domingo, 31 de julio de 2022

Ignacio de Loyola a 500 años de su conversión

Al enfrentarnos con la figura de Ignacio de Loyola, nos encontramos que, con él, ocurre algo muy parecido a lo que pasa con San Juan de la Cruz: es más conocido que leído, la mayoría apenas sabe de él otra cosa que la famosa historia de la bala de cañón que rompe su pierna en Pamplona y causa indirecta de su conversión. Pero ¿Qué pensaba? ¿Cómo era su alma? ¿Qué se planteó al fundar la Compañía? son cuestiones a las que pocos sabrían responder.

Por Mtro. José Ignacio González Molina, Pbro. ☩

Recordamos aquel 31 de julio de hace 466 años (1556), cuando expiró Iñaki o Ignacio de la Casa de Loyola, de las tierras vascas, del noreste español. El antiguo capitán de los ejércitos imperiales de Carlos V de Alemania y Primero de España, pasaba a engrosar las filas del “Rey Eternal”, como lo presenta en su libro de los Ejercicios Espirituales. Cumplía cabalmente con la oración que rezó muchas veces al decir: “Tomad, Señor y recibid todo mi ser, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; vos me lo distéis, Señor, a Vos os lo devuelvo”. Además, se realizaba también la propuesta de la edición de la Cuarta Semana de sus Ejercicios Ignacianos: “para que, siguiendo a mi Señor en las penas de la Pasión y de la Cruz, me haga el favor de acompañarlo en las glorias de su Pascua de Resurrección”.

Ignacio nació probablemente en 1491, en el austero y sólido castillo de los Loyola (“lobos” y “olla”, como lo presenta el escudo de armas en su heráldica), en la provincia vasca de Guipúzcoa, siendo el último de los once hijos (tal vez fueron trece) de Beltrán Yánez de Oñaz y Loyola y de Marina Sáenz de Licona. En su bautismo en la Iglesia de Azpeitia, recibió el nombre de Iñigo de Oñaz y Loyola, probablemente en honor del santo benedictino Iñigo de Oña. En una carta de 1537 usó por primera vez la forma de Ignacio, posiblemente por su devoción a San Ignacio de Antioquia (primer Obispo de aquella región, a finales del siglo primero de nuestra era cristiana), conocido por su veneración al santo nombre de Jesús.


EN CONTEXTO

En medio de la belleza impresionante del campo vasco con sus montañas macizas, ricos pastizales y abundantes arroyos, Ignacio pasó sus primeros años y forjó sus actitudes recias en el seno de una familia cuyas raíces se hundían en la Edad Media y cuyos valores sólidos eran la lealtad extrema a la fe católica y la fidelidad profunda a los códigos de caballería. Inclinado por su padre a buscar “la mayor gloria de Dios” (Ad Maiorem Dei Gloriam, o clásico lema jesuítico A.M.D.G.), aprendió desde pequeño el amor entrañable a la Iglesia con los rudimentos de lectura y escritura. Su madre murió cuando él era muy pequeño. Cuando tenía 16 años, su padre voló al cielo. Probablemente en el año 1506, ya encontramos a Ignacio en Arévalo con Juan Velásquez de Cuéllar, tesorero mayor de la corte real, bajo cuya guía debía recibir la formación básica de un cortesano y gentilhombre español.

En 1516, a raíz de los complejos cambios ocasionados por la muerte del Rey Fernando el católico, Juan Velásquez cayó en desgracia en la corte. Ignacio, sin embargo, permaneció con su protector durante los días de humillación hasta que el ex-tesorero murió un año más tarde en Madrid. Su determinación inmediata lo condujo muy cerca de un potencial campo de batalla y de poder contar así con una oportunidad para alcanzar proezas militares. En Pamplona, al mando de tropas reales, se encontraba el duque de Nájera, poderosa figura en la frontera española y uno de los parientes de los Loyola. Ignacio fue a Navarra en 1517 y tomó parte en el mando del duque. Durante casi cuatro años Ignacio llenó sus días con cacerías, justas militares, negocios del duque y continuas lecturas de romances.

En medio de las disputas y batallas que sostenían los Habsburgos (Casa de Austria) con los franceses de la Casa de Valois, se encontraban los pasos montañosos de Navarra. Algunos moradores de aquella frontera entre España y Francia deseaban que cayera militarmente la ciudadela de Pamplona. Francisco de Beaumont, designado por el duque de Nájera para defender el puesto, abandonó la plaza ante el embate de los franceses. Entonces el gobernador de la fortaleza pretendió rendirse; Ignacio argumentó muy persuasivamente la defensa del sitio. Así las cosas, los mejores artilleros de Europa colocaron sus cañones ante las murallas de Pamplona, ofreciendo las condiciones de rendición. Ignacio persuadió al gobernador a no aceptarlas y se preparó con sus soldados a la batalla.

