sábado, 15 de diciembre de 2018

Radio y Televisión de la Virgen del Camino, desde Puebla en México


Hace 12 años, el 16 de mayo de 2006, inició operaciones Radio y Televisión de la Virgen del Camino, la primera estación de radio católica por internet en Puebla. Fue un proyecto hecho realidad que tuvo el propósito de comunicar el mensaje de Cristo con un estilo fresco, dinámico y juvenil.

Margarita García, esposa del entonces gobernador de Puebla, Mario Marín Torres, acompañada del director del Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (SEDIF), Valentín Meneses Rojas; Mario Amilivia, alcalde de León, España; el Arzobispo de Puebla, Rosendo Huesca Pacheco; el Padre José Ignacio González Molina, capellán del Templo Virgen del Camino y el empresario Fernando Diez Fernández, inauguraron las instalaciones.


En su oportunidad, Margarita García, felicitó a los realizadores del proyecto porque “es un espacio que estará dedicado principalmente a la difusión de valores que forman integralmente al ser humano, ya que los medios de comunicación tienen un gran alcance e influencia en la sociedad”.

Cabe señalar que la radiodifusora transmitió las 24 horas música católica contemporánea, cápsulas y reflexiones para ser mejores cristianos, además campañas de concientización social y cultural. Por otro lado, se difundió de manera diferida, por el canal 12 de Megacable, la misa dominical que se celebra en el templo parroquial de Nuestra Señora del Camino (Calle del Sol y Boulevard Atlixco, Zona Angelópolis), también se aprovechó la plataforma de You tube para tal fin.


Actualmente la estación no opera, en su lugar surgieron otros proyectos como Radio Palafox, estación de radio por internet del Seminario Palafoxiano; la emisión de la misa dominical que preside el pastor de los poblanos por la señal de Televisa Puebla, y Radio María, estación de radio en FM que se esfuerza por ser un apoyo para la formación y evangelización en la Arquidiócesis de Puebla.

A manera de homenaje a RTV del Camino, comparto con ustedes 1 hora de programación decembrina, posteriormente difundiré, según la época del año, más programaciones:



domingo, 9 de diciembre de 2018

México, el cambio que no vemos

El primer año de gobierno del “cambio” ha sido decepcionante para los mexicanos que esperaban algo más que buenas intenciones.


Comparto con ustedes una carta que se publicó en el semanario Koinonía (antaño, órgano informativo de la Arquidiócesis de Puebla) en septiembre de 2001 firmado por Ricardo Valenzuela. En el texto expresa su decepción por el cambio que tanto anhelaban los mexicanos con el incuestionable triunfo de Vicente Fox en las urnas, un par de sexenios después, Andrés Manuel López Obrador hace historia en los comicios de 2018. Ojalá la historia no se repita, ojalá no haya otro desencanto porque el pueblo, ya no está para más experimentos:

Sí, yo fui de los mexicanos que votaron por Vicente Fox (López Obrador) no sólo esperanzados del gran cambio, sino totalmente convencidos de que ese cambio con él al frente del ejército liberador era una realidad.

Yo fui de los mexicanos que votó por un Vicente Fox agresivo, asertivo y muy claro en sus ideas; el Vicente de las víboras prietas, aquel que con seguridad y sorna le dijo a Labastida: “a mí lo majadero se me quita, pero a ustedes lo ineptos, lo mañosos y malos para gobernar, no se les quitará nunca”.
Aquel Vicente que al cantar la letra de Jorge Negrete entonó: “México lindo y querido, si muero lejos de ti, que digan que estoy (...), por culpa del (...) PRI”. El Vicente del hoy, hoy, hoy.

Soy también de los mexicanos que al momento de su victoria observamos su transformación. De ser un hombre bronco, atrabancado, pero inteligente; de ser el prototipo de una verdadera oposición sin miedo al viejo sistema, a un político “demasiado” conciliador y cuidadoso. De ser un hombre que a mí me había parecido se montaría en el caballo del líder para señalar el camino, en alguien que al sentir el calor de la victoria ahora preguntaba: ¿Por dónde nos vamos? Alguien que agredía a los priístas con frases y mensajes como: “esos hijos... de la revolución” y después casi les rogaba el “jalar parejo”.

