domingo, 14 de junio de 2020

Misas dominicales por internet en México: algunas propuestas para ver y escuchar

Aunque la pandemia del COVID-19 ha impedido las reuniones masivas, las redes sociales (zoom, Facebook, YouTube, Tik Tok) han hecho posible que nos podamos reunir, de manera virtual; para asuntos familiares, de trabajo, de negocios y el ámbito religioso. En la última instancia, particularmente en las comunidades católicas, las parroquias difunden la misa dominical por la red de redes, y echando un vistazo algunas de ellas lo hacen con modestos recursos y creatividad pero proponiendo un mensaje concreto y esperanzador. Otras, aunque con calidad profesional, se limitan a que el rito sea lo mejor presentado al público dejando en segundo plano la palabra.

Y son muchas las aristas por revisar en las celebraciones eucarísticas que se difunden en internet en nuestro país, mi intención no es hacer un análisis de contenido, mi propósito es sugerir algunas misas que en lo personal han tocado mi corazón y que podrían ayudarle a encontrarse con el Dios de la vida, el Dios de la misericordia, el Dios con corazón de padre y entrañas de madre...

Seguramente estará cómodo con el sacerdote de su parroquia, sin embargo, considero saludable escuchar y participar de otras voces reflexivas, aquí las dejo y ustedes darán su veredicto:


Padre Fernando Fernández Font S.J.
Rector del Instituto Cultural Tampico
Sábado 7:30 p.m. en vivo por Facebook y su repetición domingo a las 10:00 a.m. en YouTube



Fray Raúl Vera López O.P.
Obispo de la Diócesis de Saltillo
Domingo 1:00 p.m., en vivo por Facebook y en el canal de YouTube



Pbro. Francisco Javier Rodríguez Trejo
Párroco de Santa María, Diócesis de Saltillo
Domingo, en vivo por Facebook



Padre José de Jesús Aguilar Valdes
Párroco de San Cosme y San Damián, Arquidiócesis de México
Domingo 9:00 a.m., en vivo por Facebook y en su canal de YouTube



Padre Diego Monroy Ponce
Canónigo Chantre, Arquidiócesis de México
Domingo 1:00 p.m., en vivo por Facebook



Padre José Luis Bautista Gonzalez
Rector del santuario de San Judas Tadeo, Arquidiócesis de Puebla
Domingo 12:00 hrs., en vivo por Facebook y por Parmenas Radio



Padre Felipe Carrera Merino S.J.
Asesor espiritual del Instituto Oriente Puebla
Domingo 12:00 hrs., en vivo por Facebook



Padre Miguel Anibal Perozzi
Párroco de San Pedro Cholula, Ocoyoacac. Arquidiócesis de Toluca
Domingo 9:00 a.m., en vivo por Facebook

Por favor recomiende o comparte la misa de su comunidad para que lo podamos incluir en este listado. Gracias

lunes, 24 de febrero de 2020

"San" Sebastián de Aparicio, pionero de los caminos y puentes de México

A decir de los historiadores, Sebastián dejó el trabajo de la agricultura por no dejarle muchas ganancias y se dedicó a la construcción de carretas para tener una mejor retribución; sin embargo, el motivo principal fue quitar la carga de las espaldas a los naturales para ponerla en las bestias que Dios había multiplicado en abundancia en nuestro País. Pues esto fue lo que hizo también Fray Juan de Zumárraga siendo Obispo de México, traer los asnos a nuestra Patria para que los naturales no cargaran como asnos.


Por Fr. Leobardo García, O.F.M.


RASGOS PRINCIPALES DE LA VIDA DE FRAY SEBASTIAN DE APARICIO

En un pequeño pueblo llamado La Gudíña de la provincia de Orense, España, nació el Beato Sebastián de Aparicio, el 20 de enero del año de 1502.

La Gudiña cuenta actualmente con una población de mil 250 habitantes y una de las principales calles lleva el nombre de Fray Sebastián de Aparicio. Al nacer Sebastián, era una villa muy pequeña de 50 habitantes más o menos, se le dio el nombre de La Gudiña porque a la entrada de la villa vivía una mujer lista y de buen carácter que vendía comida a los caminantes y para hacerles agradable el rato en que descansaban y tomaban sus alimentos, les contaba chistes muy agudos y por eso le dieron el mote de La Agudiña, en gallego. Pasó este nombre con el correr de los años a la pequeña villa, perdiendo la “a” y quedando como nombre propio: La Gudiña.