De acuerdo con una costumbre medieval, ante la ausencia de sacerdote, confesó sus pecados a un compañero. Durante seis horas los franceses atacaron los muros de la ciudadela. Finalmente, una parte de la muralla se desmoronó y la infantería se preparó a penetrar por la brecha. Allí se colocó Ignacio con la espada desenvainada dispuesta a defender el lugar. Y allí mismo cayó al destrozarle la pierna derecha una bala de cañón francés... ¡Inmediatamente se rindió la guarnición!

Durante la convalecencia y recuperación que le provocó una doble operación para aliviar su pierna deforme, que finalmente quedó un poco más corta que la otra, provocándole para siempre una leve cojera, Ignacio pidió libros de caballería para pasar el tiempo. Fue entonces cuando leyó La Vida de Cristo, del cartujano Ludolfo de Sajonia, y la Leyenda Áurea del dominico Jacobo de Varazze (Voragine). Al pasar las páginas de esta última obra conoció las hazañas de los hombres que eran descritos como “Caballeros de Dios” y dedicados al “Eterno Príncipe Jesucristo”.


FORMACIÓN INTELECTUAL Y ESPIRITUAL

En La Vida de Cristo estuvo leyendo sobre el magnánimo Jefe Jesucristo, cuya voluntad era que sus seguidores anduvieran como “caballeros santos” y miraran al “espejo de su Pasión” a fin de encontrar en Jesús las fuerzas para sufrir las penalidades de la batalla. Por medio de un poder excepcional de concentración interior, Ignacio llegó a una realidad central y fundamental en su espiritualidad: Cristo es el Rey, los santos son sus caballeros, el alma humana es el campo de batalla del conflicto trascendental entre Dios y Satanás (“enemigo de la naturaleza humana”, como lo describió muchas veces). Y por eso comenzó a pensar en lo que después perfiló como “caballería ligera a las órdenes del Papa”, refiriéndose a sus discípulos o jesuitas, con el Cuarto Voto de Obediencia al Obispo de Roma, Su Santidad, Vicario de Jesucristo.

En marzo de 1522, pensó que se encontraba sano para ir a Jerusalén como peregrino. Se dirigió al santuario de Nuestra Señora de Aránzazu y ahí permaneció en vigilia y oración toda una noche. El día 21 del mismo mes llegó al monasterio benedictino de Montserrat, en donde tres días después hizo una confesión general ante el sabio y santo Juan Chanones. En ese lugar regaló su mula a la abadía, entregó su daga y espada para que fuesen colgadas en la capilla de Nuestra Señora, y obsequió sus vestiduras de hombre noble a un mendigo; después, con su cayado en la mano y vestido con ropas de peregrino oró durante la noche ante el altar de la Virgen. En el amanecer del día 25, fiesta de la Anunciación, Ignacio asistió a la Misa y abandonó Montserrat para dirigirse al humilde pueblo de Manresa, en donde escribió los puntos esenciales de sus meditaciones ignacianas o Ejercicios Espirituales.

En 1523, Ignacio llegó a Jaffa, Tierra Santa, el 31 de agosto. Tres días más tarde, experimentó la entrada jubilosa a Jerusalén, y posteriormente la vivencia del río Jordán, Belén y el Monte de los Olivos. Permaneció en aquellos lugares santos sólo 19 días, porque el superior franciscano de allá lo alertó de los serios peligros de muerte que tenían los cristianos ante los turcos. Él y otros peregrinos tuvieron que regresar a Jaffa, con destino a Venecia, a donde arribaron en enero de 1524. Más tarde, en España, decidió a sus 33 años de edad comenzar un largo programa de estudios: tres años y medio en Barcelona, Alcalá y Salamanca. Combinaba sus labores académicas con “oficios humildes”, cuidando a los enfermos en los hospitales, impartiendo el catecismo a los niños y todo tipo de actividades de caridad como mendicante.

En 1527 fue encarcelado 22 días en Salamanca, por sospechoso e “iluminado”. En el mes de septiembre del mismo año, resolvió con mucha pena dejar España y proseguir sus estudios en la Universidad de París...

Ignacio llegó a París el 2 de febrero de 1528, para permanecer siete años en ese lugar. A los casi 37 años de edad retomó los estudios de latín, comenzó los cursos de filosofía en el Colegio de Santa Bárbara, y en marzo de 1533 recibió su licenciatura (en 1534 la maestría). En la fiesta de la Asunción de Nuestra Señora (15 de agosto de 1534) él y seis compañeros más, en la capilla de San Dionisio, situada en las faldas de Montmartre, pronunciaron los tres votos religiosos que los conformaba como pequeña compañía bien estrecha y enlazada, aunque todavía no una orden religiosa. Ese momento memorable sucedió durante el Santo Sacrificio de la Misa, oficiada entonces por el único sacerdote del grupo: el rubio y gentil saboyano Pedro Fabro.