Sí, yo soy de los mexicanos que esperaba ver a un Presidente Fox colgando a toda la gavilla de bandidos que estafaron al pueblo durante los últimos 70 años. Que llamara a cuentas a los Hank, Echeverría, Salinas, Beltrones, Madrazos y el resto de la funesta mafia que ha devorado las entrañas del país. En particular, yo soy un mexicano que habiendo conocido a Vicente hace años, esperaba una definición clara de su programa de gobierno y no una capirotada de diferentes ideologías que han hecho de su equipo una torre de Babel.

Yo esperaba un gobierno de corte liberal que desactivara la funesta burocracia que no deja respirar a los mexicanos; un gobierno que estableciera los cimientos para la verdadera liberación.

Así hemos llegado a su primer informe de gobierno y el desencanto aparentemente empieza a sustituir a la esperanza. Al día siguiente del evento, el 90% de los editoriales de prácticamente todos los diarios expresan esa desilusión, esa desesperanza. Me viene a la mente el famoso comercial de McDonald's en los Estados Unidos, cuando aparece la ancianita preguntando: “Where is the beef?” (¿Dónde está la carne?).

Me viene también a la mente mi primer encuentro con Vicente, hace ya seis años. Mi impresión al ver a ese hombre más alto que yo aproximarse y estrechar mi mano con fuerza indescriptible y afirmar “platiquemos de México”.

Me retiro a leer la carta que recibí de él varios días después de ese encuentro, en la que me dice: “Yo he decidido entregar mi vida para buscar un cambio profundo en nuestro país; porque al igual que tú, vemos cómo desaprovechamos las oportunidades y seguimos cayendo en el precipicio sin fin, a través de no remediar lo más elemental, que sería una estructura política que genere buenos gobernantes y que asegure administraciones honestas, transparentes y de un compromiso total con impulsar al país hacia la grandeza que merece y merecemos todos los mexicanos”. La leo de nuevo.

Al terminar la lectura pienso: ¿Qué ha pasado? Me vienen luego a la memoria las enseñanzas de mi querido Maestro de box, el Chucho Llanes, quien siempre me decía: “El primer round es de tanteo, de conocimiento del adversario, de reconocer el terreno, de fintarlo para ver cómo reacciona. Nunca trates de ir por un ‘knock out’ en el primer round, sobre todo si eres el retador, porque te reciben con un ‘counter’ y el noqueado serás tú”.

Si esto es lo que Vicente ha hecho, me parece una estrategia muy inteligente. No hay duda que los emisarios del pasado dejaron el campo minado y lo esperan en cada esquina para emboscarlo. El objetivo de la vieja guardia es claro: destruirlo, para recuperar el poder. Lo que la “oposición” tiene en la mira es promover el fracaso de Fox, les vale una pura y dos con sal el resto de los mexicanos.

Después de leer la carta me retiro a un oscuro rincón a meditar. Procedo a llevar a cabo un ejercicio de visualización, en el que imagino en estos momentos a Labastida (Meade) como Presidente.

Veo a un Beltrones como Secretario de Gobernación; a un Roque Villanueva en Hacienda; a un Espinosa Villareal exento de culpa y ahora en Agricultura, prometiendo subsidios; a Madrazo tal vez en Hacienda; a Bartlett en Relaciones Exteriores; al Diputado Eduardo Andrade en Educación. Me hundo en la profundidad de mi meditación y veo a Augusto Gómez Villanueva y a todo el nacionalismo revolucionario de nuevo en su apogeo.

Veo al “Presidente” Labastida decidiendo quiénes serán los Gobernadores de los Estados, los nuevos contratistas del Gobierno; quiénes serán los ganadores y quiénes los perdedores.

Luego visualizo los primeros años de las últimas cinco administraciones priístas; las devaluaciones, las fugas de capital, las colas en los bancos para retirar el dinero cuando la nacionalización. Veo la destrucción de nuestra moneda y el endeudamiento de la patria. Veo las lágrimas en los ojos de López Portillo en su último informe, gritando “nos saquearon”; luego veo las de los agricultores del Valle del Yaqui, cuando la afectación de Echeverría. Veo el rostro de Silva Herzog, en septiembre de 1982, cuando anuncia en Washington la quiebra y suspensión de pagos del país. Veo las monstruosas devaluaciones del período de Miguel de la Madrid devorando el patrimonio de los mexicanos.

