miércoles, 23 de agosto de 2017

Carta de un Sacerdote a su Obispo

El mundo que vivimos no está dispuesto a la comunión ni a la obediencia, no está dispuesto a colaborar contigo en la edificación de un pueblo. Difícil misión la tuya cuando nosotros tus colaboradores –y quizá tú mismo- vivimos cada vez más lejos de nuestra gente.


Hace algunos años, llegó a mis manos un texto que me pareció interesante publicar, pero mis superiores consideraron muy duras las aseveraciones para ser dadas a conocer en el semanario católico, podría tratarse como “fuego amigo”. Afortunadamente conservé el original mecánico y años después de aquello vuelvo a leerlo y me parecen trascendentes las reflexiones que el autor propone, no con afán de provocar, como bien dice “…una meditación sobre la grandeza de un don puesto en la fragilidad de un hombre, meditación que quiere valer para todos los que, como yo, compartimos tu sacerdocio.” A mi parecer, una cavilación acorde a los pensamientos del actual Vicario de Cristo. Lo invito a leer con atención y saque sus conclusiones:


CARTA ABIERTA
Al Excmo. Sr. XXX
Arzobispo de XXX

Excelentísimo Señor:

No sería justo que dejara de dedicar a su último aniversario una nota que vengo desde hace tiempo escribiendo sobre su persona y su ministerio por la simple posibilidad de que la relación que me une a usted me impida la “objetividad”. Pero también hay la posibilidad de que, aceptando lo anterior hasta el punto de dar a la nota la forma, más “subjetiva”, de una carta abierta, lo que voy a decirle persuada de la importancia o interés del acontecimiento.


Querido Padre:

Hay sacerdocios que son de domingo y hay sacerdocios que son de jueves, los hay que nacen bajo el signo de los ramos y los hay que nacen bajo el signo del olivo; y aunque terminan todos en la cruz, hay sacerdocios que comienzan en Jerusalén y los hay que comienzan en Getsemaní. A tu sacerdocio maduro hay que felicitarlo, más que desde el clamor, desde el abandono; y más desde la lucha y la agonía para serlo que desde la dignidad y el aplauso que te hace creer que lo eres.

Yo no quisiera, pues, felicitar, en esta ocasión, al Obispo cuya imagen ideal ha sido equiparada al autorretrato de Cristo, y cuyo deber ser han cantado tan bellamente las Escrituras y el Magisterio de la Iglesia, sino al hombre que es Obispo, al hombre que no es ese ideal y que, sin embargo, lleva a cuestas una carga soportable sólo por el misterio de la cruz de Cristo.

Que la naturaleza de la Iglesia determina la naturaleza de tu Episcopado, eso lo sabemos; y que el misterio trinitario configura tu ser y actuar de Obispo, la Pastores Gregis nos lo ha recordado. También sabemos, que a pesar de la teología deficiente que muchos nosotros hicimos, que a Triple munus que se te ha confiado es el reflejo de la misión de Cristo y que, por tanto, tu “ser para” nosotros no te separa de tu “ser con” nosotros. Que eres signo e instrumento, unidad, comunión y sacramento. Que tu episcopado es un acto de amor y que, por ello, la caridad es el alma de tu ministerio, la esperanza su impulso y la fe su más sólido fundamento. Todo esto es cierto y repito, bien o mal, lo sabemos.

Sin embargo, el realismo nos debe llevar a reconocer que tu vocación se vive siempre en el contexto de grandes y graves dificultades, de debilidades propias y ajenas, de imprevistos cotidianos y de problemas personales e institucionales, que tu compromiso está caracterizado por necesidades cada vez más urgentes e imperiosas. Hay que reconocer también, que la transformación ontológica realizada en tu consagración no te ha infundido la perfección de las virtudes y que necesitas constantemente de la gracia de Dios que refuerce y perfeccione tu naturaleza humana, tan pobre en ti como en nosotros. Desde la conciencia de tu propia debilidad humana y de tu propio pecado, sabes que si tu ministerio episcopal no se apoya en el testimonio de santidad manifestado en la caridad pastoral, en la humildad y sencillez de vida, acaba por reducirse a un papel meramente funcional y pierde totalmente credibilidad entre nosotros y los fieles.