Sebastián de Aparicio dejó la casa paterna y su patria chica con el consentimiento de sus padres, a los veinte años de edad, con el fin de encontrar un trabajo mejor remunerado para ayudar a sus progenitores. Llegó a la ciudad de Salamanca donde encontró una señora viuda rica, que lo ocupó como mayordomo de campo. En un año de servicio demostró a su patrona las virtudes cristianas, respeto sumo a su persona, obediencia a sus mandatos, fidelidad en el dinero que manejaba, piedad muy arraigada en sus oraciones y misas dominicales, amor a Dios y a su prójimo en el trato con él. Por estas y otras virtudes su patrona quedó prendada del joven Aparicio, al grado de inducirlo a un acto contra la castidad a fin de comprometerlo a casarse con ella. Sebastián rechazó esta instigación y abandonó inmediatamente el trabajo.

Después de este triunfo en que Sebastián demuestra control de sus pasiones, a los veinte años de edad, se dirigió a Andalucía con el mismo propósito de encontrar un buen trabajo. Llegó al puerto de San Lúcar de Barrameda, colocándose en la casa de dos doncellas huérfanas que vieron en Sebastián a un buen hombre para administrar sus bienes y a un gran protector de sus personas, por las virtudes cristianas que manifestaba en su porte. Una de ellas se enamoró locamente de Sebastián por sus cualidades morales manifestándole sin rodeos su pasión dominante, pero Sebastián por el control de las pasiones que tenía, rechazó inmediatamente la proposición que le hizo y abandonó el trabajo.

En el mismo puerto de San Lúcar, encontró trabajo en la finca de un señor muy rico, donde trabajó durante siete años obteniendo cosechas extraordinarias debido a sus conocimientos de agricultura y a su responsabilidad en el trabajo. Cuando Aparicio manifestó a su patrón que iba a separarse para venir a la Nueva España, él le ofreció el mejor sueldo y darle una parcela en su finca; pues Sebastián en el curso de siete años había hablado con los que iban y venían de la Nueva España y todos le contaban que en las tierras vírgenes y exuberantes del Nuevo Mundo se podía hacer capital con menos trabajo. Ilusionado por el viaje al Nuevo Mundo, se embarcó para México en el año de 1533, a la edad de 31 años.


VIAJE DE APARICIO A MEXICO

Sebastián de Aparicio llegó al puerto de Veracruz, donde permaneció una corta temporada, pues no encontrando ambiente propicio para trabajar en el campo, determinó pasar a la Ciudad de Puebla recién fundada por Fray Toribio de Benavente el 16 de abril de 1531.

Durante dos años trabajó Sebastián en la agricultura en el valle de Puebla con sus paisanos, utilizando los métodos que había aprendido al lado de sus padres, pero viendo que del cultivo de maíz y frijol no sacaba lo suficiente para ayudar a su familia, dejó ese trabajo para dedicarse a construir carretas gallegas en compañía de un amigo carpintero llamado Miguel Casado. Amansó los novillos para uncirlos a las carretas y transportar todo lo que llegaba al puerto de Veracruz, repartiendo la carga entre las ciudades de nuestro país. Abrió una brecha de 450 kilómetros de México a Veracruz, extendiéndola más tarde hasta Zacatecas para transportar los minerales extraídos de sus ricas minas.

17 años trabajó con su flotilla de carretas hasta llegar a formar un buen capital con el cual compró dos haciendas; una de agricultura entre Azcapotzalco y Tlalnepantla, cerca de la ciudad de México, la segunda para dedicarse a la ganadería, especialmente a la cría de ovejas. 20 años se dedicó a trabajar en estas dos haciendas: de 1522 a 1572.

A decir de los historiadores, Sebastián dejó el trabajo de la agricultura por no dejarle muchas ganancias y se dedicó a la construcción de carretas para tener una mejor retribución; sin embargo, el motivo principal fue quitar la carga de las espaldas a los naturales para ponerla en las bestias que Dios había multiplicado en abundancia en nuestro País. Pues esto fue lo que hizo también Fray Juan de Zumárraga siendo Obispo de México, traer los asnos a nuestra Patria para que los naturales no cargaran como asnos.