Superando los conflictos reanudados entre los dos grandes príncipes católicos de Europa, Carlos V de Alemania (Primero de España) y Francisco I de Francia, encontramos en Venecia el 8 de enero de 1537 a Ignacio con sus antiguos compañeros, mas otros tres nuevos: Claudio Jayo, Pascacio Broet y Juan Coduri. En aquella sede republicana, todos los que todavía no eran sacerdotes, excepto Alonso Salmerón, fueron ordenados el 24 de junio del mismo 1537. Al siguiente mes de septiembre, todos reunidos en Vicenza, los nuevos sacerdotes celebraron sus primeras misas, menos Ignacio y el portugués Simón Rodríguez, quienes quisieron esperar más días de preparación en oración y penitencia. En octubre del mismo año de 1537, antes de dispersarse por las amenazas de guerra entre Venecia y el Imperio Otomano, decidieron identificarse como “Amigos en el Señor Jesús” (Amici in Domino) o “Compañía de Jesús” (Societatis Jesu, cuya abreviatura reconocemos como S.J. o también S.I. porque en latín podemos escribir indistintamente Jesu o Iesu). Al mes siguiente, Ignacio experimentó una visión mística en una capillita cercana a Roma denominada La Storta, contemplando a Dios Padre junto a Jesucristo con la cruz, con la siguiente afirmación: “Quiero que tú nos sirvas...Yo os seré propicio en Roma”.


LOS ALBORES DE LA COMPAÑÍA

Durante el año de 1538 encontramos a Ignacio y compañeros en una pequeña casa cerca de Trinità dei Monti, predicando, enseñando y atendiendo a enfermos o menesterosos en extrema necesidad. También los ubicamos en una casa situada cerca de Ara Coeli, alimentando a los exhaustos y hambrientos por las heladas del crudo invierno. En noviembre del mismo año, el Papa Paulo Tercero les aceptó el ofrecimiento de obediencia para ir a cualquier lugar del mundo, incluyendo a las Indias Orientales y Occidentales. Este hecho magnánimo fue interpretado, de hecho, como la cuasi-fundación de la Compañía de Jesús. Al año siguiente, 1539, muchos procesos de discernimiento espiritual aunados a recomendaciones temporales se presentaron a favor y en contra.

Finalmente, el 27 de septiembre de 1540, el Papa Paulo o Pablo III aprobó a La Compañía de Jesús como una orden religiosa en plenitud canónica por medio de la Bula Regimini militantis ecclesiae, con la condición de llegar a sólo sesenta religiosos. Posteriormente, tras una elección unánime, Ignacio de Loyola aceptó la elección del oficio como General (Prepósito o Superior General) de los jesuitas, el 22 de abril de 1541. Ese mismo día, él y sus compañeros de Roma se dirigieron a San Pablo Extramuros para emitir sus votos solemnes como miembros de la Compañía de Jesús. En 1544, el Papa Paulo III canceló la limitación de no sobrepasar la cantidad de sesenta jesuitas, y en 1550 el Papa Julio III confirmó solemnemente a la Compañía con la Bula Exposcit debitum.

Ignacio, excombatiente y militar disciplinado, manifestó claramente que los jesuitas pretendían ser “soldados” al servicio de Jesucristo Rey y “caballería ligera” a las órdenes del Papa, con la integración de un cuarto voto de obediencia al Sumo Pontífice, como Vicario de Cristo. Esto explica el inicio vertiginoso de las misiones jesuíticas desde su fundación, sobre todo en los territorios arrebatados a la catolicidad por las reformas luteranas y protestantes, con la finalidad de atraerlas y regresarlas a la unidad del rito romano y latino. También fue una opción preferencial para aquellos fundadores la docencia y excelencia académicas, atendiendo a las clases sociales dirigentes y los sectores precarios e indigentes.

La estrategia misionera fue semejante al avance de un ejército poderoso que abraza al enemigo en dos frentes, como en “operación pinza”, con el lema de Haec oportet facere et illa non omittere (“Esto conviene hacer y aquello no omitir”). Por eso nos explicamos que, en el norte de Europa, en aquellos tiempos de Contra-Reforma, como en otras naciones y países (incluyendo a partir de su llegada a la Nueva España en 1572) la estrategia o metodología evangelizadora intentara ser la atención de los grupos poderosos, al mismo tiempo que el apoyo a los sectores más populares e indigentes (como las misiones entre indígenas al noroeste de nuestro país).