Visualizo la nerviosa figura de Serra Puche en Nueva York, en diciembre de 1994, tratando de explicar la devaluación, ante el pánico de los banqueros, que no hallaban cómo deshacerse de los papeles mexicanos.

Veo claramente a Colosio caer ante las balas “del asesino solitario”. Veo los miles de hectáreas sembradas de mariguana en Caborca y patrulladas por el Ejército mexicano. Veo el rostro lleno de angustia y desesperanza de los ilegales que transitan por el patio de la casa de mi hija, en Nogales, Arizona. Pasan por mi mente los cientos de millones de dólares de Raúl Salinas depositados en todo el mundo y luego la presencia de Carlos Peralta ante las cámaras de televisión, afirmando que parte de ese dinero era suyo, un fondo para promover desarrollo.

Abro los ojos sobresaltado y me doy cuenta de que ha sido sólo una pesadilla. De inmediato preparo una nota a Vicente para decirle: “Seguimos estando contigo. Gracias por no habernos sepultado en las crisis del priísmo en estos primeros meses. Entremos al segundo round con el enemigo identificado y un mapa del campo minado. Vamos a nombre de los mexicanos por el ‘knock out’ definitivo”.

¿Qué piensan? ¿Le creemos y pensamos igual? ¿Vamos por el segundo round o que rayos hacemos? Eso sí, del cielo no va a venir nadie a resolver nuestros problemas.

martes, 30 de octubre de 2018

La buena muerte

La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.


Por Pbro. Lic. Rogelio Montenegro Quiroz

Barro y espíritu en el crucigrama de todas las culturas, conciencia de vida y muerte entre los interrogantes consignados por los humanos y la pluralidad de las respuestas. Desde la sencilla creencia de que al morir todo se diluye y se vuelve al humus maternal de la génesis primigenia, hasta la sospecha de la esperanza del más allá coloreado por múltiples réplicas.

El otoño fue siempre tiempo privilegiado de la reflexión y de las nostalgias según se van registrando las traslaciones en la piel y las canas de la testa o simplemente se contempla el perezoso desprender de las hojas de los árboles al planear con el viento de la tarde, su caída plural y amarilla sobre los pastos lánguidos cuyos tallos fenecen. Los dioses también mueren; Osiris en Egipto, Tammuz en Mesopotamia y Babilonia, Baal en Canaán, con los mismos estertores planetarios.

Los pueblos de estas tierras también entre sus miedos animistas y sus domésticos fervores creían en un mundo de sombras y oscuridad cuyas divinidades Mictlántecuhtli y Mictecacihuátl precedían los avernos hasta donde tenían que viajar los difuntos pasando antes por muchas pruebas entre colinas y desiertos, el encuentro con un cocodrilo llamado Xochitonatl y el viento de filosas obsidianas. Iban los viajeros acompañados de un perro y un bastón con espinas para su defensa, llevando como ofrenda para los dioses mencionados flores, comidas e inciensos para lograr su benevolencia allá en las profundidades de la tierra.

Los dioses suponen siempre representaciones masculinas y femeninas que conforman los panteones domésticos y comunitarios de todo ese mosaico de razas precolombinas. Las imágenes personifican, materializan ideas, fantasías, y promueven cultos y devociones que brotan de la esperanza arraigada en la trascendencia. Lo más profundo de mí mismo, mi mente y mi corazón y sus grandes anhelos de justicia, de paz y amor no pueden esfumarse con el vaho de la muerte. Si algo es verdad, en esta intrascendente vida, es la flor y el canto, la esencia del espíritu, su perfume más preciado, su poesía y sentido de la vida, el color y el rostro de lo divino. Algo permanece, no todo se disuelve entre las grietas del barro de la tierra.

Pero la muerte siempre se entendió como el último suspiro, como el último hálito de una conjunción maravillosa que en las mentes babilónicas, egipcias, sumerias e israelitas atribuían poéticamente a la voluntad de sus dioses. La Biblia dice que Yahvé Dios formó al hombre del polvo de la tierra e insufló en sus narices aliento de vida. Bella y plástica pantalla de los orígenes divinos de la raza humana. Así que la muerte es la disyunción final del adamáh y el pneuma, es una confesión de lo finito, de lo tremendamente contingente de la vida, por lo menos en este escenario que nos entorna.

