domingo, 25 de diciembre de 2022

Históricas navidades comerciales

“Un renacimiento religioso y moral pondrá sus destellos sobre las ruinas de la civilización mercantil, que simbolizarán, en la historia, el fracaso del siglo del egoísmo.”

Antonio Caso (1883-1946)

Por Mtro. José Ignacio González Molina, Pbro. ☩

El maestro Caso, rector de la Universidad Nacional (1921-1923) y filósofo destacado de la mexicanidad, escribió dos libros intitulados así: La existencia como existencia y como Caridad (1916, primera edición) y La existencia como Economía, como desinterés y como caridad (1919). En aquellas páginas menciona la paradoja de la Navidad de Jesucristo, en el contexto austerísimo de Belén, con los lujos extremos del gran consumidor moderno. Por esto y más conviene recordar algunas pinceladas de historia gráfica decembrina, en las glorias del pasado que nos nutren todavía.

 

BARRA DE NAVIDAD

El puerto y astillero de Navidad (llamado también puerto de Jalisco, Santo, Cihuatlán, Juan Gallego y Purificación, en épocas distintas) vio zarpar la expedición marítima que encabezó Miguel López de Legazpi y que asesoró Fray Andrés de Urdanete, monje agustino y cartógrafo experto. Esto sucedió en la mañana del 21 de noviembre de 1564. El objetivo pretendido resultaba entonces un sueño casi imposible: hallar el viaje y torna-viaje para comunicar a la Nueva España con el sudeste asiático. Sin embargo, el paso de casi un año se logró por fin: la nao San Pedro, conducida por Fray Andrés llegó a Filipinas procedente de Cebú, aquél 1 de octubre de 1565. Después de un descanso y reabasto, la torna-viaje tan buscada fue encontrada y el regreso a Barra de Navidad se logró el 11 de agosto de 1587 cuando el astillero ya estaba desmantelado. Sin embargo, las puertas de acceso quedaban francas para iniciar el comercio ultramarino con Filipinas, China (Catay) y Japón (Cipango). La tradicional y muy histórica nao de China nacía con aromas de Navidad. ¿Presagios de consumismo y comercio avorazado?

 

TRATADOS DE COMERCIO

Los productos sumamente apreciados para la gente de entonces eran los siguientes: rubíes, zafiros y topacios de Tailandia, diamantes de Goa, alcanfor de Bormeo, bálsamo y marfil de Abada y Cambodia; tapetes, alfombras y algodones de la India; cofres, mesas de maderas preciosas laqueadas y adornos curiosos de Japón y vestidos o mantones de Manila. Guardando las proporciones (mutatis mutandis), se comenzaban a dar una especie de Tratado de Comercio Libre o NAFTA (North American Free Trade Agreement) con el sudeste asiático, los “tigres del pacífico” desde entonces.

El siglo XVIII fue la época más importante para los comerciantes de la Barra de Navidad primero, Acapulco después. Más de 50 mil pares de medias de seda venían de cada galeón. Resultaban normales y hasta “corrientes” los artículos comerciales siguientes: Dalmáticas para eclesiásticos, sobrepellices para clérigos, encajes de roquetas y sedas para el gusto refinado femenino, lingotes de oro, joyas, piezas religiosas como crucifijos de marfil, empuñaduras de espadas y vainas con incrustaciones de piedras preciosas y en ocasiones con dientes de lagarto montados en oro, además de las famosas especias que servían para conservar alimentos por más tiempo.

Resulta evidente considerar que la nao de China dejó influencias poderosas en nuestras tradiciones, incluyendo a las navideñas de hoy en día y a la “China Poblana” (Catarina de San Juan, sepultada en la Iglesia de La Compañía de Jesús, en nuestra ciudad de Puebla). Lamentablemente el éxito alcanzado por esas rutas comerciales provocó envidias y resentimientos entre los comerciantes de los consulados españoles que traían mercaderías de Europa. Se reforzó entonces el llamado “proteccionismo”, al estilo del ministro francés Colbert. Por tanto, el servicio de la torna-viaje de Legazpi y Urdanete duró solamente 163 años (hasta 1734), tiempo suficiente para engrandecer a nuestra moneda de plata, el peso fuerte mexicano de aquellos tiempos. ¡Aquellas épocas! ¡Aquel comercio! ¡Aquellas navidades!

domingo, 11 de diciembre de 2022

La Virgen Morena de Guadalupe

“Que se establezca por ley constitucional la celebración del día 12 de diciembre en todos los pueblos, dedicado a la patrona de nuestra libertad, María Santísima de Guadalupe, encargando a todos los pueblos la devoción mensual.”

Sentimientos de la Nación, No. 19

Por Mtro. José Ignacio González Molina, Pbro. ☩

El próximo lunes celebraremos en nuestro país y en muchos lugares del extranjero (sobre todo en Los Ángeles, San Antonio y Chicago - “allende el Bravo”—) el símbolo máximo de la religiosidad mexicana, a nivel popular y democrático: el Guadalupanismo, con toda su densidad y riqueza de más de cuatro siglos. Por esto conviene ahora, en esta reflexión semanal, recordar algunos hechos vitales de nuestra historia patria.

Desde el inicio mismo de nuestro mestizaje, en 1531, tenemos ya la presencia de To–nan–tzin (Nuestra Madrecita) con la piel bronceada de nuestra raza. Se diferenciaba mucho de las imágenes de rostro europeo, como la de Los Remedios, con aspecto sumamente pálido (Malinalli o Malintzi, color típico de la hierba amarillenta que aparece cuando se quita una piedra sobre el pasto).

Comenzaba la única reivindicación de los derechos humanos, en el horizonte religioso, en la escasa permisividad que el sistema social de entonces admitía. Se veneraba pues, en Ella, la simbiosis de lo antiguo con lo nuevo, que pugnaba por una identidad dolorosa en la mezcla de sangres, que hacía posible el nacimiento de nuestra nación.

Non fecit taliter omni nationi (“No hizo Dios cosa alguna con otra nación”) se fue haciendo realidad sentida. Estuvo presente como patrona en una de las naves de Don Juan de Austria en la Batalla de Lepanto (1571). Asistió a las fundaciones de los jesuitas en Santa María de las Parras (Coahuila, hoy) y en el resto del norte bárbaro, hasta Santa Fe en Nuevo México, en el presente.

El nombre de Guadalupe (Cóatl-lopéhuatl), que en náhuatl significa “la que aplastó a la serpiente la cabeza”, fue multiplicándose lo mismo en la isla de Baja California que en Sonora, Chihuahua, Nuevo León, Zacatecas y otros lugares del país.

Fue devoción especial de los jesuitas cuando a partir del siglo XVII, los misioneros de la estirpe de Kino dejaron sembradas innumerables misiones de vida sedentaria (ya no nómada) con los nombres de Guadalupe y Loreto.

Por esto las fortalezas de Puebla con estos nombres (célebres el 5 de mayo de 1862) no fueron mera casualidad, sino oportunidad. El padre Clavijero la incluyó en forma sobresaliente en sus historias... En suma, fue desde hace dos siglos y medio el estandarte que encabezaba a los ejércitos mejicanos (así, con “j”), en plenos tiempos borbónicos de la Colonia.

No extraña, pues, que los primeros independentistas en Puebla y en otros lugares del centro del país, hubieran bautizado a sus grupos como Los Guadalupanos. Tampoco fue desacertado que el Cura de Dolores haya tomado el estandarte de Guadalupe Atotonilco para avivar el movimiento de la madrugada del 16 de septiembre.

