miércoles, 3 de octubre de 2012

La verdadera caridad


…resulta necesaria la estructuración de las formas de hacer caridad, es decir, el verdadero bien que se ha de buscar siempre es el bien para los demás en una actitud que no se limite a distribuir ayuda material, sino que debe encaminarse a promover una solidaridad activa de todos, también de los propios interesados…


El mensaje cristiano siempre ha tenido presente, como consecuencia de la fe y del amor a Dios, la correspondencia con el prójimo. El imperativo de la caridad cristiana implica la compasión y la misericordia que se traduce en la ayuda, material y espiritual al prójimo sin distinción alguna como compromiso con Jesús “el buen samaritano” que se acerca al hombre tirado junto al camino (cf. Lc 10, 29-37). Esto mismo lo dice el Apóstol Santiago: Si “un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y... uno de ustedes le dice; ‘Dios te ampare, abrígate y llénate el estómago’, y no le da lo necesario para el cuerpo; ¿de qué les sirve?...; la fe sin las obras es inútil” (St 2, 15-16. 20). Este conjunto de circunstancias, presentes siempre en la vida, son ocasión no sólo para dar a los demás lo que uno tiene, sino también para entregarles lo que uno es, con un compromiso total. Sin embargo, la caridad cristiana enfrenta hoy una oposición humana fruto de la maldad del corazón del hombre. Hoy ha aparecido una nueva manera de “explotar” esta vocación de servicio.

Es común encontrarse con personas que acuden con el sacerdote, con las religiosas o con los fieles que salen de Misa, con el arma del “chantaje sentimental” para conseguir una “ayuda”, principalmente monetaria. Son personas que con el pretexto de haber sufrido mucho, narran con lujo de detalles sus propias desgracias, actuales y pasadas, embrollando a los escuchas y queriendo suscitar la compasión. Tampoco es raro encontrar en las esquinas a mujeres embarazadas o con una criatura entre los brazos que simplemente extienden la mano y piden. Y qué decir de aquellos que con una “receta” en la mano quieren acarrear sus circunstancias a los automovilistas que sólo unos instantes se detienen ante el semáforo. Entonces, ¿Cómo ejercer la caridad? ¿Es fructuosa de veras nuestra fe? ¿Fructifica realmente en obras buenas? Esta pregunta deberíamos hacérnosla todos los días de nuestra vida; hoy y cada día, porque sabemos que Dios nos juzgará por las obras cumplidas.

Sabemos que Cristo dirá a cada uno en el día del juicio: “Cada vez que hicisteis estas cosas a otro, al prójimo, a mi me lo hicisteis; cada vez que dejasteis de hacer estas cosas con el prójimo, conmigo las dejasteis de hacer” (cf. Mt 25, 40-45). Es por eso que hoy resulta necesaria la estructuración de las formas de hacer caridad, es decir, el verdadero bien que se ha de buscar siempre es el bien para los demás en una actitud que no se limite a distribuir ayuda material, sino que debe encaminarse a promover una solidaridad activa de todos, también de los propios interesados, haciendo que se conviertan, como hombres libres y responsables, en los primeros gestores de su propia promoción pues la principal causa del mal material es el mal moral. También en las almas hay hambre de verdad, como en los cuerpos hay hambre de pan.

Solucionemos sin miramientos y rémoras el mal moral pues sólo así el hombre necesitado alcanzará su cumbre más elevada en el conocimiento de Dios y en el acceso a la salvación que Él nos ha procurado.

Postre
Si la reforma laboral que está por aprobarse; no beneficia a la clase trabajadora, no generará más empleos, no mejorarán los sueldos ni las prestaciones, ¿por qué los detractores no han presentado un proyecto alterno capaz de replantear las condiciones de la ley federal de trabajo? Eso sí, los sindicatos, los que se supone velan por los intereses de los agremiados, seguirán intocables en sus prerrogativas.

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