SEBASTIAN REPARTE SUS BIENES ENTRE LOS POBRES E INGRESA A LA ORDEN FRANCISCANA

Fray Sebastián de Aparicio, por consejo de sus confesores franciscanos del Convento de Tlalnepantla, entró a la Orden como hermano donado sirviendo aproximadamente dos años al Convento de las Clarisas de la ciudad de México y decidió repartir entre los pobres el capital que logró adquirir por el asiduo trabajo de 39 años, para seguir a Jesús por el camino estrecho de la pobreza al ser aceptado, como hermano lego, en la Orden de Frailes Menores por el Padre Provincial de la Provincia del Santo Evangelio, Fray Antonio Roldán. El día 9 de junio del año 1574 recibió el hábito de novicio, a la edad de 72 años, de manos del Padre Guardián Fray Juan de Bastidas en el Convento de San Francisco de la ciudad de México y tuvo como Maestro de novicios al Padre Fray Luis Guzmán.

En el año de noviciado fue el mayor en edad y en virtudes pues desde muchos años atrás había venido luchando para imitar a Nuestro Señor Jesucristo en sus virtudes. Jesús ha dicho: “Desde el tiempo de Juan Bautista, hasta el presente, el reino de los Cielos se alcanza a viva fuerza y los que la hacen a sí mismos, son los que lo arrebata” (Mt 11,12). Sebastián luchó durante su juventud para ser obediente, casto, desprendido de los bienes terrenos, humilde, manso, caritativo, piadoso, fervoroso, paciente y prudente, de tal modo que entró al noviciado, no para estudiar la ascética y mística y empezarla a practicar como sus compañeros, sino para acrecentar todo el cúmulo de virtudes que había ido adquiriendo en el mundo. Por eso algunos de sus compañeros palpando sus enterezas, se acercaban a él mejor que a su Maestro, para pedirle algún consejo en sus crisis espirituales.

Llegó por fin el día de la alegría más grande en la vida de Sebastián: el 13 de junio de 1575, profesa en el Convento de San Francisco de la ciudad de México, de manos de su padre Guardián Fray Francisco de las Navas, pues su anterior Guardián que le dio el hábito, Fray Juan de Bastidas había terminado ya su Período.

A principios del año 1576, el Padre Superior del Convento de Santiago de Tecali teniendo necesidad de un hermano que los atendiera en los trabajos domésticos, pidió al Padre Provincial que le remediara esa necesidad. El Padre Provincial le mandó al hermano Sebastián de Aparicio, neoprofeso que residía en el Convento de San Francisco de México. Siendo el único hermano de la pequeña comunidad de dos sacerdotes y él, tuvo que dedicarse al oficio de sacristán, cocinero, hortelano y limosnero para remediar las necesidades del convento que se fundó en el año de 1540. Sebastián con sus virtudes características de caridad, obediencia, humildad y laboriosidad, muy pronto se ganó el cariño de sus hermanos que lo consideraron como un gran amigo que los aconsejaba y estimulaba en sus trabajos apostólicos, como el mejor hermano que siempre les tenía preparada su ropa y alimentación, y el mejor compañero con quien cambiaban impresiones y se distraían en sus ratos de descanso.

El Padre Superior del convento de San Francisco de la ciudad de Puebla, que conocía las virtudes de Fray Sebastián y las amistades que tenía con hombres de buena posición, pidió al Padre Provincial que enviara a Fray Sebastián al convento de Puebla para remediar la gran necesidad de sostener las dos cocinas del convento: la cocina que alimentaba a 90 religiosos, la mayor parte estudiantes para el estado sacerdotal, y la cocina de la enfermería que daba asistencia a más de 300 religiosos que venían al año del Obispado de Tlaxcala. Sin proponérselo, Sebastián regresó a Puebla a pasar el resto de su vida en el convento franciscano en el año 1577, contando con 75 años de edad. La obediencia lo dedicó a recoger semillas y leña para el convento; tuvo necesidad de pedir a sus amigos dinero para construir dos carretas y comprar los bueyes para arrastrarlas. Con las dos carretas hacía el recorrido a Tlaxcala, Tepeyanco, Huejotzingo, Cholula, Amozoc, Tepeaca y lugares circunvecinos. En este trabajo pasó 23 años sirviendo con gusto a sus hermanos por amor de Dios, hasta el momento en que el Altísimo lo llamó para premiar sus virtudes en el reino de los Cielos, en el año de 1600, a la edad de 98 años.