Ni fue el fruto del azar que nuestro primer Presidente Republicano y Federal eligiera llamarse Guadalupe Victoria (Félix Fernández) y que todos los mexicanos del siglo XIX, lo mismo que conservadores que liberales, rezaran ante Ella el “Salve Regina” (¡Paradoja que republicanos oraran ante una Reina!)

Por eso se explica que en los corridos populares incluyera a “Guadalupe la Chinaca” y que una de las hijas del Presidente Don Benito se llamara, precisamente Guadalupe Juárez Maza.

Todavía más, Don Ignacio Ramírez, el Nigromante, y su discípulo Don Ignacio Manuel Altamirano se destacaron como recios defensores del guadalupanismo, sobre todo como bandera de identidad ante el expansionismo no sólo territorial de los norteamericanos, en especial a partir de 1867.

Esto explica también los motivos que tuvo la política de conciliación del Presidente Díaz Mori, con los sectores guadalupanos, al permitir su coronación hace casi un siglo, después de los intentos fallidos de restablecimiento de las relaciones Iglesia-Estado, en noviembre de 1893.

En el siglo presente nos encontramos con el Plan de Guadalupe, de Don Venustiano Carranza (1913). El guadalupanismo de los zapatistas y de los cristeros, sobre todo en Colima. El Himno Guadalupano de Don José López Portillo y Rojas (ascendente del ex presidente José López Portillo y Pacheco). La estrofa muy cantada tanto en México como en el extranjero que dice: “mexicanos, volad presurosos, del pendón de la Virgen en pos, y en la lucha saldréis victoriosos, defendiendo a la Patria y a Dios.”

En suma, no fue mera casualidad que César Chávez, luchador indomable de los derechos humanos (human rights), encabezara sus movimientos de reivindicación mexicana (“¡Por la raza!”) con el estandarte de La Guadalupana, en Delano, Sacramento y muchos otros lugares de California y Arizona.

Por esto y más entendemos que tanto en San Francisco, California, a la derecha del Altar mayor de la Catedral St. Mary´s como en San Nicolás (Roma) y a la izquierda de la tumba de San Pedro (Vaticano), se venere con emoción mexicana a la Morenita del Tepeyac.

Por último, especialmente a partir de estos tiempos de tratados comerciales con Norteamérica y Canadá es casi “razón de estado” o “seguridad nacional” la defensa salvaguarda de nuestras raíces históricas y culturales.

Ahora y en el futuro para un gran sector de mexicanos, es y será de importancia vital continuar apuntalando la identidad nacional y la soberanía del país. Por esto y más es de trascendencia generacional el seguir alegres y con esperanza inteligente cantando con Don Quirino Mendoza y Cortés cuando expresa a pecho acierto: “Yo a las morenas quiero, Cielito lindo, desde que supe que es morena la Virgen, Cielito Lindo, de Guadalupe...”

lunes, 31 de octubre de 2022

La muerte en nuestra cultura

“Aunque sea jade, también se quiebra / aunque sea oro, también se hiende / y aun el plumaje de quetzal se desgarra / No por siempre en la tierra ¡sólo breve tiempo aquí!... / Como una pintura nos iremos borrando / como una flor hemos de secarnos / sobre la tierra / cual ropaje de plumas / del quetzal, del zacuán / del azulejo, iremos pereciendo...”

Nezahualcóyotl


Por Mtro. José Ignacio González Molina, Pbro. ☩

Con el inicio del mes noveno del antiguo calendario romano (en latín, november, novembris) podremos considerar algunos elementos prehispánicos y otros castellanos a fin de entender más históricamente lo que vivimos hoy en día, en torno a la muerte en nuestra cultura mestiza, criolla y mexicana. Es decir, ¿qué raíces de sangre indígena y qué sentires de la tierra española nos siguen afectando en lo más íntimo de nuestro ser nacional, ante el sincretismo de “las fiestas de muertos” y de “Todos los Santos”.


EL PASADO INDÍGENA, SANGRE Y MUERTE

Ángel María Garibay en su Historia de la Literatura Náhuatl, analiza la vida religiosa y sacrificial del mundo de la sangre (chalchíhuatl) y cómo este “líquido precioso” resultaba ser el “terrible néctar para el alimento de los dioses”.

Complementando, don Alfonso Caso describió, en La Religión de los Aztecas, el más impactante de los círculos viciosos: “ni hombres ni universo pueden subsistir sin los dioses, pero sin sangre de hombres no pueden sobrevivir los dioses”.

Así pues, Teóatl, “agua divina”; Xochíatl, “agua florecida”; Atl tlachi-chinolli, “agua ardiente” como el fuego, serán otros tantos nombres de la sangre, que poetizaban la trágica simbiosis de los terrenales con los celestiales o divinales. Cuauhnochtli, tunas divinas del nopal de la condición humana, serán los corazones ofrendados “al águila” al dios-sol que es Huitzilopochtli y Cuauhchicalli, “ánfora del águila”, será la vasija en que las depositen.

Por esto, la actividad bélica resultaba parte de la esencia de la vida. Las “guerras floridas” no tenían como finalidad única la hegemonía sobre los demás vecinos, sino que resaltaban la obligación del mandato divino de la recolección de humanos para el sacrificio ritual o para el temalácatl (piedra circular en donde se ponía a la víctima atada y en combate desigual, caso típico del capitán de los señoríos tlaxcaltecas, Tlahuicole).

Más tarde, Coatlicue demandaba: “Traedme víctimas y sacrificádmelas, arrojándolas al fuego”. También decía así: “Amarillas flores abrieron su corola. Es nuestra Madre, la del rostro con máscara”.

Es decir, “flores” con el triple sentido de los cantares tenochcas: flores del campo, “flores de nuestra carne” (el maíz) y “divinas flores de los sacrificados” (corazones de las víctimas).


MENTALIDAD CASTELLANA DE CRISTIANDAD

Por el lado hispánico, sobresalía en aquélla manera de pensar la actitud bélica del cristianismo ante el mundo islámico que proponía la llamada Guerra Santa contra los infieles (cristianos, por supuesto, para los de la bandera de la Media Luna).

La Reconquista, así planteada, abarcaba todo: lo político, lo cultural, lo económico y la cosmovisión de lo religioso. Resultaba aceptado en aquel contexto que el grito de guerra, al atacar los cristianos, fuera el emotivo canto de “¡Por Santiago Apóstol y cierra (constriñe, sitia, vence) España!”

Por otra parte, se dieron las coyunturas favorables e históricas que cerraron y abrieron los ciclos de oportunidad: 1492 significó el desempleo de millares de caballeros andantes y milicias desocupadas, cuando cayó el último bastión morisco en Granada y la “válvula de escape” en la América recién descubierta, a fin de emplear a los de la espada y la cruz en tierras lejanas.

Dicho de otra forma, cuando los peninsulares llegaron a Tenochtitlán lo hicieron con casi ocho siglos de experiencia en el arte de la guerra contra los moros (Santiago se denominaba Mata-moros), en contraste con casi dos siglos de supervivencia y vencimiento de los mexica-tenochcas en la zona del lago de Texcoco y alrededores. Por lo tanto, nuestro mestizaje costó mucha sangre y muerte, que en muchas formas se sublimó con la sangre en la cruz del redentor Jesucristo.


