sábado, 14 de julio de 2018

La actitud ante el sufrimiento, Segunda Parte

...no niego mi situación, más bien la asumo tal cual es y lloro cuando me siento triste, pero también duermo cuando me siento cansada, río cuando me siento alegre, como cuando tengo hambre y estoy con mis hijos, cuando estoy con mis hijos...


Por Enrique López Albores *

Cuando a Juan, de 22 años de edad y estudiante de medicina, le diagnosticaron cáncer, la noticia lo dejó frío y no supo qué decir.

De regreso a casa, su madre, que lo había acompañado a la consulta, le sirvió lo que acostumbraba cenar, y su padre, que recién llegaba del trabajo, se sentaron con él a compartir los alimentos. Nadie se atrevía a decir palabra, realmente estaban espantados, tristes y con un rayo de luz de esperanza que les decía que tal vez el médico se había equivocado, o que consultando a otro médico las cosas serían diferentes... Nada fue disconforme, las cosas estaban igual con la segunda y la tercera opinión de los médicos.

Juan había sido hasta ese momento un joven dinámico, lleno de vida, le gustaba jugar baloncesto y se dedicaba al estudio lo más que podía, situación que le permitió avanzar rápidamente en su carrera universitaria. Estaba cursando los últimos semestres y la perspectiva de trabajo era buena para él.

Juan sabía perfectamente lo que le estaba pasando, sabía con toda certeza lo que le pasaría con los tratamientos, sabía de la caída del cabello, el debilitamiento físico y una serie de cambios en sus hábitos, alimentación, estados ánimo y en aquello que le pasaría a su cuerpo. Lo sabía... y no.

Un día de tantos, entre el tratamiento y la escuela, entre la tristeza y la furia, entre el desánimo y la esperanza, un día de esos, Juan se encontró con una mujer, madre de cuatro hijos, viuda, con cáncer y sometida a las quimioterapias y demás tratamientos. Ese día fue trascendental para Juan. La mujer lucía delgada, sin cabello y con una enorme sonrisa que le iluminaba el rostro, una sonrisa que contagiaba hasta el más fantasmagórico de los rostros.

Se sentaron juntos esperando su turno para recibir la "quimio", como ellos le llamaban, mientras tanto empezaron a platicar. Ella le compartió que a veces, cuando salía de las sesiones se sentía desfallecida, pero lo que le daba ánimos y fuerza para seguir adelante era el recuerdo de sus cuatro hijos esperándola para comer o para cenar cuando había algo qué cenar. Le platicó cómo la más pequeña de sus hijas, estaba aprendiendo a leer y el gusto que sentía la niña y ella misma cuando lograba formar una sílaba o una palabra. La niña no sabía que su mamá tenía cáncer, tampoco sabía que, tal vez, pronto la perdería, lo único que sabía era que su mamá le ayudaba con su tarea un poco y la acompañaba cada que tenía miedo en la oscuridad de la noche.

Juan escuchaba entre conmovido y alegre, pero siempre atento siguiendo la narración de aquella madre que se debatía entre la vida y la muerte, hasta que se atrevió a preguntarle: ¿Le tiene usted miedo a la muerte? Y ella le contestó:

"Hace tiempo dejé de tenerle miedo, al principio era algo que me atormentaba, era algo que no me dejaba dormir, me daba miedo pensar que pronto dejaría de ver a mis hijos, me daba miedo pensar que mis hijos no podrían hacer nada para sobrevivir, me daba miedo pensar que me enterrarían y quedaría sola en el cementerio, me daba miedo muchas cosas, y, gracias al miedo había empezado a dar cabida cada vez más a esta enfermedad que me está disminuyendo día a día, me di cuenta que era yo quien le daba entrada al desánimo, y también me di cuenta de que la vida se me estaba escapando entre los malestares, la angustia y el miedo. Sobre todo, me di cuenta que, quizá los últimos días de mi vida, los estaba echando al bote de la basura porque no los pasaba con mis hijos. Desde ese día, decidí que, independientemente con todo y el dolor físico que llego a experimentar por el tratamiento, los momentos en que yo me sintiera bien, sean los que sean, dure lo que duren, los utilizaría pasando tiempo con ellos, disfrutando lo que sí tengo cuando los escucho sonreír, hablar o gritar.