MUERTE Y BEATIFICACION DE FRAY SEBASTIAN DE APARICIO

Fray Sebastián de Aparicio, habiendo cumplido la misión que el Señor le encomendó en este mundo de trabajar para buscar el pan de cada día, haciendo el bien con su trabajo a sus semejantes y pasar sus últimos años al servicio de los religiosos franciscanos del convento de San Francisco de Puebla, murió en el año 1600, a la edad de 98 años, viernes 25 de febrero a las 8 de la noche, atendido por el Padre Juan de San Buenaventura, a causa de una hernia estrangulada que lo mortificó por muchos años.

Cuatro días permaneció su cadáver insepulto en el templo por las maravillas que Dios estaba realizando en sus devotos que lo rodeaban, al grado de que le destrozaron cinco hábitos que le vistieron sus hermanos para sepultarlo, con el fin de conservar como reliquias sus pedacitos. Fue tanto el fervor de sus devotos que le cortaron la barba, los cabellos y hasta los dedos de las manos y pies. El mismo Padre Superior ordenó que le cortarán una uña del pie para conservarla como reliquia y los testigos dicen que derramó sangre cuando se la arrancaron. Hubo necesidad que los religiosos se impusieran para trasladar el cadáver de la Iglesia a la sacristía para conservarlo, cumpliéndose a la letra lo que había profetizado a uno de sus amigos: “…en esta vida todo ha de ser trabajar y aun en la muerte he de ser despedazado.”

Después que el Señor Melchor Márquez, representante del Señor Obispo don Diego Romano, levantó un acta sellada por Notario Público de todas las maravillas que había visto y oído de testigos fidedignos, se acordó dar sepultura al cuerpo del venerable Fray Sebastián entre la pared y el altar de la Virgen Conquistadora.

El día 19 de julio del año 1600, cinco meses después de su muerte, el Provincial del Santo Evangelio, Fray Buenaventura de Paredes, haciendo la visita canónica al convento de San Francisco, quiso ver cómo se encontraban los restos del venerable Sebastián, teniendo en cuenta todas las maravillas que Dios había obrado en su muerte. Por esta razón, a las ocho de la noche reunió al Padre Guardián con sus Discretos para hacer en secreto las excavaciones encontrando el cuerpo intacto, fresco y blanco, flexible como si estuviera vivo tal como lo habían enterrado. Fue tanta la emoción que experimentó el Padre Provincial que le cortó un pedazo de carne de la mejilla para conservarlo como reliquia, segregando un licor suave y fragante. Examinando este hecho maravilloso, le volvieron a dar sepultura.

Dos años más tarde, el 29 de junio de 1602, por orden de los muy Reverendos Padres Comisario General, Provincial y Definidores de la Provincia del santo Evangelio, se abrió por segunda vez el sepulcro del venerable Sebastián de Aparicio, encontrándose su cuerpo como la vez anterior, fresco y flexible, como si estuviera vivo. Se le ordenó al Padre Guardián del Convento de san Francisco de Puebla que hiciera un escrito al Sr. Obispo don Diego Romano, pidiendo se hiciera un estudio médico-jurídico de la integridad e incorruptibilidad del cuerpo del venerable Sebastián de Aparicio. El Sr. Obispo personalmente fue a examinar el cuerpo de Fray Sebastián; al verlo flexible, con sangre fresca y de olor agradable, dio orden de que se le diera al Padre Guardián el testimonio que solicitaba. Se depositó el cuerpo en una caja de madera forrada con hoja de lata, cerrada con tres llaves y se colocó atrás del altar de San Francisco, a un lado de la epístola.

El Padre Comisario General de las Provincias Franciscanas de México, hizo una relación del estado admirable del cuerpo de Fray Sebastián después de dos años de muerto, al Rey de España Felipe III, para que ordenara una investigación médico-jurídica a fin de presentarla a la Santa Sede para pedir su beatificación. El 2 de mayo de 1768 el Papa Clemente XIII declara que sus virtudes fueron heroicas y el 1 de mayo de 1789, el Sumo Pontífice Pío VI decreta la solemne beatificación de Fray Sebastián de Aparicio.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Para los que no pudieron ir a Misa...