MESTIZAJE Y CRIOLLISMO

Nuestro pueblo comenzó desde los inicios del siglo XVI a pensar y vivir con el lema de honor que se lava únicamente con sangre. En las escuelas se comenzó a dar el refrán que afirma: “la letra con sangre entra”. La muerte se reforzó en forma simbiótica con los elementos del pundonor incluso quijotesco, al mismo tiempo que integraba el sacrificio del indígena, cuando recibía a los muertos con los ramos de “las veinte flores” (tzempoal-xóchitl) y los sahumerios de incienso y copal.

Hace pocos años, un gran conocedor del mexicanismo, don Jesús Reyes Heroles, afirmaba que en México “la forma es fondo”. Ajustando lo ajustable, podríamos ratificar que efectivamente, en nuestra cultura mestiza y criolla, las formas mortuorias resultan ser al mismo tiempo, el fondo de la cuestión.

Por esto y más, la muerte para el mexicano es dolor y fiesta. Lo mismo da llorar que cantar. Incluso, en zonas rurales o indígenas se viven funerales e inhumaciones con ambiente de “matiz crepuscular”: el atardecer que incluye al sol alegre y radiante de lo que fue al medio día, con los matices oscuros y llorosos de lo que será la noche. ¡Matiz crepuscular de las seis, cuando pardea el sol y muere la tarde!


LA MUERTE EN EL MEXICANO QUE CANTA

Resulta explicable, pues, escuchar las letras y tonadas del cancionero mexicano. Entendemos por qué “la vida no vale nada, no vale nada la vida”. Comienza siempre llorando y así llorando se acaba, por eso es que en este mundo (mexicano) la vida no vale nada (Camino de Guanajuato de José Alfredo Jiménez). Más aún, Cuco Sánchez completa lo anterior cuando compara apasionadamente “las muertes” en el tiempo de las despedidas o la muerte final del “puerto de la vida” en que uno se va. Por eso escribió los versos siguientes que entonan las gargantas afinadas con tequila:

Guitarras, ¡lloren guitarras!

violines, ¡lloren igual!

No dejen que yo me vaya

con el silencio de su cantar.


Gritemos a pecho abierto

un canto que haga temblar

al mundo que es el gran puerto,

donde unos llegan y otros se van.


Ahora me toca a mí marcharme

ahora me toca a mí partir,

Guitarras, ¡lloren guitarras!

que ahí queda lleno de amor

prendido de cada cuerda

llorando a mares mi corazón...

domingo, 14 de agosto de 2022

La Asunción de María en nuestra historia

La importancia de la Asunción para nosotros, hombres y mujeres en los albores del Tercer Milenio de la era cristiana, radica en la relación que hay entre la Resurrección de Cristo y la nuestra. La presencia de María, mujer de nuestra raza, ser humano como nosotros, quien se halla en cuerpo y alma ya glorificada en el Cielo, es eso: una anticipación de nuestra propia resurrección.

Por Mtro. José Ignacio González Molina, Pbro. ☩

El lunes festejaremos a Nuestra Madre Santísima en su tránsito final al Reino de los cielos. Es interesante constatar la redacción dogmática que transcribiremos, al verificar que se evita la expresión muerte o realidad fatal cadavérica. El Catecismo de la Iglesia Católica, en el número 966, nos enseña lo siguiente: “Finalmente, la Virgen Inmaculada, preservada de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los Señores y vencedor del pecado y de la muerte (Lumen Gentium 59; cfr. la proclamación del Dogma de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María por el Papa Pío XII en 1950: DS 3903).

“La Asunción de la Santísima Virgen constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos: En tu parto has conservado la virginidad, en tu dormición no has abandonado el mundo, oh Madre de Dios; tú te has reunido con la fuente de la Vida, tú que concebiste al Dios vivo y que, con tus oraciones, librarás nuestras almas de la muerte (Liturgia bizantina, Tropario de la fiesta de la Dormición, 15 de agosto)”.

En la historia de nuestra condición latinoamericana es conveniente recordar que la ciudad capital de la República del Paraguay es precisamente Asunción, fundada en el año de 1537 en la orilla izquierda del río Paraguay, frente a la desembocadura del Pilcomayo. Existe también en Venezuela la ciudad de Asunción, como capital del Estado de Nueva Esparta, en la isla Margarita. En Guatemala encontramos al Municipio de Asunción Mita, en la región de Jutiapa, muy cerca de la frontera con El Salvador. Y en las antiguas Reducciones de los jesuitas en la antigua Banda Oriental (actualmente latitudes geográficas de Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina) frecuentemente hallamos lugares bautizados con el nombre de la Virgen de la Asunción.

La historia de nuestra patria mexicana no se escapa a esta realidad teológica. Por ejemplo, basta el Estado de Oaxaca para ubicar siete Municipios que así se llaman: Asunción Cacalotepec, Asunción Cuyotepeji, Asunción Ixtaltepec, Asunción Malacatepec (Donato Guerra), Asunción Nochixtlán, Asunción Ocotlán, Asunción Tlacolulita. En Baja California tenemos la Bahía de la Asunción, que surte siempre pesca abundante. En el Estado de México encontramos La Asunción Tepexoyuca, en el Municipio de Ocoyoacac, situado en el valle de Toluca. En fin, muchas localidades y templos o capillas se extienden a lo largo y a lo ancho de nuestro territorio nacional con esta misma advocación mariana. Más todavía, ferias como la de Huamantla (Tlaxcala) y la de Teziutlán (Puebla) se llevan a buen término gracias al día de la Asunción.

En las efemérides mexicanas podemos leer, en el día 15 de agosto, los siguientes hechos sobresalientes:

  • En 1529, Fray Juan de Zumárraga envió al Rey Carlos V de Alemania y I de España una carta refiriéndole las quejas sobre las injusticias cometidas por los oidores de la Primera Audiencia de la Nueva España.
  • En 1537, se fundó el Colegio Mayor de Santa María de Todos Santos.
  • En 1653, tomó posesión como Virrey vigésimo segundo de la Nueva España Francisco Hernández de la Cueva, Duque de Albuquerque. Su mandato se prolongó hasta septiembre de 1660.
  • En 1696, los padres jesuitas Eusebio Francisco Kino y Juan María Salvatierra fundaron en Tepotzotlán “El fondo piadoso de California”, con recursos monetarios para proseguir la colonización y evangelización de lo que ahora es Baja California, Sonora y Arizona.
  • En 1698, el Padre jesuita Kino y el capitán Diego Carrasco fundaron en la costa sonorense San José Guaymas.
  • En 1860, tomó posesión como presidente interino de la República Mexicana el General Miguel Miramón y Tarelo, de 27 años de edad (el presidente más joven en la historia mexicana). Los federalistas pro yankees reconocían sólo al presidente Benito Pablo Juárez García (¡Ya desde entonces andábamos divididos como nación!).
  • En 1865, el General Bazaine envió a Chihuahua una expedición al mando del General Brincourt, para aprehender al presidente Juárez García y a su gabinete. La ciudad de Chihuahua cayó en poder de los conservadores y por este motivo Juárez se trasladó a Paso del Norte (hoy Ciudad Juárez).
  • En 1914, las fuerzas constitucionalistas de Carranza, al mando del General Álvaro Obregón, tomaron la ciudad de México, de acuerdo con los Tratados de Teoloyucan (agonía final del ejército federal porfiriano).
  • En 1939, murió en la ciudad de México el diplomático ilustre, novelista, abogado y dramaturgo, Federico Gamboa, autor de la novela afamada Santa, misma que se llevó al cine, inaugurando el cine sonoro mexicano en el año de 1931.
  • En 1941, se fundó la Orquesta Sinfónica de la Secretaría de Marina.
  • En 1945, se firmó el armisticio que puso fin a la Segunda Guerra Mundial. La victoria correspondió a los países aliados, incluyendo a México. Los derrotados fueron especialmente Alemania, Italia y Japón (El Eje Berlín, Roma y Tokio).