También decidí ese día hacer un trato con la muerte y le dije: "Muerte, yo sé bien que estás cercana, sé muy bien que en el momento que te plazca me puedes llevar, pero sería lo mismo si no tuviera esta enfermedad que tengo, así que, desde hoy quiero decirte que no me detendré pensando en lo que tú me aguardas, no me detendré a pensar en lo que me espera cuando me tomes de la mano, no desperdiciaré el tiempo dejando que me entierres tu aguijón en mi corazón, desde hoy muerte, disfrutaré a mis hijos y de cada uno de los detalles de la Vida. ¡Sí, la vida! que me da cada día, cada minuto, en cada sonrisa, en cada amanecer, en cada persona que encuentro en la calle, en el hospital o donde sea que me encuentre. Muerte, serás bienvenida cuando vengas pero por lo pronto mi encuentro es con la VIDA".

Desde ese día, mi estimado joven, la muerte guardó su aguijón para mí y también para mis hijos los mayores quienes ya se dan cuenta de la situación.

Desde ese día, no niego mi situación, más bien la asumo tal cual es y lloro cuando me siento triste, pero también duermo cuando me siento cansada, río cuando me siento alegre, como cuando tengo hambre y ESTOY CON MIS HIJOS, cuando ESTOY CON MIS HIJOS.

Juan y otras personas que sin querer escucharon las reflexiones de aquella mujer y su canto a la vida, se quedaron impactados y en silencio pero pensando cada quien para sus adentros lo que quiso, pero a Juan ese día le cambió la perspectiva de su propia existencia.

Llegando a casa compartió la experiencia con sus padres, compartieron sus sentimientos, sus miedos, su dolor y también compartieron un pacto, un pacto de vida, desde ese día vivirían lo que tenían que vivir disfrutando cuando había algo por disfrutar y también llorando cuando había motivos para ello.

Juan decidió volver al baloncesto, cada que podía salía con sus amigos, fue recuperando la alegría de vivir cada día, fue transformando su experiencia de una experiencia de dolor sin sentido a una experiencia de crecimiento y fortalecimiento espiritual que le permitía distinguir entre aquello que podía hacer dentro sus limitaciones y aquello que ya no podía hacer por las mismas limitaciones y descubrió que... lo que podía hacer era mucho más de lo que hacía incluso cuando estaba sin el cáncer: encontrarle un sentido a su existencia gracias a la enorme sensibilidad que había desarrollado dentro las circunstancias que la vida le había deparado.

El final de la historia de Juan todavía no se puede escribir, el final de su historia no viene al caso en este momento, porque él menos que nadie todavía no piensa en ese final, no le interesa, está mucho más centrado en el "presente" que la vida le regala a cada momento, a cada paso, con cada persona.

Solamente queda una pregunta por hacernos: ¿Qué es más importante, lo que nos pasa o la actitud que tomamos frente a eso que nos pasa?

* El autor es catedrático en la Universidad Iberoamericana Puebla y en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP). Consultor en empresas como BBVA Bancomer, ThyssenKrup, Federal Mogul, Holcim Apasco, Grupo Lamitec, entre otras, en donde ha integrado equipos de alto desempeño e impartido seminarios de formación a nivel gerencial y mandos medios.

viernes, 18 de mayo de 2018

La actitud frente al sufrimiento, Primera Parte

No es la carga la que nos vence (...), sino el modo en que la llevamos.
Fabry, 1977


Por Enrique López Albores *

Existen dos tipos de situaciones o acontecimientos en la vida: las que sí podemos cambiar (modificables) y las que no podemos cambiar (no modificables).

