cada una de ellas? ¿Necesitamos de diez mil personas que nos conduzcan una a una a cada momento de nuestra vida? ¿de dónde sacamos diez mil tradiciones y/o costumbres como referentes para decidir a cada momento? y, en el caso concreto de una familia ¿cómo han de decidir un padre y una madre que aman a sus hijos y que quieren acompañarlos en su crecimiento personalmente y que al mismo tiempo han de responder a los compromisos que adquieren cotidianamente para asegurar la educación de sus vástagos o para cubrir los requerimientos mínimos de desarrollo saludable de la familia toda o para atender su deseos y aspiraciones de desarrollo profesional y personal?

Decidir ya sin la tradición a cuestas es al mismo tiempo un peligro y una oportunidad, el peligro radica en que nos extraviemos con mayor facilidad y perdamos el rumbo en el sentido de nuestra existencia, la gran oportunidad consiste en aprovechar nuestra mayoría de edad y la responsabilidad que implica el tomar decisiones responsables escuchando la voz de nuestra conciencia.

Decidir en un mundo cada vez más complejo en donde las variables aumentan día a día, en donde cada movimiento trae consigo un sin fin de modalidades y consecuencia, implica ciertamente un desafío, un reto a nuestra capacidad de responder y hacernos así cada vez más humanos por conscientes que somos en nuestra relación con los demás.

La Dra. Elisabeth Lukas (Fabry, 2000) afirma que: “en una familia sana, cada miembro es consciente de su función aun cuando ésta se modifique con el tiempo. La conciencia de las propias funciones es especialmente crítica en épocas difíciles (desempleo, enfermedad, un nuevo hijo, la ancianidad, la muerte) en las que pudieran ser necesarios que algunos de los integrantes asuman responsabilidades adicionales o renuncien a ciertos beneficios.

Las decisiones que cada familia tome ya no son dictadas por nadie, ya no por la tradición, ya no por mandatos externos, ya no por un solo miembro de la familia, ya no por los abuelos, ya no por nadie que no sean los mismos integrantes del sistema familiar teniendo en cuenta a los mismo y los efectos que cada decisión, que cada movimiento trae consigo hacia el interior de la familia y hacia el exterior de la misma.

La dirección es simple, solamente basta con escuchar la voz de nuestra conciencia, esa voz que es personal y también familiar, la voz de nuestra conciencia que se expresa en el diálogo con la pareja, con los hijos... con nosotros mismos.

La voz de nuestra conciencia que se manifiesta en la sensación de libertad y paz después de tomar la decisión indicada para todos y cada uno de los implicados, o bien, la voz de nuestra conciencia que se manifiesta en la sensación intranquilidad y molestia después de haber decidido a favor solamente de nuestra comodidad y egoísmo.

¿Cómo escuchar la voz de nuestra conciencia? Esta es la pregunta que nos queda de tarea para otra ocasión. Por el momento baste atender a los cuatros párrafos anteriores para echar luz sobre esta pregunta inquietante.


* El autor es catedrático en la Universidad Iberoamericana Puebla y en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP). Consultor en empresas como BBVA Bancomer, ThyssenKrup, Federal Mogul, Holcim Apasco, Grupo Lamitec, entre otras, en donde ha integrado equipos de alto desempeño e impartido seminarios de formación a nivel gerencial y mandos medios.