El gran aporte ignaciano a la Iglesia universal se presentó con ocasión del Concilio de Trento. En diciembre de 1545, en aquella ciudad tirolesa se presentaron Jayo (representante del cardenal Otto Truchess von Waldburg de Augsburgo), Fabro, Laínez y Salmerón (como enviados del Papa). Habiendo fallecido Fabro en el verano de 1546, Diego Laínez y Alonso Salmerón proporcionaron entre bastidores una ayuda inteligente a los Obispos conciliares, gracias a su erudición y prudente sabiduría. De esta manera comenzó la contribución distinguida de los jesuitas al éxito de esta piedra militar en la historia de la Iglesia. Además, la providencia divina proporcionó un gran número de aspirantes al noviciado jesuita en aquellos años: en 1540 la Compañía de Jesús contaba con diez miembros, y en 1556, año de la muerte de Ignacio, existían unos mil jesuitas, incluyendo al protomártir de la Compañía Antonio Criminali, a Pedro Canisio y al antiguo Virrey de Cataluña y Duque de Gandía Francisco de Borja.


EL APOSTOLADO DE LOS JESUITAS

La educación como una forma de apostolado, en el sentido amplio que incluía la predicación y la enseñanza del catecismo, fue parte de los orígenes de la Compañía de Jesús. En 1545, Gandía fue el lugar decisivo para la fundación de los colegios jesuitas. Dos años antes, en 1543, los portugueses de Goa le pidieron a Francisco Javier algunos maestros para el colegio local de Diego de Borba.

En octubre de 1548, con la inauguración formal del colegio de Mesina (Sicilia), se presentó el primer colegio jesuita en Europa para la formación de estudiantes laicos y no necesariamente para religiosos o eclesiásticos. Fue tanto el éxito y la observación de “la mayor gloria de Dios” que el 1 de diciembre de 1551, Ignacio recomendó a la universal Compañía la multiplicación de colegios en toda Europa, insistiendo en la educación humanista, clásica e integral, con planes de estudio adecuados o perfeccionados para darle respuesta a las “necesidades sentidas” de los educandos (culmen de la Ratio Studiorum o Plan de Estudios de 1599).

Ignacio tuvo siempre predilección por la Universidad de París; quiso que los métodos parisinos se adoptaran en los colegios jesuitas: claro y graduado orden de estudios, respeto por la variada capacidad de los estudiantes, insistencia en la asistencia a clases y una abundancia de ejercicios o prácticas escolares. Por otra parte, recordando sus experiencias académicas en Alcalá y el caos de los colegios contemporáneos italianos (con clases infrecuentes y alumnos con libertad o libertinaje para elegir sus cursos), la memoria de sus experiencias en el Colegio de Santa Bárbara fue la inspiración para la pedagogía jesuítica: genialidad, clasicidad, estabilidad y popularidad (elementos que ni siquiera el gran humanista Erasmo de Rotterdam, fallecido en 1536, pudo conseguir). De aquellas fundaciones, la más ilustre fue la del Colegio Romano, abierto en 1551, como modelo de todos los centros de estudio de los jesuitas. En suma, de 1548, cuando comenzó el Colegio de Mesina, hasta el año de la muerte de Ignacio en 1556, se pusieron en marcha en Europa 33 colegios para estudiantes laicos y se aprobaron para su apertura otros 6.


MISIONEROS POR EL MUNDO

Ignacio también se involucró muy pronto con las misiones extranjeras, más allá de los mares. Cuando él falleció, sus discípulos estaban ya en las Indias Orientales, Japón, Brasil, el Congo y estaban en camino de instalarse en Etiopía. Indiscutible aliado de Ignacio para esto fue el magnánimo rey de Portugal Juan III, y desde Lisboa, con la bandera de San Vicente, los primeros misioneros jesuitas zarparon de Europa, siguiendo el ejemplo del “Divino Impaciente” (San) Francisco Javier, quien nació para la eternidad el 3 de diciembre de 1552, en la isla de Chian en el mar de China.

Ignacio pasó sus últimos 16 años de vida en Roma. Desde 1540, año de la confirmación de la Compañía, hasta 1556, cuando murió (31 de julio), solamente abandonó la Ciudad Eterna en pocas ocasiones: a Montefiascone, Tivoli y Alvito, para arreglar algún asunto o reconciliar adversarios. Él pensó abrir personalmente una misión en Africa y hacer una peregrinación a Loreto, pero en ambos casos las circunstancias se lo impidieron. Permaneció en su cuartel general guiando con amor sensible de padre y gran sabiduría la obra de sus hijos en cuatro continentes.

Él mismo o por medio de su secretario fiel, Juan de Polanco, les envió cerca de seis mil cartas. Indiscutiblemente el mayor legado o herencia que dejó para su instrucción y animación, además de los Ejercicios Espirituales, fue la obra de las Constituciones de la Compañía de Jesús.