No puedo dar en este momento un porcentaje exacto de todas aquellas situaciones modificables, pero sí puedo traer a cuento varios ejemplos o casos que las ejemplifiquen, entre ellos encontramos a los sistemas políticos y económicos, los sistemas familiares, las normas que rigen una sociedad, las costumbres que se practican, algunas enfermedades atendidas a tiempo, mis relaciones interpersonales, un trabajo, etc.

Aunado a las situaciones modificables que he mencionado y un sin número de ellas que he omitido se encuentran también las situaciones no modificables. Ejemplos de estas situaciones son una enfermedad incurable, la muerte y el dolor.

Frente o en las situaciones modificables existen dos actitudes que podemos tomar, una sana y otra insana. La actitud sana en una situación modificable es hacer todo lo que esté en nuestras manos para cambiarlo, es poner en marcha todas aquellas actividades que podemos y “debemos” realizar para cambiar dicha situación.

La actitud insana en una situación modificable es dejar de hacer lo que está en nuestras manos para cambiar dicha situación, es esperar que “de puro milagro” las cosas cambien, que mejoren o que simplemente desaparezcan. Esta actitud podemos calificarla de pasividad destructiva porque dejamos de hacer aquello que “debemos” hacer para colaborar en la transformación de la situación modificable.

Los ejemplos usted mismo puede encontrarlos. Las situaciones modificables con que nos enfrentamos a cada día y van desde lo micro hasta lo macro. Desde situaciones que podemos cambiar en nuestra propia persona, en nuestra pareja, en la relación con nuestros hijos, nuestros compañeros de trabajo, hasta situaciones que tienen que ver con cuestiones estructurales de gobierno, de economía nacional e internacional.

Si existe la idea de que las cosas y decisiones nacionales e internacionales no nos competen, es justamente porque a alguien le conviene que creamos eso y vivamos así, enajenados de nuestra responsabilidad personal y social.

Basta revisar la historia universal, la historia de nuestro país, las decisiones políticas que últimamente hemos venido tomando como nación en diversos ámbitos de nuestra vida nacional. La historia es una serie de cambios y transformaciones llevadas por la voluntad y la acción de personas tan concretas y de carne y hueso como usted y yo.

Ahora bien, abordemos las situaciones no modificables, frente a éstas o en estas situaciones también existen dos actitudes que podemos adoptar, una insana y otra sana. Abordemos primero la actitud insana para dejar cancha a la actitud sana que nos interesa más.

La actitud insana es no aceptar la situación tal como es, es negarla, es querer cambiarla y hacer todo para que esa situación deje de existir o para dejar de sentirla. Es obstinarse en lo absurdo, es insistir en lo inevitable, es querer tapar el sol con un dedo o detener el cause de los ríos. Es desear que el tiempo vuelva para recuperar salud, belleza, juventud. En este sentido, cuando nos obstinamos en CAMBIAR algo que NO SE PUEDE MODIFICAR, estamos distrayéndonos para no MODIFICAR lo que sí podemos modificar y que nos traería mayor salud en todos los aspectos de nuestra vida.

La actitud sana en una situación no modificable se caracteriza por la aceptación “pasiva” de la situación existente. La única transformación que en este caso se realiza es justamente el cambio de actitud. Alguien ha mencionado en una ocasión, haciendo la diferencia entre dolor y sufrimiento, que el dolor es inevitable y el sufrimiento es opcional, significando con esto al sufrimiento como la actitud que tomemos frente a eso que es doloroso.

En palabras de Joseph Fabry (1977) podemos afirmar que el sufrimiento en sí mismo carece de sentido, pero una persona puede adoptar actitudes significativas respecto a hechos que en sí mismos carecen de sentido y además el sufrimiento puede tener sentido, si nos cambia y nos mejora.

V. E. Frankl (1995) afirma que: “Cuando uno se enfrenta con una situación inevitable, insoslayable, siempre que uno tiene que enfrentarse a un destino que es imposible cambiar, por ejemplo, una enfermedad incurable, un cáncer que no puede operarse, precisamente entonces se le presenta la oportunidad de realizar el valor supremo, de cumplir el sentido más profundo, cuál es el del sufrimiento. Porque lo que más importa de todo es la actitud que tomemos hacia el sufrimiento, nuestra actitud al cargar con ese sufrimiento.”