El evangelio del día corresponde a la lectura de Lucas 1, 1-32 pasaje que narra 3 parábolas: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo.

domingo, 1 de septiembre de 2019

375 años del Seminario Palafoxiano

Hemos vivido 55 años en este precioso edificio, sus once rectores posteriores se han esforzado, bajo la dirección episcopal de Víctor Sánchez, en la complicada tarea de los equilibrios entre la apertura doctrinal y pastoral al mundo y la sólida formación espiritual de los alumnos que se preparan para ser testigos del amor de Dios ante los hombres.


Por Pbro. Lic. Rogelio Montenegro

Don Juan de Palafox entendió que el seminario debía ser la razón tangible de sus proyectos pastorales, el corazón de su Diócesis y el colegio apostólico que pudiera sostener sus sueños misioneros para hacer presente el Evangelio. Por eso, el 22 de agosto de 1644, funda propiamente el Colegio de San Juan como Seminario Conciliar, dotándolo de bellos edificios colaterales a la Catedral para completar la esplendidez urbana de la Puebla de los Ángeles. Primero el Rey y luego el Papa Inocencio X, aprueban y aplauden dicha obra que unida más tarde al Colegio de San Pablo, a la Biblioteca y a la Escuela de Teología de San Pantaleón, conforman la levítica calle de nuestro orgulloso centro histórico.

Incomprensiones históricas, revueltas irrespetuosas de lo sacro, rescoldos criollos de la Revolución Francesa, despojan primero a la Iglesia de sus edificios en 1867 y en 1914 después, para que nunca volvieran a sus manos, y ahora alojan pacíficamente administraciones públicas, entre las honorables la Casa de la Cultura, mientras tanto el Seminario, portando los pendones heráldicos de Palafox, ha sobrevivido en los anexos de San Juan de Letrán en el portal lateral del Teatro Principal, junto al Templo de San Pablo de los Frailes en el edificio contiguo a la Cruz Roja actual, en casas parroquiales rurales y en muchos sitios según el fragor de las políticas y de las guerras intestinas de nuestro país.

Al lado del templo de Belén, el primer Arzobispo de Puebla, Ramón Ibarra y González, logró redimensionar los alcances académicos de nuestra institución, creando de sus contexturas, la Universidad Pontificia con variadas facultades. Finalmente, el 13 de diciembre de 1919 se instala una vez más nuestro Seminario en el Colegio Jesuita del Sagrado Corazón donde persistió aún entre la pólvora cristera y las deficiencias propias de los vaivenes sociales.

Don Octaviano Márquez, quinto Arzobispo, se afanó por edificar un espacio abierto y pedagógico en consonancia con los tiempos modernos y con las exigencias ecológicas adecuadas a las juventudes de este histórico semillero, creando un gran recinto de cristal abierto a la luz y al tiempo, que inauguramos el 6 de agosto de 1964. Le tocó a quien fuera arzobispo de Puebla, Rosendo Huesca, y a su equipo, la difícil tarea de leer las constituciones y decretos del Concilio y abrir posibilidades de comprensión tanto en la conciencia de maestros como de alumnos.

“Necesitamos una verdadera renovación, cambiar de casa es una oportunidad para cambiar de actitudes, no cambiemos simplemente nuestros pecados de domicilio” fueron sus palabras inaugurales. Faltaba un año para que terminara el Concilio. Los tiempos siguientes fueron difíciles para toda la Iglesia: había que ir conformando lo doctrinal y por lo tanto todos los esquemas educacionales, a las nuevas directrices.


Lumen Gentium trazó perspectivas generales de una eclesiología más fundamentada en las páginas bíblicas del pueblo de Dios, dejando menos relieves a la Iglesia jerárquica. Gaudiem et Spes abrió la ventana al mundo, se dio cuenta del drama de la disyunción entre Evangelio y Cultura, entre actitudes veteromonacales y las primordiales exigencias del milenario mandato: “Id y haced discípulos”.

Hemos vivido 55 años en este precioso edificio, sus once rectores posteriores se han esforzado, bajo la dirección episcopal de Víctor Sánchez, en la complicada tarea de los equilibrios entre la apertura doctrinal y pastoral al mundo y la sólida formación espiritual de los alumnos que se preparan para ser testigos del amor de Dios ante los hombres.

El Padre Antonio González Bañuelos, su actual Rector, sabe que la presencia de su Santidad Juan Pablo II en nuestro Seminario en febrero de 1979, para inaugurar la III Conferencia Episcopal Latinoamericana y pronunciar su histórico discurso sobre la verdad del hombre y de la Iglesia, marcó derroteros para leer las pulsaciones e inquietudes de una Iglesia viva, y que la Exhortación Apostólica “Os daré pastores”, vino a clarificar más las líneas y las exigencias de una educación sacerdotal para nuestro tiempo.