¡Alabado sea Jesucristo!

domingo, 31 de julio de 2022

Ignacio de Loyola a 500 años de su conversión

Al enfrentarnos con la figura de Ignacio de Loyola, nos encontramos que, con él, ocurre algo muy parecido a lo que pasa con San Juan de la Cruz: es más conocido que leído, la mayoría apenas sabe de él otra cosa que la famosa historia de la bala de cañón que rompe su pierna en Pamplona y causa indirecta de su conversión. Pero ¿Qué pensaba? ¿Cómo era su alma? ¿Qué se planteó al fundar la Compañía? son cuestiones a las que pocos sabrían responder.

Por Mtro. José Ignacio González Molina, Pbro. ☩

Recordamos aquel 31 de julio de hace 466 años (1556), cuando expiró Iñaki o Ignacio de la Casa de Loyola, de las tierras vascas, del noreste español. El antiguo capitán de los ejércitos imperiales de Carlos V de Alemania y Primero de España, pasaba a engrosar las filas del “Rey Eternal”, como lo presenta en su libro de los Ejercicios Espirituales. Cumplía cabalmente con la oración que rezó muchas veces al decir: “Tomad, Señor y recibid todo mi ser, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad; vos me lo distéis, Señor, a Vos os lo devuelvo”. Además, se realizaba también la propuesta de la edición de la Cuarta Semana de sus Ejercicios Ignacianos: “para que, siguiendo a mi Señor en las penas de la Pasión y de la Cruz, me haga el favor de acompañarlo en las glorias de su Pascua de Resurrección”.

Ignacio nació probablemente en 1491, en el austero y sólido castillo de los Loyola (“lobos” y “olla”, como lo presenta el escudo de armas en su heráldica), en la provincia vasca de Guipúzcoa, siendo el último de los once hijos (tal vez fueron trece) de Beltrán Yánez de Oñaz y Loyola y de Marina Sáenz de Licona. En su bautismo en la Iglesia de Azpeitia, recibió el nombre de Iñigo de Oñaz y Loyola, probablemente en honor del santo benedictino Iñigo de Oña. En una carta de 1537 usó por primera vez la forma de Ignacio, posiblemente por su devoción a San Ignacio de Antioquia (primer Obispo de aquella región, a finales del siglo primero de nuestra era cristiana), conocido por su veneración al santo nombre de Jesús.


EN CONTEXTO

En medio de la belleza impresionante del campo vasco con sus montañas macizas, ricos pastizales y abundantes arroyos, Ignacio pasó sus primeros años y forjó sus actitudes recias en el seno de una familia cuyas raíces se hundían en la Edad Media y cuyos valores sólidos eran la lealtad extrema a la fe católica y la fidelidad profunda a los códigos de caballería. Inclinado por su padre a buscar “la mayor gloria de Dios” (Ad Maiorem Dei Gloriam, o clásico lema jesuítico A.M.D.G.), aprendió desde pequeño el amor entrañable a la Iglesia con los rudimentos de lectura y escritura. Su madre murió cuando él era muy pequeño. Cuando tenía 16 años, su padre voló al cielo. Probablemente en el año 1506, ya encontramos a Ignacio en Arévalo con Juan Velásquez de Cuéllar, tesorero mayor de la corte real, bajo cuya guía debía recibir la formación básica de un cortesano y gentilhombre español.

En 1516, a raíz de los complejos cambios ocasionados por la muerte del Rey Fernando el católico, Juan Velásquez cayó en desgracia en la corte. Ignacio, sin embargo, permaneció con su protector durante los días de humillación hasta que el ex-tesorero murió un año más tarde en Madrid. Su determinación inmediata lo condujo muy cerca de un potencial campo de batalla y de poder contar así con una oportunidad para alcanzar proezas militares. En Pamplona, al mando de tropas reales, se encontraba el duque de Nájera, poderosa figura en la frontera española y uno de los parientes de los Loyola. Ignacio fue a Navarra en 1517 y tomó parte en el mando del duque. Durante casi cuatro años Ignacio llenó sus días con cacerías, justas militares, negocios del duque y continuas lecturas de romances.

En medio de las disputas y batallas que sostenían los Habsburgos (Casa de Austria) con los franceses de la Casa de Valois, se encontraban los pasos montañosos de Navarra. Algunos moradores de aquella frontera entre España y Francia deseaban que cayera militarmente la ciudadela de Pamplona. Francisco de Beaumont, designado por el duque de Nájera para defender el puesto, abandonó la plaza ante el embate de los franceses. Entonces el gobernador de la fortaleza pretendió rendirse; Ignacio argumentó muy persuasivamente la defensa del sitio. Así las cosas, los mejores artilleros de Europa colocaron sus cañones ante las murallas de Pamplona, ofreciendo las condiciones de rendición. Ignacio persuadió al gobernador a no aceptarlas y se preparó con sus soldados a la batalla.

De acuerdo con una costumbre medieval, ante la ausencia de sacerdote, confesó sus pecados a un compañero. Durante seis horas los franceses atacaron los muros de la ciudadela. Finalmente, una parte de la muralla se desmoronó y la infantería se preparó a penetrar por la brecha. Allí se colocó Ignacio con la espada desenvainada dispuesta a defender el lugar. Y allí mismo cayó al destrozarle la pierna derecha una bala de cañón francés... ¡Inmediatamente se rindió la guarnición!

Durante la convalecencia y recuperación que le provocó una doble operación para aliviar su pierna deforme, que finalmente quedó un poco más corta que la otra, provocándole para siempre una leve cojera, Ignacio pidió libros de caballería para pasar el tiempo. Fue entonces cuando leyó La Vida de Cristo, del cartujano Ludolfo de Sajonia, y la Leyenda Áurea del dominico Jacobo de Varazze (Voragine). Al pasar las páginas de esta última obra conoció las hazañas de los hombres que eran descritos como “Caballeros de Dios” y dedicados al “Eterno Príncipe Jesucristo”.


FORMACIÓN INTELECTUAL Y ESPIRITUAL

En La Vida de Cristo estuvo leyendo sobre el magnánimo Jefe Jesucristo, cuya voluntad era que sus seguidores anduvieran como “caballeros santos” y miraran al “espejo de su Pasión” a fin de encontrar en Jesús las fuerzas para sufrir las penalidades de la batalla. Por medio de un poder excepcional de concentración interior, Ignacio llegó a una realidad central y fundamental en su espiritualidad: Cristo es el Rey, los santos son sus caballeros, el alma humana es el campo de batalla del conflicto trascendental entre Dios y Satanás (“enemigo de la naturaleza humana”, como lo describió muchas veces). Y por eso comenzó a pensar en lo que después perfiló como “caballería ligera a las órdenes del Papa”, refiriéndose a sus discípulos o jesuitas, con el Cuarto Voto de Obediencia al Obispo de Roma, Su Santidad, Vicario de Jesucristo.

En marzo de 1522, pensó que se encontraba sano para ir a Jerusalén como peregrino. Se dirigió al santuario de Nuestra Señora de Aránzazu y ahí permaneció en vigilia y oración toda una noche. El día 21 del mismo mes llegó al monasterio benedictino de Montserrat, en donde tres días después hizo una confesión general ante el sabio y santo Juan Chanones. En ese lugar regaló su mula a la abadía, entregó su daga y espada para que fuesen colgadas en la capilla de Nuestra Señora, y obsequió sus vestiduras de hombre noble a un mendigo; después, con su cayado en la mano y vestido con ropas de peregrino oró durante la noche ante el altar de la Virgen. En el amanecer del día 25, fiesta de la Anunciación, Ignacio asistió a la Misa y abandonó Montserrat para dirigirse al humilde pueblo de Manresa, en donde escribió los puntos esenciales de sus meditaciones ignacianas o Ejercicios Espirituales.