Ahora bien, el mismo Frankl, en la obra ya citada, se anota la siguiente aclaración en relación al sentido del sufrimiento y dice que: “El sufrimiento no significará nada a menos que sea absolutamente necesario; por ejemplo, el paciente no tiene por qué soportar, como si llevara una cruz, el cáncer que puede combatirse con una operación; en tal caso sería masoquismo, no heroísmo.”

Encontrar el sentido de la vida es ya uno de los desafíos más grandes de la existencia humana, hacerlo en el sufrimiento lo es aún más.

La actitud, regida muchas veces por nuestros pensamientos y la lectura que damos de la vida y lo que nos acontece, determina en gran manera la forma como vivamos las situaciones más difíciles que de una o de otra manera tenemos que enfrentar a lo largo de nuestra vida.

Ahora que hemos diferenciado a lo largo de este escrito los tipos de situaciones (modificables y no modificables) a las que nos enfrentamos y los tipos de actitudes (sanas e insanas) que podemos tomar en dichas situaciones lo único que nos queda es el reto de aprender a conocer la diferencia para invertir energías en aquello que podemos y estamos llamados a modificar y no quemarnos o desgastarnos en querer cambiar aquello que de suyo es no modificable.

Para finalizar les comparto la oración tan famosa de la serenidad: Señor, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; el valor, para cambiar las que sí puedo; y la sabiduría, para conocer la diferencia.

* El autor es catedrático en la Universidad Iberoamericana Puebla y en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP). Consultor en empresas como BBVA Bancomer, ThyssenKrup, Federal Mogul, Holcim Apasco, Grupo Lamitec, entre otras, en donde ha integrado equipos de alto desempeño e impartido seminarios de formación a nivel gerencial y mandos medios.

jueves, 10 de mayo de 2018

Madre... y padre al mismo tiempo

Muchas madres solteras piensan que por el hecho de haberse entregado a un hombre ya no valen nada y que ningún hombre valioso las tomará en cuenta. ¡No pienses de ese modo! Es mucho tu valor al enfrentar la vida y la educación de tus hijos.


Rosalía
Es una joven de 17 años, la mayor de seis hermanos; entusiasta, alegre, dispuesta siempre a divertirse y pasarla bien.

La familia de Rosalía no es amante de las fiestas juveniles, de los antros, le daban pocos permisos y la responsabilizaban siempre del cuidado de la casa y de sus hermanos más pequeños. Era como un ave encerrada en una jaula. Pocas veces o ninguna, la mamá dialogaba con ella y la orientaba a ver la vida como es.

Un día, Rosalía conoció a un muchacho simpático, dicharachero, con el que podía conversar de intereses juveniles; se comprendían y era dichosa en su compañía. Tres meses trascurrieron felices.

El joven la visitaba en la casa, hablaba con los padres, jugaba con los pequeños, se mostraba encantador, ni ella ni la familia se interesaron por la procedencia, costumbres o creencias del muchacho. Las relaciones siguieron adelante, pero cuatro meses más tarde desapareció como el humo.

¿Dónde y cuándo sucedió? Para qué dar detalles. Rosalía tenía dos meses de embarazo, vivía con angustia y desesperación. Su mamá le gritó, le pegó, se lo comunicó a su esposo: “¡Cómo! Yo la he educado bien y le he dado todo lo que necesitaba... ¡No quiero volver a verla!, que se vaya de casa con quien tanto la quiere, la familia no sufrirá tal deshonra”, alega el papá de Rosalía.