La salud de Ignacio sufrió un serio revés en el verano de 1556. El 31 de julio su corazón dejó de latir; aquel día exhaló su último suspiro, casi cuando percibía el olor de aquella pólvora de Pamplona. Para el tiempo y el espacio de la condición humana dejó de existir para este mundo.

El peregrino, sacerdote y apóstol recibió “la corona de gloria” que San Pablo nos predica en forma trascendente. ¡Vive para siempre con el Rey Eternal!

¡Alabado sea Jesucristo con la mayor gloria de Dios!


☩ El autor fue sacerdote jesuita que ejerció su ministerio en la Arquidiócesis de Puebla. Desempeñó el magisterio en el Instituto Oriente de Puebla, en la Escuela Libre de Derecho de Puebla, en la Universidad Iberoamericana Puebla y en el Seminario Palafoxiano Angelopolitano. Escribió su columna “Mexicanidades” para los periódicos El Universal, Milenio, Síntesis, La Opinión y Koinonía. Difundió la mexicanidad en el programa de radio Suave Patria en el Sistema Estatal de Telecomunicaciones (SET), organismo público de Radio y Televisión de Puebla. Nació para el amor sin tiempo el 3 de julio de 2022.

lunes, 18 de julio de 2022

In Memoriam Padre Nacho Gonzalez Molina

Y yo creo que, en Suave Patria, el Padre Nacho adoró a Dios, veneró a la Virgen y con sus conocimientos, desbancando la historia oficial o la historia monumental yo creo que honró a la Patria mexicana, mejor que muchos otros; la honró como clérigo, la honró como académico y yo creo que la honró como mexicano.


A manera de homenaje, transcribo la semblanza que el Padre José Luis Bautista (*) le dedicó al Padre Nacho González Molina en el programa de radio “Buenas Noches Puebla” que se emitió el 6 de julio en la XEHR 1090 de a.m.


“El pasado domingo 3 de julio, siendo las calendas del tiempo, las 9:45 de la noche, se apagó una luz que brilló siempre en los lugares donde el Señor de la Historia lo situó. Un hombre carismático, un sacerdote inteligentísimo y culto. Uno de los últimos adalides de la fe que combatió en la congruencia, en los medios de comunicación, en la academia, en la historia, pero en especial, como guía de almas y como amigo de espíritu jesuita, pero de un hombre que por su preclara cultura brilló. Una pérdida irreparable para la arquidiócesis de Puebla de los ángeles, y me refiero al Padre José Ignacio González Molina.

“Él vio la luz el 19 de septiembre de 1944 en la bellísima Teziutlán que ha dado, no solamente para la alegría de Puebla de los ángeles, sino para toda la nación, hombres y mujeres comprometidos en las realidades temporales como empresarios, políticos, profesionistas y artesanos. Fue hijo de don Ignacio González Cruzado y de doña Josefina Molina. Cuando él fallece tenía 77 años de edad y 45 años 51 días de sacerdote.

“Déjenme comentarles que yo conocí al Padre Nacho, como cariñosamente la llamábamos, hace 39 años en ocasión de que se publicó el derecho canónico en tiempo del Papa Juan Pablo II en 1983 y, todos los señores obispos de la república mexicana, tomaron un curso en el Seminario Palafoxiano para que se les explicara el formato del nuevo código de derecho canónico. Como seminarista, me tocó una comisión bastante sencilla, que era repartir las hojas a los señores obispos. Yo estaba en una plática en la parte de atrás, y recuerdo, como si fuera ayer, aunque ya han pasado cerca de ocho lustros, al Padre Nacho con su mirada que irradiaba mucha alegría y con su sonrisa inigualable. Me tocó por el hombro y me dijo: ‘¿Tú eres el seminarista José Luis?’ Yo dije sí. ‘Oye, dame las hojas que has dado en la mañana’. Le dije sí.

“Nacho siempre se distinguió como deportista, era atleta en la natación, por tanto, nunca aparentó la edad que tenía, o más bien, no se descubría qué edad tenía porque cuando lo conocí, pensé que era seminarista. Y le pregunto todavía: ‘¿Tú de qué seminario vienes?’ Me dijo ‘No, yo soy padre jesuita’. ‘¡Ah! ¿Eres padre jesuita?’ Y le dije perdóneme usted. Porque como buen poblano, a la gente mayor le hablo de usted. Desde aquel momento comenzó la relación, primero, de respeto al maestro, y después, al amigo.