En 1523, Ignacio llegó a Jaffa, Tierra Santa, el 31 de agosto. Tres días más tarde, experimentó la entrada jubilosa a Jerusalén, y posteriormente la vivencia del río Jordán, Belén y el Monte de los Olivos. Permaneció en aquellos lugares santos sólo 19 días, porque el superior franciscano de allá lo alertó de los serios peligros de muerte que tenían los cristianos ante los turcos. Él y otros peregrinos tuvieron que regresar a Jaffa, con destino a Venecia, a donde arribaron en enero de 1524. Más tarde, en España, decidió a sus 33 años de edad comenzar un largo programa de estudios: tres años y medio en Barcelona, Alcalá y Salamanca. Combinaba sus labores académicas con “oficios humildes”, cuidando a los enfermos en los hospitales, impartiendo el catecismo a los niños y todo tipo de actividades de caridad como mendicante.

En 1527 fue encarcelado 22 días en Salamanca, por sospechoso e “iluminado”. En el mes de septiembre del mismo año, resolvió con mucha pena dejar España y proseguir sus estudios en la Universidad de París...

Ignacio llegó a París el 2 de febrero de 1528, para permanecer siete años en ese lugar. A los casi 37 años de edad retomó los estudios de latín, comenzó los cursos de filosofía en el Colegio de Santa Bárbara, y en marzo de 1533 recibió su licenciatura (en 1534 la maestría). En la fiesta de la Asunción de Nuestra Señora (15 de agosto de 1534) él y seis compañeros más, en la capilla de San Dionisio, situada en las faldas de Montmartre, pronunciaron los tres votos religiosos que los conformaba como pequeña compañía bien estrecha y enlazada, aunque todavía no una orden religiosa. Ese momento memorable sucedió durante el Santo Sacrificio de la Misa, oficiada entonces por el único sacerdote del grupo: el rubio y gentil saboyano Pedro Fabro.

Superando los conflictos reanudados entre los dos grandes príncipes católicos de Europa, Carlos V de Alemania (Primero de España) y Francisco I de Francia, encontramos en Venecia el 8 de enero de 1537 a Ignacio con sus antiguos compañeros, mas otros tres nuevos: Claudio Jayo, Pascacio Broet y Juan Coduri. En aquella sede republicana, todos los que todavía no eran sacerdotes, excepto Alonso Salmerón, fueron ordenados el 24 de junio del mismo 1537. Al siguiente mes de septiembre, todos reunidos en Vicenza, los nuevos sacerdotes celebraron sus primeras misas, menos Ignacio y el portugués Simón Rodríguez, quienes quisieron esperar más días de preparación en oración y penitencia. En octubre del mismo año de 1537, antes de dispersarse por las amenazas de guerra entre Venecia y el Imperio Otomano, decidieron identificarse como “Amigos en el Señor Jesús” (Amici in Domino) o “Compañía de Jesús” (Societatis Jesu, cuya abreviatura reconocemos como S.J. o también S.I. porque en latín podemos escribir indistintamente Jesu o Iesu). Al mes siguiente, Ignacio experimentó una visión mística en una capillita cercana a Roma denominada La Storta, contemplando a Dios Padre junto a Jesucristo con la cruz, con la siguiente afirmación: “Quiero que tú nos sirvas...Yo os seré propicio en Roma”.


LOS ALBORES DE LA COMPAÑÍA

Durante el año de 1538 encontramos a Ignacio y compañeros en una pequeña casa cerca de Trinità dei Monti, predicando, enseñando y atendiendo a enfermos o menesterosos en extrema necesidad. También los ubicamos en una casa situada cerca de Ara Coeli, alimentando a los exhaustos y hambrientos por las heladas del crudo invierno. En noviembre del mismo año, el Papa Paulo Tercero les aceptó el ofrecimiento de obediencia para ir a cualquier lugar del mundo, incluyendo a las Indias Orientales y Occidentales. Este hecho magnánimo fue interpretado, de hecho, como la cuasi-fundación de la Compañía de Jesús. Al año siguiente, 1539, muchos procesos de discernimiento espiritual aunados a recomendaciones temporales se presentaron a favor y en contra.

Finalmente, el 27 de septiembre de 1540, el Papa Paulo o Pablo III aprobó a La Compañía de Jesús como una orden religiosa en plenitud canónica por medio de la Bula Regimini militantis ecclesiae, con la condición de llegar a sólo sesenta religiosos. Posteriormente, tras una elección unánime, Ignacio de Loyola aceptó la elección del oficio como General (Prepósito o Superior General) de los jesuitas, el 22 de abril de 1541. Ese mismo día, él y sus compañeros de Roma se dirigieron a San Pablo Extramuros para emitir sus votos solemnes como miembros de la Compañía de Jesús. En 1544, el Papa Paulo III canceló la limitación de no sobrepasar la cantidad de sesenta jesuitas, y en 1550 el Papa Julio III confirmó solemnemente a la Compañía con la Bula Exposcit debitum.

Ignacio, excombatiente y militar disciplinado, manifestó claramente que los jesuitas pretendían ser “soldados” al servicio de Jesucristo Rey y “caballería ligera” a las órdenes del Papa, con la integración de un cuarto voto de obediencia al Sumo Pontífice, como Vicario de Cristo. Esto explica el inicio vertiginoso de las misiones jesuíticas desde su fundación, sobre todo en los territorios arrebatados a la catolicidad por las reformas luteranas y protestantes, con la finalidad de atraerlas y regresarlas a la unidad del rito romano y latino. También fue una opción preferencial para aquellos fundadores la docencia y excelencia académicas, atendiendo a las clases sociales dirigentes y los sectores precarios e indigentes.

La estrategia misionera fue semejante al avance de un ejército poderoso que abraza al enemigo en dos frentes, como en “operación pinza”, con el lema de Haec oportet facere et illa non omittere (“Esto conviene hacer y aquello no omitir”). Por eso nos explicamos que, en el norte de Europa, en aquellos tiempos de Contra-Reforma, como en otras naciones y países (incluyendo a partir de su llegada a la Nueva España en 1572) la estrategia o metodología evangelizadora intentara ser la atención de los grupos poderosos, al mismo tiempo que el apoyo a los sectores más populares e indigentes (como las misiones entre indígenas al noroeste de nuestro país).

El gran aporte ignaciano a la Iglesia universal se presentó con ocasión del Concilio de Trento. En diciembre de 1545, en aquella ciudad tirolesa se presentaron Jayo (representante del cardenal Otto Truchess von Waldburg de Augsburgo), Fabro, Laínez y Salmerón (como enviados del Papa). Habiendo fallecido Fabro en el verano de 1546, Diego Laínez y Alonso Salmerón proporcionaron entre bastidores una ayuda inteligente a los Obispos conciliares, gracias a su erudición y prudente sabiduría. De esta manera comenzó la contribución distinguida de los jesuitas al éxito de esta piedra militar en la historia de la Iglesia. Además, la providencia divina proporcionó un gran número de aspirantes al noviciado jesuita en aquellos años: en 1540 la Compañía de Jesús contaba con diez miembros, y en 1556, año de la muerte de Ignacio, existían unos mil jesuitas, incluyendo al protomártir de la Compañía Antonio Criminali, a Pedro Canisio y al antiguo Virrey de Cataluña y Duque de Gandía Francisco de Borja.