De nada valieron las lágrimas ni las súplicas de madre e hija, fue expulsada del hogar, se refugió por unos días con una amiga, después con una tía, consiguió un mal trabajo, dio a luz con mil dificultades y ahora vive en un cuarto con otra joven en las mismas circunstancias… Sufre, vende lo que puede y lucha por mantener a su hijo de seis meses…


Lucila
Es secretaria en una importante empresa, tiene buen sueldo. Sus padres estaban separados hacía años, vivía con la mamá y dos hermanos, pero su casa parecía más hotel que hogar. Llevaba dos años en el mismo empleo. Un jefe la sedujo, le cantó su amor inmenso, le ofreció la luna, le regalaba con frecuencia flores, dulces, peluches... Era todo un caballero hasta que conquistó su voluntad. Le puso un departamento y aunque la mamá no quería que se fuera con él, ella insistió en que quería vivir su vida y ser feliz como nunca lo había sido.

Tuvo una hija, fue rechazada por su pareja porque él quería que fuera niño... Comenzaron las peleas, las ausencias prolongadas, la restricción del dinero (ella dejó de trabajar), los celos, las dificultades. Ya no se soportaban.

Lucila averiguó sobre su pareja, cosa que no hizo a su debido tiempo. Él era casado, tenía tres hijas. Cuando ella se lo dijo, hubo gritos, humillaciones, golpes, amenazas...

Una mañana, cansada de aguantar y después de haber recibido una paliza, se fue a casa de su mamá que la recibió. Sí, entre lágrimas y abrazos. Ahora con el disgusto de sus dos hermanos, luchan madre e hija por sacar adelante a la niñita sin papá…


Yolanda
Es una adolescente de 14 años, se siente muy moderna, considera que sus padres son anticuados a sus 44 y 47 años. Todo lo que ellos hacen o dicen le parece que es del siglo pasado porque el mundo de hoy es distinto y ellos no comprenden nada. Sus padres pelean mucho y ella encuentra la felicidad fuera de casa; tiene muchas amigas y amigos que son a todo dar.

Un día, Yolanda desaparece de su casa. Se fue con el novio, un muchachito dos años mayor que ella. Dicen que se adoran, que ellos sí saben vivir. Ambos trabajan y ganan poco, pero dicen estar muy bien. La mamá de él, que los acogió en su casa, la trata bien, pero la felicidad no duró mucho. Vivieron 6 años juntos, tuvieron tres descendientes, pero las relaciones familiares se fueron debilitando.

La mamá se fue, cansanda de cuidar nietos, pues Yolanda salía a trabajar, ganaba poco y desatendía a los hijos. El muchacho era un irresponsable, se aficionó a la bebida, su sueldo no daba para mucho. Las groserías y las discusiones continuas, que llegaron hasta los golpes, hicieron imposible la convivencia.

Hoy, con sus 20 años y sus tres hijos, tomó sus escasas pertenencias y se fue a vivir a un cuarto alquilado donde lo pasa muy mal, le falta de todo, pero al menos tiene tranquilidad y la experiencia le ha enseñado muchas cosas...

La lista de casos podría continuar, variarían los detalles y pormenores, pero nos preguntamos ¿Por qué ocurren estas cosas? ¿Por qué en nuestra sociedad se dan tantos casos de madres solteras y cada vez de menor edad? ¿Por qué siempre se culpa a la mujer y nunca al hombre?

Hay un común denominador: En la mayoría de los casos van en busca del amor que llene su corazón porque carecen de él. En el hogar no han recibido todo el interés, atención y amor que necesitaban. Cuando alguien les promete el sol, la luna y las estrellas creen en sus mentiras y engaños. Se equivocan, sí, pero no juzguemos, dejemos eso a Dios. ¿Acaso no nos equivocamos todas las personas en diversos momentos de nuestra vida?


Mamás solteras
Muchas madres solteras piensan que por el hecho de haberse entregado a un hombre ya no valen nada y que ningún hombre valioso las tomará en cuenta. ¡No pienses de ese modo! Es mucho tu valor al enfrentar la vida y educar a tus hijos. Levanta los ojos, piensa en la grandeza de la maternidad, confía en Dios.