“El Padre Nacho incursionó en el carisma vocacional con los padres jesuitas. Recordemos que los padres jesuitas fundados en el siglo XVI por Ignacio de Loyola, han dado frutos grandiosos en el mundo entero, bueno sino en el mundo entero por lo menos en el mundo occidental, por los cuatro votos: obediencia, pobreza, castidad y fidelidad al Papa.

“Un ejercicio profundo, en el discernimiento del espíritu jesuita es que los dejan estudiar lo que ellos gusten. Eso es algo grandioso. O que, si a alguien le gusta la física, la química, el cálculo lineal, la robótica o la historia, se desarrollan en lo que les agrada. Y cuál fue, como decía el Padre Nacho, su amor fue a la historia. Yo recuerdo en su programa de radio, hace 25 años, La mula no era arisca, en la XECD, una estación de la competencia. Él decía: ‘Yo soy historiador y aprendiz de sacerdote’. Su gran pasión siempre fue la Historia.


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“El 7 de mayo de 1977, cuando él contaba con 33 años se ordenó presbítero, recordando que los padres jesuitas, así como los padres legionarios, no solamente estudian filosofía y teología, sino aparte estudian otra carrera. ¿Cuál fue la carrera que estudio él en la Universidad Iberoamericana allá en México, en Santa Fe? Estudio la licencia en Historia. Apasionado en la Historia, porque consultó archivos, gran conocedor del porfiriato y gran defensor no de la Historia idílica, oficial o monumental, sino recordando aquella frase del gran historiador del siglo XIX don Lucas Alamán: ‘Pobre de México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos’. Y el padre Nacho lo explicaba perfectamente bien con datos contundentes, así pues, empezó el Padre Ignacio su labor como presbítero. Primero, como ministro de la palabra (…)  qué difícil fue recuperar a los fieles que iban por la predicación del padre Nacho porque, como dice el documento pontificio Verbum Domini, muchos fieles se sienten desalentados porque los sacerdotes no preparamos la homilía. Y el Padre Nacho con toda la cultura, toda la inteligencia que él tenía, sus homilías, atractivas, la gente estaba atenta. Polémico sí, porque todos tenemos signos de contradicción.

“Yo dudo de los padres que solamente son amados. No, los sacerdotes somos amados y odiados (…) el Padre Nacho fue amado por mucha gente, pero tal vez, por su forma de ser, despertaba, aun en el clero, envidias. Porque si hubo envidias en el colegio apostólico cuando la mamá de los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, le pedían a Jesús uno que se siente a la derecha y otro a la izquierda, y surgieron envidias en los demás apóstoles. Si eso pasó en el colegio apostólico, pues que no va a pasar entre el clero que somos seres humanos con fragilidades y con sentimientos a veces de envidia.


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“Él fue ministro de los sacramentos, y a cuántos, y a cuántos el Padre Nacho bautizó, celebró el matrimonio, confesó, ungió. Desempeñó su ministerio en varios lugares cuando fue jesuita, después cuando fue admitido por don Rosendo Huesca Pacheco. Celebró como vicario en la actual parroquia de Nuestra Señora de la Esperanza, colonia las ánimas (…) después fue párroco de Nuestra Señora del Camino, allí en la Atlixcayotl, donde ayudó a muchísima gente y aún donde la señora Peralta, desde México venía en helicóptero a participar de su misa dominical, como era un sacerdote carismático. Por eso, pues algunos clérigos, le tuvieron envidia.

“Ojalá Puebla tuviera muchos sacerdotes intelectuales, cultos, pero en especial, santos. Pero también fue, guía de la comunidad. En ese aspecto, el padre Nacho fue puente, pontífice para ayudar en las necesidades de los más desamparados.

“Nunca, nunca, su corazón estuvo sujeto al dinero, como es el problema de algunos clérigos que hasta hacen coperachas para tener dinero. Lejos de él, la ambición al dinero. El Padre Ignacio tuvo buena cuna económica, indudablemente su corazón estaba lejos, lejos del dinero, aun en esa acción de guía de la comunidad ayudó a conocida familia capitalina de Puebla de los ángeles, al rescate de uno de sus hijos que tenían secuestrados. No menciono a la familia por respeto, pero él, lo platicaba con vehemencia ya que alguno de los sacerdotes legionarios que no digo el nombre tampoco y que, por cierto, amigos de la misma familia no quisieron ayudar para pagar el rescate de esta persona. Esa es la intuición jesuita, porque Nacho, el maestro, nunca dejó de ser jesuita, lo tenía plasmado en su mente y en su corazón, enamorado del espíritu de san Ignacio de Loyola.