EL APOSTOLADO DE LOS JESUITAS

La educación como una forma de apostolado, en el sentido amplio que incluía la predicación y la enseñanza del catecismo, fue parte de los orígenes de la Compañía de Jesús. En 1545, Gandía fue el lugar decisivo para la fundación de los colegios jesuitas. Dos años antes, en 1543, los portugueses de Goa le pidieron a Francisco Javier algunos maestros para el colegio local de Diego de Borba.

En octubre de 1548, con la inauguración formal del colegio de Mesina (Sicilia), se presentó el primer colegio jesuita en Europa para la formación de estudiantes laicos y no necesariamente para religiosos o eclesiásticos. Fue tanto el éxito y la observación de “la mayor gloria de Dios” que el 1 de diciembre de 1551, Ignacio recomendó a la universal Compañía la multiplicación de colegios en toda Europa, insistiendo en la educación humanista, clásica e integral, con planes de estudio adecuados o perfeccionados para darle respuesta a las “necesidades sentidas” de los educandos (culmen de la Ratio Studiorum o Plan de Estudios de 1599).

Ignacio tuvo siempre predilección por la Universidad de París; quiso que los métodos parisinos se adoptaran en los colegios jesuitas: claro y graduado orden de estudios, respeto por la variada capacidad de los estudiantes, insistencia en la asistencia a clases y una abundancia de ejercicios o prácticas escolares. Por otra parte, recordando sus experiencias académicas en Alcalá y el caos de los colegios contemporáneos italianos (con clases infrecuentes y alumnos con libertad o libertinaje para elegir sus cursos), la memoria de sus experiencias en el Colegio de Santa Bárbara fue la inspiración para la pedagogía jesuítica: genialidad, clasicidad, estabilidad y popularidad (elementos que ni siquiera el gran humanista Erasmo de Rotterdam, fallecido en 1536, pudo conseguir). De aquellas fundaciones, la más ilustre fue la del Colegio Romano, abierto en 1551, como modelo de todos los centros de estudio de los jesuitas. En suma, de 1548, cuando comenzó el Colegio de Mesina, hasta el año de la muerte de Ignacio en 1556, se pusieron en marcha en Europa 33 colegios para estudiantes laicos y se aprobaron para su apertura otros 6.


MISIONEROS POR EL MUNDO

Ignacio también se involucró muy pronto con las misiones extranjeras, más allá de los mares. Cuando él falleció, sus discípulos estaban ya en las Indias Orientales, Japón, Brasil, el Congo y estaban en camino de instalarse en Etiopía. Indiscutible aliado de Ignacio para esto fue el magnánimo rey de Portugal Juan III, y desde Lisboa, con la bandera de San Vicente, los primeros misioneros jesuitas zarparon de Europa, siguiendo el ejemplo del “Divino Impaciente” (San) Francisco Javier, quien nació para la eternidad el 3 de diciembre de 1552, en la isla de Chian en el mar de China.

Ignacio pasó sus últimos 16 años de vida en Roma. Desde 1540, año de la confirmación de la Compañía, hasta 1556, cuando murió (31 de julio), solamente abandonó la Ciudad Eterna en pocas ocasiones: a Montefiascone, Tivoli y Alvito, para arreglar algún asunto o reconciliar adversarios. Él pensó abrir personalmente una misión en Africa y hacer una peregrinación a Loreto, pero en ambos casos las circunstancias se lo impidieron. Permaneció en su cuartel general guiando con amor sensible de padre y gran sabiduría la obra de sus hijos en cuatro continentes.

Él mismo o por medio de su secretario fiel, Juan de Polanco, les envió cerca de seis mil cartas. Indiscutiblemente el mayor legado o herencia que dejó para su instrucción y animación, además de los Ejercicios Espirituales, fue la obra de las Constituciones de la Compañía de Jesús.

La salud de Ignacio sufrió un serio revés en el verano de 1556. El 31 de julio su corazón dejó de latir; aquel día exhaló su último suspiro, casi cuando percibía el olor de aquella pólvora de Pamplona. Para el tiempo y el espacio de la condición humana dejó de existir para este mundo.

El peregrino, sacerdote y apóstol recibió “la corona de gloria” que San Pablo nos predica en forma trascendente. ¡Vive para siempre con el Rey Eternal!

¡Alabado sea Jesucristo con la mayor gloria de Dios!


☩ El autor fue sacerdote jesuita que ejerció su ministerio en la Arquidiócesis de Puebla. Desempeñó el magisterio en el Instituto Oriente de Puebla, en la Escuela Libre de Derecho de Puebla, en la Universidad Iberoamericana Puebla y en el Seminario Palafoxiano Angelopolitano. Escribió su columna “Mexicanidades” para los periódicos El Universal, Milenio, Síntesis, La Opinión y Koinonía. Difundió la mexicanidad en el programa de radio Suave Patria en el Sistema Estatal de Telecomunicaciones (SET), organismo público de Radio y Televisión de Puebla. Nació para el amor sin tiempo el 3 de julio de 2022.

lunes, 18 de julio de 2022

In Memoriam Padre Nacho Gonzalez Molina

Y yo creo que, en Suave Patria, el Padre Nacho adoró a Dios, veneró a la Virgen y con sus conocimientos, desbancando la historia oficial o la historia monumental yo creo que honró a la Patria mexicana, mejor que muchos otros; la honró como clérigo, la honró como académico y yo creo que la honró como mexicano.


A manera de homenaje, transcribo la semblanza que el Padre José Luis Bautista (*) le dedicó al Padre Nacho González Molina en el programa de radio “Buenas Noches Puebla” que se emitió el 6 de julio en la XEHR 1090 de a.m.


“El pasado domingo 3 de julio, siendo las calendas del tiempo, las 9:45 de la noche, se apagó una luz que brilló siempre en los lugares donde el Señor de la Historia lo situó. Un hombre carismático, un sacerdote inteligentísimo y culto. Uno de los últimos adalides de la fe que combatió en la congruencia, en los medios de comunicación, en la academia, en la historia, pero en especial, como guía de almas y como amigo de espíritu jesuita, pero de un hombre que por su preclara cultura brilló. Una pérdida irreparable para la arquidiócesis de Puebla de los ángeles, y me refiero al Padre José Ignacio González Molina.

“Él vio la luz el 19 de septiembre de 1944 en la bellísima Teziutlán que ha dado, no solamente para la alegría de Puebla de los ángeles, sino para toda la nación, hombres y mujeres comprometidos en las realidades temporales como empresarios, políticos, profesionistas y artesanos. Fue hijo de don Ignacio González Cruzado y de doña Josefina Molina. Cuando él fallece tenía 77 años de edad y 45 años 51 días de sacerdote.

“Déjenme comentarles que yo conocí al Padre Nacho, como cariñosamente la llamábamos, hace 39 años en ocasión de que se publicó el derecho canónico en tiempo del Papa Juan Pablo II en 1983 y, todos los señores obispos de la república mexicana, tomaron un curso en el Seminario Palafoxiano para que se les explicara el formato del nuevo código de derecho canónico. Como seminarista, me tocó una comisión bastante sencilla, que era repartir las hojas a los señores obispos. Yo estaba en una plática en la parte de atrás, y recuerdo, como si fuera ayer, aunque ya han pasado cerca de ocho lustros, al Padre Nacho con su mirada que irradiaba mucha alegría y con su sonrisa inigualable. Me tocó por el hombro y me dijo: ‘¿Tú eres el seminarista José Luis?’ Yo dije sí. ‘Oye, dame las hojas que has dado en la mañana’. Le dije sí.