No sufran por la falta de un hombre, de un padre para sus hijos. Hay muchos hogares en los que hay padre y no por eso los hijos son felices. Procuren dar a sus hijos lo que quizá a ustedes faltó: amor, comprensión y buen ejemplo.


A los padres de familia
No culpen a sus hijas, no van remediar nada con regaños e incomprensiones, pero sí miremos un poco hacia atrás. La mayoría de los casos proceden de donde no se vive la armonía, el diálogo, el interés de unos por otros y más bien se vive una gran indiferencia.

La irresponsabilidad de los varones y la poca atención de las mamás las llevan a huir del hogar. Interesarse por los hijos no es sermonearles, prohibirles, castigarles y exigirles. Es amarles en verdad, hablar con ellos, darles buen ejemplo, dialogar y estar abiertos a la época del mundo que estamos viviendo; hay que educar su libertad en la responsabilidad.

Los hijos han de respirar en el hogar amor e interés por ellos, sin exceso de consentimiento que sería mal educarlos; comprender sus fracasos, impulsarlos y estimularlos al bien, acercarlos a Dios, practicar con ellos la devoción a María, infundir en ellos hábitos de respeto, de honradez, de trabajo, de esfuerzo, todo ello con el ejemplo y la palabra oportuna más que con la exigencia o la sanción.
Si en el hogar y en el matrimonio no se viven actitudes de generosidad, de ternura, de comprensión y sobre todo de perdón, no cosecharán buenos frutos en los hijos. Los gritos no educan y todos queremos huir de ellos pensando que nos va a ir mejor.


¿Y el deber de los hijos?
La felicidad no se encuentra en los antros; la felicidad hay que crearla y construirla con la propia vida sabiendo observar la vida feliz o infeliz de los demás. Si creen todo lo que dicen las telenovelas, si sus maestros son la vecinita de enfrente o el muchachito sabiondo que habla de todo y no hace nada, no les auguro un buen futuro.

domingo, 29 de abril de 2018

¿Qué valores sembramos en los ciudadanos del futuro?

Debemos contribuir productivamente a cultivar los valores cívicos, respetar y amar a la patria. Transmitir estos valores significa garantizar la seguridad y estabilidad de vida que las personas necesitan para desarrollarse. Cuando los valores cívicos están bien cimentados, nace la preocupación por ayudar a los demás, no sólo a nivel comunitario, sino como una extensión que traspasa las fronteras.


Estamos viviendo en una sociedad donde todo parece superado y donde, al parecer, los hombres han llegado al culmen de los pensamientos. Pero este culmen del que se jactan muchos individuos no es puro, porque dentro de él aún anidan sentimientos desafortunados que han conducido a la humanidad a desastres.

En el tiempo presente escuchamos palabras como nacionalismo, patriotismo, sentimientos tradicionalistas, etc. sin saber su significado y auténtico contenido. Estos resguardos, en cualquiera de sus circunstancias, encierran valores que corren el riesgo de ser llevados a la radicalidad: el honor, la soberanía, el arraigo a la propia tierra, el libre albedrío y pensamientos del ser humano, sin importar los medios para alcanzarlos.

Concepciones equívocas de patriotismo han provocado millones de muertos y esto es debido a que en el corazón humano permanece incrustada la fatalidad, el odio y la intolerancia, y sólo se ve la fuerza como único medio para imponer criterios. Quién podría imaginar que, ya en el siglo XXI, actitudes de la edad de las cavernas seguirían vivas y acrecentando su fuerza. Y por si fuera poco la conciencia histórica es escasa, con esa absurda idea del olvido que en nuestra sociedad ha penetrado profundamente.

Ante esta situación urge orientar la vida al verdadero Patriotismo que es el valor que nos hace vivir plenamente nuestro compromiso como ciudadanos y fomenta el respeto que debemos a nuestra nación, por él se cultiva el respeto y amor que debemos a la patria. Este valor se manifiesta mediante nuestro trabajo honesto y la contribución personal al bienestar común. Tal vez para muchos, el ser patriota consiste en el orgullo de haber nacido en un país rico en recursos o de gran tradición cultural; para otros significa portar los colores nacionales en un evento deportivo o en el viaje al extranjero; algunos más sólo sienten pertenecer a su país en la fecha de una celebración nacional y sólo como pretexto para organizar fiesta y algarabía.