“Una gran labor que hizo él, pero quisiera referirme a él como el hombre académico que fue. Primero, al decir que es académico, me refiero a que fue maestro, indudablemente, del Oriente donde sus compañeros y alumnos lo quisieron mucho. Gran conversador, innato, porque qué difícil es sentarse a la mesa y no recibir la gratificación de la gratitud en la conversación. Nacho lo era, conquistaba, animaba. Yo tuve el privilegio y le llamo privilegio de platicar, de conversar con él… Se le va a extrañar porque era un sacerdote que sabía utilizar su tiempo en conversaciones académicas, pero también, en conversaciones de ayuda a los demás.

“Maestro de la Libre de Derecho durante varios años porque, con toda humildad lo digo, cuántos sacerdotes de Puebla de los ángeles damos clases en la universidad. En la Libre de Derecho el Padre (Humberto) Vargas y el Padre Nacho, en el Benavente el Padre Filogonio (+), en la UDLA el Padre Maceda, en el Anáhuac el Padre Jaime Vázquez y también el Padre Pedro Sánchez. Pero son pocos sacerdotes que incursionan en la universidad. Y el Padre Nacho fue maestro en el seminario Palafoxiano.

“Yo tuve la suerte, yo tuve la fortuna de escucharlo, era una delicia escucharlo como historiador. Yo estudié Historia en la BUAP, y en el seminario, junto al Padre Nacho puedo pensar en la BUAP el maestro Conrado Quintero que ya murió y era un deleite escucharlo. Y también era un deleite escuchar a la maestra María del Pilar Paleta. Son los maestros que te marcan, que todavía dan cátedra y ¿Qué es la cátedra? No como dicen las estrategias de aprendizajes, ‘haz diez equipos y que los muchachos den la clase’ o que todo lo hace el power point. ¡No! Estos maestros daban cátedra, llegaban sin un libro como el Padre Filogonio o el Padre Guillermo y tú quedabas embelesado. Hoy, casi los maestros ya no damos cátedra y Nacho, perdón, yo siempre le hablé de usted, tal vez los últimos cuatro años porque él me lo pidió: ‘ya no me hables de usted, Luis, háblame de tú’, y era el único mayor que yo, porque me lo pidió varias veces que le hablara de tú. Es que los maestros imponen y él a mí, me imponía.


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Siempre he dicho que el desarrollo profesional, académico no solamente de un sacerdote, de un laico o de alguien que ejerce su amor a una determinada área del conocimiento es que le sirva con fidelidad, le sirva con amor y Nacho lo hizo. Era un enamorado de la cátedra. Yo conozco a varios de sus alumnos de la Libre de Derecho y del Oriente que lo admiraban por su decencia, por su ecuanimidad y por su don. Un gran académico porque investigaba, iba a los archivos, defendía, argumentaba, razonaba, daba criterios. Por eso digo, que Puebla, hasta llovía ese día que lo sepultaron, porque Puebla está de luto porque ha perdido a un gran defensor, y me refiero al Padre Ignacio González Molina. Por eso, en el aspecto académico no sólo incursionó como maestro, sino como escritor en El Universal, en Milenio y en La Opinión, y tal vez en la censura de otros años. Él se presentaba no como presbítero, porque sabemos que él se acreditaba como Ignacio González Molina por aquella censura que había por parte de la Secretaría de Gobernación allá en los años 80 y tal vez en los 90 porque los sacerdotes antes de 1993 no teníamos personalidad jurídica. Por eso, el que él vertiera las opiniones profundas y claro, era historiador, pero estaba consciente de ser sacerdote. Hablaba de los desaciertos de la iglesia, pero también hablaba de los grandes aciertos de la iglesia católica en las diferentes épocas de la misma historia de la iglesia.

“Han sido pocos sacerdotes que han intervenido en medios de comunicación. Cuando vivía el papá de Rafael Cañedo, uno de ellos fue el Padre Isauro Corona Báez hace ya muchísimos años. Otro fue el Padre que le llamaba siempre “campeón sin corona”, Alejandro Arenas Torres, párroco de Atlixco. Otro fue el Padre Rogelio Montenegro, decano en Puebla de los medios de comunicación y otro fue el Padre Nacho González que también fue decano en Puebla de los medios de comunicación. Otro fue Monseñor Eugenio Lira Rugarcía. Pero son pocos los sacerdotes que intervienen en los medios de comunicación, pero, la gran diferencia que tuvo el Padre Nacho con los demás sacerdotes es que no solamente hablaba de temas de religión, también hablaba temas de historia y de temas de política, y daba argumentos. Esa fue la diferencia con los demás.

“Y otro programa con el que me deleitaba, en radio SICOM, me refiero a Suave Patria en donde el Padre Nacho participaba y recuerdo aquella frase que el decía: ‘A Dios se le adora, a la Virgen María se le venera y a la Patria, se le honra’. Y yo creo que, en Suave Patria, el Padre Nacho adoró a Dios, veneró a la Virgen y con sus conocimientos, desbancando la historia oficial o la historia monumental yo creo que honró a la Patria mexicana, mejor que muchos otros; la honró como clérigo, la honró como académico y yo creo que la honró como mexicano.