“Nacho siempre se distinguió como deportista, era atleta en la natación, por tanto, nunca aparentó la edad que tenía, o más bien, no se descubría qué edad tenía porque cuando lo conocí, pensé que era seminarista. Y le pregunto todavía: ‘¿Tú de qué seminario vienes?’ Me dijo ‘No, yo soy padre jesuita’. ‘¡Ah! ¿Eres padre jesuita?’ Y le dije perdóneme usted. Porque como buen poblano, a la gente mayor le hablo de usted. Desde aquel momento comenzó la relación, primero, de respeto al maestro, y después, al amigo.

“El Padre Nacho incursionó en el carisma vocacional con los padres jesuitas. Recordemos que los padres jesuitas fundados en el siglo XVI por Ignacio de Loyola, han dado frutos grandiosos en el mundo entero, bueno sino en el mundo entero por lo menos en el mundo occidental, por los cuatro votos: obediencia, pobreza, castidad y fidelidad al Papa.

“Un ejercicio profundo, en el discernimiento del espíritu jesuita es que los dejan estudiar lo que ellos gusten. Eso es algo grandioso. O que, si a alguien le gusta la física, la química, el cálculo lineal, la robótica o la historia, se desarrollan en lo que les agrada. Y cuál fue, como decía el Padre Nacho, su amor fue a la historia. Yo recuerdo en su programa de radio, hace 25 años, La mula no era arisca, en la XECD, una estación de la competencia. Él decía: ‘Yo soy historiador y aprendiz de sacerdote’. Su gran pasión siempre fue la Historia.


* * *


“El 7 de mayo de 1977, cuando él contaba con 33 años se ordenó presbítero, recordando que los padres jesuitas, así como los padres legionarios, no solamente estudian filosofía y teología, sino aparte estudian otra carrera. ¿Cuál fue la carrera que estudio él en la Universidad Iberoamericana allá en México, en Santa Fe? Estudio la licencia en Historia. Apasionado en la Historia, porque consultó archivos, gran conocedor del porfiriato y gran defensor no de la Historia idílica, oficial o monumental, sino recordando aquella frase del gran historiador del siglo XIX don Lucas Alamán: ‘Pobre de México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos’. Y el padre Nacho lo explicaba perfectamente bien con datos contundentes, así pues, empezó el Padre Ignacio su labor como presbítero. Primero, como ministro de la palabra (…)  qué difícil fue recuperar a los fieles que iban por la predicación del padre Nacho porque, como dice el documento pontificio Verbum Domini, muchos fieles se sienten desalentados porque los sacerdotes no preparamos la homilía. Y el Padre Nacho con toda la cultura, toda la inteligencia que él tenía, sus homilías, atractivas, la gente estaba atenta. Polémico sí, porque todos tenemos signos de contradicción.

“Yo dudo de los padres que solamente son amados. No, los sacerdotes somos amados y odiados (…) el Padre Nacho fue amado por mucha gente, pero tal vez, por su forma de ser, despertaba, aun en el clero, envidias. Porque si hubo envidias en el colegio apostólico cuando la mamá de los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, le pedían a Jesús uno que se siente a la derecha y otro a la izquierda, y surgieron envidias en los demás apóstoles. Si eso pasó en el colegio apostólico, pues que no va a pasar entre el clero que somos seres humanos con fragilidades y con sentimientos a veces de envidia.


* * *


“Él fue ministro de los sacramentos, y a cuántos, y a cuántos el Padre Nacho bautizó, celebró el matrimonio, confesó, ungió. Desempeñó su ministerio en varios lugares cuando fue jesuita, después cuando fue admitido por don Rosendo Huesca Pacheco. Celebró como vicario en la actual parroquia de Nuestra Señora de la Esperanza, colonia las ánimas (…) después fue párroco de Nuestra Señora del Camino, allí en la Atlixcayotl, donde ayudó a muchísima gente y aún donde la señora Peralta, desde México venía en helicóptero a participar de su misa dominical, como era un sacerdote carismático. Por eso, pues algunos clérigos, le tuvieron envidia.

“Ojalá Puebla tuviera muchos sacerdotes intelectuales, cultos, pero en especial, santos. Pero también fue, guía de la comunidad. En ese aspecto, el padre Nacho fue puente, pontífice para ayudar en las necesidades de los más desamparados.

“Nunca, nunca, su corazón estuvo sujeto al dinero, como es el problema de algunos clérigos que hasta hacen coperachas para tener dinero. Lejos de él, la ambición al dinero. El Padre Ignacio tuvo buena cuna económica, indudablemente su corazón estaba lejos, lejos del dinero, aun en esa acción de guía de la comunidad ayudó a conocida familia capitalina de Puebla de los ángeles, al rescate de uno de sus hijos que tenían secuestrados. No menciono a la familia por respeto, pero él, lo platicaba con vehemencia ya que alguno de los sacerdotes legionarios que no digo el nombre tampoco y que, por cierto, amigos de la misma familia no quisieron ayudar para pagar el rescate de esta persona. Esa es la intuición jesuita, porque Nacho, el maestro, nunca dejó de ser jesuita, lo tenía plasmado en su mente y en su corazón, enamorado del espíritu de san Ignacio de Loyola.

“Una gran labor que hizo él, pero quisiera referirme a él como el hombre académico que fue. Primero, al decir que es académico, me refiero a que fue maestro, indudablemente, del Oriente donde sus compañeros y alumnos lo quisieron mucho. Gran conversador, innato, porque qué difícil es sentarse a la mesa y no recibir la gratificación de la gratitud en la conversación. Nacho lo era, conquistaba, animaba. Yo tuve el privilegio y le llamo privilegio de platicar, de conversar con él… Se le va a extrañar porque era un sacerdote que sabía utilizar su tiempo en conversaciones académicas, pero también, en conversaciones de ayuda a los demás.

“Maestro de la Libre de Derecho durante varios años porque, con toda humildad lo digo, cuántos sacerdotes de Puebla de los ángeles damos clases en la universidad. En la Libre de Derecho el Padre (Humberto) Vargas y el Padre Nacho, en el Benavente el Padre Filogonio (+), en la UDLA el Padre Maceda, en el Anáhuac el Padre Jaime Vázquez y también el Padre Pedro Sánchez. Pero son pocos sacerdotes que incursionan en la universidad. Y el Padre Nacho fue maestro en el seminario Palafoxiano.

“Yo tuve la suerte, yo tuve la fortuna de escucharlo, era una delicia escucharlo como historiador. Yo estudié Historia en la BUAP, y en el seminario, junto al Padre Nacho puedo pensar en la BUAP el maestro Conrado Quintero que ya murió y era un deleite escucharlo. Y también era un deleite escuchar a la maestra María del Pilar Paleta. Son los maestros que te marcan, que todavía dan cátedra y ¿Qué es la cátedra? No como dicen las estrategias de aprendizajes, ‘haz diez equipos y que los muchachos den la clase’ o que todo lo hace el power point. ¡No! Estos maestros daban cátedra, llegaban sin un libro como el Padre Filogonio o el Padre Guillermo y tú quedabas embelesado. Hoy, casi los maestros ya no damos cátedra y Nacho, perdón, yo siempre le hablé de usted, tal vez los últimos cuatro años porque él me lo pidió: ‘ya no me hables de usted, Luis, háblame de tú’, y era el único mayor que yo, porque me lo pidió varias veces que le hablara de tú. Es que los maestros imponen y él a mí, me imponía.