El Seminario Palafoxiano, con sus 375 años de historia, ha sembrado espacios de reflexión, preparando a mucha gente para todos los quehaceres de la vida social, políticos, escritores, dramaturgos y sacerdotes que han estado presentes en la historia de nuestro país en momentos álgidos como la Independencia y en las decisiones cruciales del progreso de muchas comunidades.

La Iglesia de Jesucristo tiene mucho que decir al mundo contemporáneo, pero hay que buscarle nuevos giros lexicales a su dicción secular; hay que cargar de contenido las palabras y bombardear los núcleos de las conciencias dándole un lugar central y vivencial al Maestro, tanto en la investigación bíblico-teológica, como en las celebraciones litúrgicas y en los compromisos de todos los días. Se trata de marchar al ritmo de los hombres.

lunes, 24 de junio de 2019

Una reflexión a propósito del día Mundial del Medio Ambiente (5 de junio)

La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer en público. Y, al hacerlo, no sólo debe defender la tierra, el agua y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo.
Mensaje del Papa Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Paz 2008


El escandaloso deterioro del medio ambiente obliga al hombre a pensar en el aspecto ecológico y a considerarlo como un grave problema que exige atención prioritaria y urgente.

El progresivo y acelerado deterioro de nuestro planeta está alcanzando efectos inimaginables de difícil solución; el exceso de anhídrido carbónico y otros gases está dando lugar al “efecto invernadero”; la destrucción de la capa de ozono, protectora ante los rayos ultravioleta, crea problemas serios para la salud del ser humano y la vida en general.

La crisis del medio ambiente se manifiesta de manera particular en América Latina, que cuenta con los mejores recursos forestales del planeta. Más del 50% de su superficie está cubierta de bosques; por ejemplo, Brasil posee el 26% del total de bosques a nivel mundial; sin embargo, se está dando una tala indiscriminada, los bosques destruidos hasta ahora son el 50% del total.

El agua contaminada es otro problema ecológico; la mayoría de los desechos humano-industriales van a las aguas. La desertización avanza por el mal uso y la mala administración de la tierra; un 35% de tierra de América Latina está amenazada con convertirse en desierto. La contaminación del aire se va extendiendo a muchas zonas urbanas.

Este tipo de ejemplos junto con sus datos precisos, se pueden multiplicar sin mayor esfuerzo, aminorando la gravedad de nuestro tema; por tanto, se exige una opción más decidida, de parte de todos, para luchar por proteger nuestro hábitat. Antes, en y después de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el medio ambiente y el desarrollo, celebrada en Río de Janeiro, Brasil (Conferencia de Río, 1992) se quiso concientizar al mundo de la gravedad de la crisis ecológica.

La Iglesia, sin pretender tomar la ecología como tema de moda, manifestó la gravedad del problema en varios de sus documentos:

Pablo VI en 1971, ya alertaba al mundo de la explotación desconsiderada de la naturaleza y decía que comenzaba a correr el riesgo de destruirla y de ser también víctima de esa desgracia (nuevas enfermedades, poder destructor, males irreversibles, etc.). Elevaba su voz para decir que era un problema social de gran envergadura, que afecta a toda la familia humana.

Juan Pablo II afronta “la cuestión ecológica” al denunciar con claridad y valentía la incapacidad del ser humano para comprender y asumir la responsabilidad de su destino único y común; incapacidad fundada en la falta de solidaridad, en el consumismo y en la explotación del hombre y de la naturaleza.

Benedicto XVI, en diversos momentos de su pontificado, se expresó sobre el problema de la ecología, una de sus mejores manifestaciones lo hizo en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2008: “La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y la debe hacer valer en público. Y, al hacerlo, no sólo debe defender la tierra, el agua y el aire como dones de la creación que pertenecen a todos. Debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo”.

Con su Laudato si, el papa Francisco enriquece el magisterio social de sus predecesores con un asunto hasta ahora solo tratado de forma marginal: la ecología o, como él dice en el título de su escrito, “el cuidado de la casa común”. Lo ha hecho porque está convencido de que “el ritmo de consumo, de desperdicio y de alteración del medio ambiente ha superado las posibilidades del planeta de tal manera que el estilo de vida actual, por ser insostenible, solo puede terminar en catástrofe, como de hecho ya está ocurriendo periódicamente en diversos países”.