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“Yo creo que él siempre se mostró incondicional con sus amigos y aun con los que no tuvo la capacidad de comprender y de perdonar.

“La última vez que comimos con él, su semblante había cambiado, porque ustedes saben que el cáncer acaba con todo. Lo vi dubitativo, pero con una expresión de serenidad, esperando lo que Dios le pidiera.

“Unos días antes de que partiera a la casa del Padre, mi buen amigo, el señor Avendaño y yo fuimos a verlo, le ofrecí lo que todos los sacerdotes ofrecemos a amigos y extraños: los sacramentos. Y qué mejor; al sacerdote, al maestro, al amigo que tanto hizo por su iglesia… Sí nos reconoció, hizo un esfuerzo por seguir la liturgia que marcan estos sacramentos, siguió la liturgia. “Yo lo vi ya muy débil, mermado en fuerzas, pero lo vi tranquilo y sereno. Sus dolores eran inmensos, pero lo vi con tal serenidad que me transmitió una paz profunda. Un servidor, como encargado de la pastoral de la salud en la arquidiócesis angelopolitana, a veces pensamos que vamos a dar fortaleza y consuelo a los enfermos, pero no es así. Cuando los enfermos viven verdaderamente la fe, son ellos son los que nos dan fuerza, son ellos los que nos dan la paz, son ellos son los que nos dan firmeza de espíritu, son ellos los que nos dan consuelo. Y haciendo un paréntesis, recuerdo a otro amigo que también sufrió los estragos de el cáncer, y me refiero al Padre Joaquín Rivadeneyra de la Barreda, que, por cierto, invitaba nuestro amigo común, de feliz memoria, Edmundo Meza, en el programa de los jueves. Y Joaquín, otro hombre inteligente, otro hombre encomiable se fue deteriorando físicamente por el cáncer al igual que el Padre Nacho.

“Yo vi al Padre Nacho sereno y tranquilo, recibiendo los sacramentos. Mi interior, como presbítero, estaba dolido y tenía compasión por el maestro. Y yo le dije: ‘Maestro, cuando Dios así lo disponga va a contemplar al terminar su último combate, al Señor de la Historia, al rey de reyes, al Dios verdadero’. Me escuchaba, asentaba con la cabeza, pero me impresionó su fortaleza de espíritu. No podíamos esperar menos del Padre Nacho, siempre fue fuerte, aún en los momentos duros que vivió como presbítero, como maestro, como académico y como amigo. Por eso, esta breve semblanza y este hondo pesar que nos deja el Padre Nacho en su partida a la casa del Padre.

“Pero ¿Qué es lo que nos anima? Y esto nos hace recordar precisamente el evangelio de Juan, el capítulo primero, versículos 1 al 6 cuando dice: ‘En la casa de mi Padre habrá muchas habitaciones, yo les prepararé un lugar y después regresaré y los llevare conmigo para que donde yo esté estén ustedes y a donde yo voy ya saben el camino’. Es decir, que, pasando esta vida pasajera, vamos a contemplar a Jesús y lo veremos tal cual es. Y eso es lo que deseamos, eso es lo que esperamos, eso es lo que creemos.

“Como decía el gran San Juan Crisóstomo en una homilía exequial: ‘A nuestros difuntos podemos ofrecerle lágrimas, pero las lágrimas se secan. Podemos ofrecerles cirios, pero los cirios se consumen. Podemos ofrecerles flores, pero las flores se marchitan. Lo único que no se seca, que no se consume ni marchita es nuestra oración’.

“Desde aquí, un saludo respetuoso a la familia de nuestro amigo y, ciertamente su recuerdo va a perdurar entre nosotros. ¿Cuándo acabará su recuerdo? Cuando dejemos de evocar o de pensar en él. Y ahorita, en esa alegría que le caracterizaba, porque tenía una sonrisa contagiosa, desde la casa de Dios Padre yo estoy seguro que está lleno de alegría porque está contemplando a su Señor y a su Dios, y eso, a cada uno de nosotros los que lo quisimos y admiramos, debemos estar llenos de alegría porque ha cumplido su misión cabalmente en la tierra.”


* El Padre José Luis Bautista es coordinador de la Pastoral de la salud en la Arquidiócesis de Puebla, licenciado en Historia por la BUAP, Rector del santuario de San Judas Tadeo en la angelopolis, Director del Instituto de Teología para Laicos Camino, Verdad y Vida; Profesor en Ciencia Política en la UAPEP, colaborador en el programa de radio Buenas Noches Puebla en la XEHR 1090 de a.m.y en Parmenas Radio.