El amor a la patria no debe ser un sentimiento ocasional, sino el compromiso permanente consecuencia de haber nacido en un país y la responsabilidad que se desprende de este hecho. De la misma manera, amar a la patria se traduce en actitudes ciudadanas de entrega y trabajo gustoso por los demás que conduzcan al crecimiento intelectual, económico, moral, cultural, social y de seguridad. La construcción del país sólo se logra con el esfuerzo y trabajo personal, sumado al de todos los compatriotas.

Debemos contribuir productivamente a cultivar los valores cívicos, respetar y amar a la patria. Transmitir estos valores significa garantizar la seguridad y estabilidad de vida que las personas necesitan para desarrollarse. Cuando los valores cívicos están bien cimentados, nace la preocupación por ayudar a los demás, no sólo a nivel comunitario, sino como una extensión que traspasa las fronteras.

El patriotismo se transmite, si los padres de familia son ciudadanos conscientes y responsables de su trabajo, conducta, modales, respeto a las normas y costumbres, estarán formando futuros ciudadanos que no dejarán que el país se hunda o resquebraje. El problema de enseñar los valores cívicos en la escuela, es que fuera del aula los estudiantes no cuentan con el ejemplo y respaldo debido por parte de los adultos, entrando en un ciclo de indiferencia y rechazo hacía los símbolos patrios y todos los actos de la misma índole.

Amar a la patria es querer y fomentar todo lo bueno y positivo que contribuye a la construcción de una nación firme y solidaria. La defensa de nuestros símbolos es algo vital, son la herencia a los que disfrutarán la patria que ahora construimos, y que ellos tendrán que transmitir a la generación precedente. No esperemos que las cosas cambien por sí mismas.

miércoles, 4 de abril de 2018

El católico y la política

Dejarse acobardar por voces inmaduras que han pretendido y pretenden apoderarse del ejercicio de la política como quehacer exclusivo de unos cuantos, haciendo de esta noble tarea un coto cerrado y una industria sin chimeneas de oportunistas, es renunciar a la propia significación como hombres y cristianos.


Por Pbro. Lic. Rogelio Montenegro Quiroz *

El encabezado del artículo podría sorprender a muchos y cuestionar a otros. Podrían surgir preguntas o empezar a gestarse en la intimidad de nuestros lectores:

¿Qué no había tantos temas de la cosmovisión cristiana que podrían ocupar este espacio y la atención del autor de esta columna? ¿No parece sospechoso que un sacerdote se empiece a ocupar de la política cuando habría tantas lecciones de catequesis cristiana que enfocar en un mundo sin Evangelio como el nuestro? ¿Por qué las Iglesias y sectas de hermanos separados no se ocupan de escribir estos renglones u otros parecidos? ¿Es compaginable la piedad sincera con las manifestaciones populares y políticas de protesta? ¿Es legítimo salir de los atrios del santuario para encarar las realidades temporales que les atañen a otros?

Muchas de estas interrogantes son formularios de la estructura digestiva de un cristianismo seguro de sí mismo de las décadas pasadas; muchas de ellas acusan también la influencia de las herencias liberales de la centuria pasada. Muchos de nuestros mayores se dejaron intimar por estas voces envolviéndose entre los inciensos de un cristianismo de puertas adentro.