Estas y otras muchas súplicas en favor de la protección del medio ambiente salen a la luz desde diferentes esferas sociales para concientizar al hombre sobre esta cuestión.

Ante las terribles evidencias de destrucción de nuestro planeta, es necesario reordenar y armonizar las relaciones entre el hombre y la naturaleza. Lograr esta nueva relación, deseo generalizado, no es fácil, ya que existen diversas posturas (Partido ecologistas, Greenpeace, movimiento animal, etc.) atrás de las cuales subyacen aspectos teóricos, también distintos. Cada posición concibe de modo distinto la relación hombre-naturaleza; lo que a su vez implica, diferente forma de contacto con el medio ambiente, distintas técnicas para ayudar a conservar los ecosistemas, mayor o menor cantidad de recursos asignados, etc.

Al buscar un acercamiento a estos aspectos teóricos sobre los derechos de la naturaleza, podemos distinguir tres corrientes fundamentales.

La primera, sostiene que, a través de la naturaleza, hay que proteger al hombre. El medio ambiente, en esta postura, no está dotado de un valor intrínseco; de tal manera que cuando se le destruye, no importa tanto, sino porque se está poniendo en juego la propia existencia del hombre.

La segunda, tomando en serio el principio utilitarista, dice que no sólo hay que buscar el interés propio de los hombres, sino de manera más general, tender a disminuir la suma de los sufrimientos y aumentar hasta donde sea posible el bienestar.

La tercera, busca la reivindicación de un derecho de los árboles y de las piedras (Aldo Leopold, Hans Jonas). Haciendo una severa crítica al humanismo moderno, más en concreto a la civilización occidental, pide una cruzada en contra de este tipo de antropocentrismo en nombre de los derechos de la naturaleza. El hombre ya no es considerado como el centro del mundo, sino el cosmos a quien hay que proteger del mismo hombre (deep ecology o ecocéntrica).

Ante estas tres posiciones fácilmente podemos advertir, que, en la primera, el hombre se convierte en el único sujeto dotado de poder, capaz de usar y hasta destruir a su arbitrio personal y según su interés (económico) todo aquello que le rodea; la solidaridad generacional y el principio de responsabilidad por proteger el mundo están ausentes.

En la segunda posición, el hombre vive con la idea de “si me sirve lo cuido y si no, hasta puede que lo destruya”. Las ansias insaciables de bienestar y comodidad, lo pueden llevar a un materialismo esclavizante que, con tal de satisfacerlo, es capaz de realizar acciones inhumanas destructivas.

La última posición señalada, la revolucionaria, encarna en sí misma un rechazo contundente a la civilización occidental; se opone de modo radical al humanismo jurídico que domina en el universo liberal moderno. Reconoce la supremacía de los valores de la ecósfera por encima de los del humanismo (la revolución en contra de los modos de pensar y los medios usados para destruir la naturaleza, es el camino para reivindicar a la naturaleza en sus derechos y entablar una nueva relación hombre-naturaleza).

Sin ideologizarnos en nuestra postura, respecto al medio ambiente, podemos lanzar una mirada a la tradición de la doctrina social católica, para que nos ilumine y comprendamos mejor, cómo y qué tipo de relación hombre-naturaleza, es la que mejor va de acuerdo al plan de Dios, Creador y Señor de todo.

Los puntos que señalo, tomados de esa tradición, forman las dimensiones integrales de la responsabilidad ecológica, que, a nivel personal y social, debe existir.

Una visión sacramental del universo centrada en Dios, donde el hombre es el responsable del destino de la tierra; el respeto de la vida humana, incluyendo el respeto de todo lo creado; una ética solidaria que implica, responsabilidad con las generaciones, una cooperación y un sistema justo de compartir; una conciencia de interdependencia y de trabajo por el bien común; la búsqueda preferencial por favorecer a los más afectados por la destrucción realizada en la naturaleza; un deseo serio, unido a mecanismos eficaces por recuperar la armonía en nuestra casa.

Ojalá que el día mundial del medio ambiente, sea una ocasión para reflexionar sobre la cuestión ecológica y favorecer posturas que contribuyan a la conservación de este mundo maravilloso en el cual estamos todos.