Los poetas de las literaturas occidentales hablaron de la muerte como de una dama que va por el mundo con su guadaña segando vidas, cortando proyectos y provocando lágrimas. La imaginan vestida con ornamentos largos y propios de otras épocas y la desnudez ósea de su rostro formando parte del juego macabro de los lenguajes populares y de las realidades recurrentes en la espiritualidad de San Ignacio. Hablar de la muerte era referirse a una metáfora familiar, transparente, que en los pronunciamientos cotidianos rondaba las esquinas de las viejas calles coloniales y los pliegues íntimos de nuestra conciencia. Hasta que en 1965 en los estados de Hidalgo o Veracruz algunos oportunistas la empezaron a invocar dándole identidad propia y fuerza salvadora, ofreciéndole así a las multitudes sencillas de nuestro pueblo, no sólo desevangelizado sino analfabeto, pues no podía trascender la imagen milenaria o las cargas ancestrales que habían permanecido calladas bajo la inconciencia de la piel de cinco siglos y ahora brotaban, con la reciedumbre contextual de cincuenta millones de pobres, como amenaza potencial de la avalancha fenoménica del caos de la desesperanza.

A los muchos nombres y expresiones que ya cargaba la jerga popular de nuestras burlas mexicanas, ahora ha crecido el número de sus designaciones y el folklore colorístico de sus representaciones. Se le conoce como la “Santa Niña”, la “Comadre”, la “Poderosa Señora”, la “Blanca”, la “Parca” y la “Santísima”. Sus imágenes, como ya dijimos, portan vestidos largos de varios colores según las circunstancias, guadaña, balanza, brazos y falanges de donde penden pulseras de diversos metales según la generosidad de sus devotos.

No es fácil crear calendarios y rituales y soportes sociales completos pues los de la Iglesia Católica han venido creciendo con los siglos, y las costumbres se transmiten, imperceptibles, en el engranaje de las relaciones generacionales. Por eso los nuevos propagadores de su culto, por impotencia o sagacidad, han recargado sus tramoyas y desplazamientos en las liturgias establecidas, facilitando con el paralelaje, el ágil deslizamiento de su popularidad.

Sus principales devotos o por lo menos lo más acaudalados son los narcotraficantes, los que caminan diariamente en el filo de su guadaña y en la estrechez nérvica de sus momentos claves, la invocan, la cuelgan de oro en el recinto de su pecho, la premian con sus exvotos y la celebran con los rituales que presiden sus dirigentes. Ellos, los fuera de la ley, los de los grandes vicios que hace tiempo quemaron las naves de su seguridad, convocan sus poderes para el éxito de sus aventuras y el buen desenlace final de sus destinos.

Pero también los otros, los pobres e ignorantes, los que nunca recibieron la brújula de sus caminos, los que cargan sus mundos a la espalda de sus desconsuelos, los atrapados en el espacio plural de las plurivalencias, los tales que nunca redimensionaron la ética, la plegaria y la sobrenaturalidad de los poderes; los mismos que creen que los desplazamientos de los astros afectan la conducta de los hombres, los que juegan con las coincidencias y en otros tiempos adoraron aves, cuadrúpedos y reptiles; ellos que levantaron altares en Delfos, en Karnac y en los teocalis; los que nunca creyeron en un Dios Todopoderoso, sabio, providente y misericordioso; espiritual y trascendente, van por el mundo arrastrando su miseria y adorando la personificación de la muerte, llevándole regalos nacidos del reflejo de su imagen y semejanza, como cigarrillos, puros y tequila.

La amenaza se cierne en el horizonte, pero no tiene remedio, la explosión biológica de la sobrepoblación venció las coordenadas posibles de la educación familiar, escolar y eclesial; rompió las mallas de lo inesperado y sus epifanías ya visibles, como el comercio de ambulantes, los niños de la calle, el fácil resentimiento social acaudillado por conductores falaces que hablan de paraísos populistas y en lo religioso rompieron el abanico de la unidad en el estallido de las sectas, hasta llegar a la ignorancia supina de adorar a la muerte, conforman la marcha de los jinetes modernos del Apocalipsis.