* * *


Siempre he dicho que el desarrollo profesional, académico no solamente de un sacerdote, de un laico o de alguien que ejerce su amor a una determinada área del conocimiento es que le sirva con fidelidad, le sirva con amor y Nacho lo hizo. Era un enamorado de la cátedra. Yo conozco a varios de sus alumnos de la Libre de Derecho y del Oriente que lo admiraban por su decencia, por su ecuanimidad y por su don. Un gran académico porque investigaba, iba a los archivos, defendía, argumentaba, razonaba, daba criterios. Por eso digo, que Puebla, hasta llovía ese día que lo sepultaron, porque Puebla está de luto porque ha perdido a un gran defensor, y me refiero al Padre Ignacio González Molina. Por eso, en el aspecto académico no sólo incursionó como maestro, sino como escritor en El Universal, en Milenio y en La Opinión, y tal vez en la censura de otros años. Él se presentaba no como presbítero, porque sabemos que él se acreditaba como Ignacio González Molina por aquella censura que había por parte de la Secretaría de Gobernación allá en los años 80 y tal vez en los 90 porque los sacerdotes antes de 1993 no teníamos personalidad jurídica. Por eso, el que él vertiera las opiniones profundas y claro, era historiador, pero estaba consciente de ser sacerdote. Hablaba de los desaciertos de la iglesia, pero también hablaba de los grandes aciertos de la iglesia católica en las diferentes épocas de la misma historia de la iglesia.

“Han sido pocos sacerdotes que han intervenido en medios de comunicación. Cuando vivía el papá de Rafael Cañedo, uno de ellos fue el Padre Isauro Corona Báez hace ya muchísimos años. Otro fue el Padre que le llamaba siempre “campeón sin corona”, Alejandro Arenas Torres, párroco de Atlixco. Otro fue el Padre Rogelio Montenegro, decano en Puebla de los medios de comunicación y otro fue el Padre Nacho González que también fue decano en Puebla de los medios de comunicación. Otro fue Monseñor Eugenio Lira Rugarcía. Pero son pocos los sacerdotes que intervienen en los medios de comunicación, pero, la gran diferencia que tuvo el Padre Nacho con los demás sacerdotes es que no solamente hablaba de temas de religión, también hablaba temas de historia y de temas de política, y daba argumentos. Esa fue la diferencia con los demás.

“Y otro programa con el que me deleitaba, en radio SICOM, me refiero a Suave Patria en donde el Padre Nacho participaba y recuerdo aquella frase que el decía: ‘A Dios se le adora, a la Virgen María se le venera y a la Patria, se le honra’. Y yo creo que, en Suave Patria, el Padre Nacho adoró a Dios, veneró a la Virgen y con sus conocimientos, desbancando la historia oficial o la historia monumental yo creo que honró a la Patria mexicana, mejor que muchos otros; la honró como clérigo, la honró como académico y yo creo que la honró como mexicano.


* * *


“Yo creo que él siempre se mostró incondicional con sus amigos y aun con los que no tuvo la capacidad de comprender y de perdonar.

“La última vez que comimos con él, su semblante había cambiado, porque ustedes saben que el cáncer acaba con todo. Lo vi dubitativo, pero con una expresión de serenidad, esperando lo que Dios le pidiera.

“Unos días antes de que partiera a la casa del Padre, mi buen amigo, el señor Avendaño y yo fuimos a verlo, le ofrecí lo que todos los sacerdotes ofrecemos a amigos y extraños: los sacramentos. Y qué mejor; al sacerdote, al maestro, al amigo que tanto hizo por su iglesia… Sí nos reconoció, hizo un esfuerzo por seguir la liturgia que marcan estos sacramentos, siguió la liturgia. “Yo lo vi ya muy débil, mermado en fuerzas, pero lo vi tranquilo y sereno. Sus dolores eran inmensos, pero lo vi con tal serenidad que me transmitió una paz profunda. Un servidor, como encargado de la pastoral de la salud en la arquidiócesis angelopolitana, a veces pensamos que vamos a dar fortaleza y consuelo a los enfermos, pero no es así. Cuando los enfermos viven verdaderamente la fe, son ellos son los que nos dan fuerza, son ellos los que nos dan la paz, son ellos son los que nos dan firmeza de espíritu, son ellos los que nos dan consuelo. Y haciendo un paréntesis, recuerdo a otro amigo que también sufrió los estragos de el cáncer, y me refiero al Padre Joaquín Rivadeneyra de la Barreda, que, por cierto, invitaba nuestro amigo común, de feliz memoria, Edmundo Meza, en el programa de los jueves. Y Joaquín, otro hombre inteligente, otro hombre encomiable se fue deteriorando físicamente por el cáncer al igual que el Padre Nacho.

“Yo vi al Padre Nacho sereno y tranquilo, recibiendo los sacramentos. Mi interior, como presbítero, estaba dolido y tenía compasión por el maestro. Y yo le dije: ‘Maestro, cuando Dios así lo disponga va a contemplar al terminar su último combate, al Señor de la Historia, al rey de reyes, al Dios verdadero’. Me escuchaba, asentaba con la cabeza, pero me impresionó su fortaleza de espíritu. No podíamos esperar menos del Padre Nacho, siempre fue fuerte, aún en los momentos duros que vivió como presbítero, como maestro, como académico y como amigo. Por eso, esta breve semblanza y este hondo pesar que nos deja el Padre Nacho en su partida a la casa del Padre.

“Pero ¿Qué es lo que nos anima? Y esto nos hace recordar precisamente el evangelio de Juan, el capítulo primero, versículos 1 al 6 cuando dice: ‘En la casa de mi Padre habrá muchas habitaciones, yo les prepararé un lugar y después regresaré y los llevare conmigo para que donde yo esté estén ustedes y a donde yo voy ya saben el camino’. Es decir, que, pasando esta vida pasajera, vamos a contemplar a Jesús y lo veremos tal cual es. Y eso es lo que deseamos, eso es lo que esperamos, eso es lo que creemos.

“Como decía el gran San Juan Crisóstomo en una homilía exequial: ‘A nuestros difuntos podemos ofrecerle lágrimas, pero las lágrimas se secan. Podemos ofrecerles cirios, pero los cirios se consumen. Podemos ofrecerles flores, pero las flores se marchitan. Lo único que no se seca, que no se consume ni marchita es nuestra oración’.

“Desde aquí, un saludo respetuoso a la familia de nuestro amigo y, ciertamente su recuerdo va a perdurar entre nosotros. ¿Cuándo acabará su recuerdo? Cuando dejemos de evocar o de pensar en él. Y ahorita, en esa alegría que le caracterizaba, porque tenía una sonrisa contagiosa, desde la casa de Dios Padre yo estoy seguro que está lleno de alegría porque está contemplando a su Señor y a su Dios, y eso, a cada uno de nosotros los que lo quisimos y admiramos, debemos estar llenos de alegría porque ha cumplido su misión cabalmente en la tierra.”


* El Padre José Luis Bautista es coordinador de la Pastoral de la salud en la Arquidiócesis de Puebla, licenciado en Historia por la BUAP, Rector del santuario de San Judas Tadeo en la angelopolis, Director del Instituto de Teología para Laicos Camino, Verdad y Vida; Profesor en Ciencia Política en la UAPEP, colaborador en el programa de radio Buenas Noches Puebla en la XEHR 1090 de a.m.y en Parmenas Radio.