¿Cómo, pues, ser maestro de la fe en tiempos de creciente incredulidad e indiferencia? ¿Cómo comunicar un evangelio que se presenta como la plenitud de la verdad en los nuevos areópagos preñados de barbarie electrónica? ¿Cómo predicar y hacer viva y activa la Palabra en un ambiente de virtualidad mediática? ¿Cómo introducir en el corazón del misterio de la fe a un pueblo que practica desde niño la economía? ¿Cómo impregnar de fe a una cultura perdida en la inmanencia? ¿Cómo hacer al oyente de la Palabra a un hombre que sólo ve y ya no escucha? Difícil misión la tuya cuando nosotros tus colaboradores –y quizá tú mismo- estamos cada vez más comprometidos con la tierra.

Y qué decir de tu ministerio de santificación que pugna por realizarse en un mundo “ligth”, sin ideales ni objetivos trascendentes. De tu ser de signo de santidad, que ya pocos comprenden a fuerza de vivir la apoteosis de un sensualismo desbocado; de tu anuncio, ya casi sin eco, del misterio insondable de la misericordia de Dios en unas estructuras sociales cargadas, como nunca, de agresividad hacia el hombre. Pobre ha llegado a ser tu denuncia del pecado en una sociedad que profesa un fácil  naturalismo ético, fruto de una mentalidad genéticamente alérgica a la trascendencia, y en consecuencia, anémica y anómica, ha perdido el sentido mismo del pecado.

Difícil tu promoción de la oración en un mundo de masas despersonalizadas que viven a gusto en el ruido, que desconocen el dialogo y que transitan en la evasión. Difícil también tu presencia en la liturgia. Celebraciones reducidas a ritos que no dicen ya nada a la gente, templos viejos y cada vez más vacíos, lenguajes inentendibles, asambleas automatizadas e indiferentes. Eres el administrador sumo de la gracia y cómo pesa esa responsabilidad sobre la debilidad de tus hombros. Difícil misión la tuya cuando sin esperanza no se puede ser santo y cuando nosotros tus colaboradores –y quizá tú mismo- hemos dejado de levantar los ojos al cielo.

Es, sin embargo, en el ejercicio de gobierno donde más se manifiestan las dificultades de tu ministerio de Obispo. Todos sabemos –y tú más que nadie- que el episcopado es un servicio y no un honor, pero ¿quién cree hoy en el poder ejercido al margen de los reflectores de la política? ¿Quién cree en una autoridad emanada de la libertad interior, de la gratuidad inagotable y de la generosidad incansable? El pueblo se ha acostumbrado a ver el maridaje del poder con las riquezas, la ostentación, el despotismo y la injusticia, ¿cómo hacerle ver un poder unido a la humildad, la sencillez, la austeridad y la pobreza? Fundar tu gobierno en la autoridad moral y en la santidad de vida tropieza hoy –para ti y para nosotros- con muchas y graves dificultades. El mundo que vivimos no está dispuesto a la comunión ni a la obediencia, no está dispuesto a colaborar contigo en la edificación de un pueblo. Difícil misión la tuya cuando nosotros tus colaboradores –y quizá tú mismo- vivimos cada vez más lejos de nuestra gente.

Antonio Caso escribió alguna vez, desde su atalaya de filósofo, que la vocación de los apóstoles no pudo haber tenido mejor lugar que en la orilla del mar –donde comienza la visión de lo infinito-, y que Jesucristo no pudo haber llamado a mejores hombres que a los pescadores, hombres de esperanza acostumbrados a enfrentar tormentas sobre la fragilidad de una barca. Hoy cumple tu vida 73 años, de los cuales 35 han sido de Episcopado.

Felicidades al pescador que fue llamado un día para sostener la esperanza; felicidades al que remendaba redes y fue considerado digno de vivir para el servicio; felicidades al que dejó a su padre para confirmar la fe de sus hermanos; felicidades al hombre que aceptó la responsabilidad de la frágil barca del Maestro; y felicidades, sobre todo, al pobre hombre que lucha cada día para ser fiel a sus promesas.

De todos modos, la carta no ha querido ser de felicitación y sí una meditación sobre la grandeza de un don puesto en la fragilidad de un hombre, meditación que quiere valer para todos los que, como yo, compartimos tu sacerdocio.

“En las piedras, decía Sor Juana -verás el ‘aquí yace’; en los corazones- decimos hoy también como ella –verás el ‘aquí vive’. Acuérdate de nuestro deseo cuando eras presbítero y celebrabas la Eucaristía con nosotros: ¡ad multos annos vivas!

Atentamente Pbro. XXX

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