Pero hoy, hay otros pareceres que proviniendo de ángulos distintos cuestionan la placidez burguesa de un cristianismo no comprometido con los aconteceres, dolencias y avatares de la historia de nuestro pueblo, que se va entretejiendo diariamente con lamentos y plegarias. A veces nuestros medios televisivos en sus programaciones, con finura de un pincel imperceptible, presentan personajes de Iglesia con el atuendo y la mímica de actores vacíos, despistados de la realidad. Son críticas entre líneas irónicas y destructivas de un pasado que no quisiéramos ver que se repita, pero para las almas menos avezadas que no advierten metalenguajes y asimilan las figuras tal vez con nostalgia, es bueno advertir que muchos de esos personajes nacieron del desprecio de algunas plumas superficiales que no supieron aquilatar tiempos ni distancias.

También hay que decir que, desde el siglo XIX, dentro de la misma comunidad eclesial, vienen apareciendo doctrinas que se ocupan de explicarle al cristiano desde la Sede de Pedro y en otras muchas sedes episcopales las verdaderas actitudes frente a la comunidad y sus necesidades. Desde el año de 1891, con la Encíclica Rerum Novarum de León XIII, nace una preocupación, diríamos una moda papal continua de hacer presente el pensamiento de la Iglesia en medio de un mundo cuya cultura, si bien parte de una concepción occidental cristiana, parece a veces marcar otros pasos y otros ritmos en sus diversos desplazamientos macrosociales y económicos. Pío XI, Juan XXIII, Paulo VI y Juan Pablo II, a lo largo de nueve décadas, han producido otros tantos documentos directrices importantes, cuyos contenidos podríamos resumir así: la Cuestión Obrera, Sociedad Industrial y Producción, Desigualdades existentes entre los distintos sectores económicos, Llamado a construir la Paz, el Desarrollo Integral del Hombre, Dimensión Política de la Existencia y del Compromiso Cristiano, Revisión Profunda del Sentido del Trabajo, Actualización y Profundización de la Noción de Desarrollo, etc.

Es imposible dejar que se pierda entre las hemerotecas de los grandes diarios la voz pastoral de los Pontífices sin hacerle eco en cada página de nuestro tiempo, en un país como el nuestro, en donde se entrecruzan las ideologías y se pasan los sexenios sin que haya una participación popular sólida en el proceso de un proyecto que nos involucre a todos como cristianos, como seres humanos y miembros conscientes de nuestra propia sociedad nacional y regional.

Además, cada cristiano sabe que ha heredado una ideología y una experiencia milenaria sobre actitudes muy claras de parte de Dios y sus profetas. La hazaña del Éxodo es un gran leccionario sobre la misericordia de Yahvé y sus actitudes frente a los derechos, dignidad y libertad humanas. Es una lección práctica y paradigmática que convoca lo más hondo del hombre para luchar y vivir los amplios panoramas de la justicia social y comprometerse con una visión del mundo que involucra todo el tinglado de lo humano.

Voces como las de Amós, Jeremías, Isaías, tal vez pérdidas para la conciencia de sus contemporáneos, son parte del bagaje existencial de quienes al vivir su fe y su relación con el Dios veterotestamentario, defendieron con vehemencia la situación del pobre y explotado como parte de una tarea que ellos sintieron fundamental en la búsqueda de una coherencia de su piedad, que no podía expresarse en la plegaria, sin envolver una súplica y una actividad práctica en relación con el hermano en inferiores situaciones sociales.

“Misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos” (Oseas, 6,6), no sólo es una frase de lucha sino un profundo intento por compaginar los inciensos de las víctimas del templo con una conducta diaria que armonizara plegaria y acción y conjuntar todas las líneas relacionales del ser humano para entonar un arpegio gozoso con todas las cuerdas de los instrumentos del tiempo. Permanecer al margen de la vida y sus múltiples incidencias sería huir de la parcela donde Dios nos ha ubicado y dentro de la cual quiere que florezcamos creando cielos nuevos y tierras nuevas para la esperanza primaveral de todos los creyentes.

Si a través de los Evangelios reconstruimos las actitudes de Jesús frente a la problemática social y vamos recogiendo sus palabras, haríamos un gran florilegio que los cristianos serios no podrían olvidar en sus diversos momentos de meditación y recomposición de sus propias vidas en el seguimiento del Maestro. Los niños, las mujeres, las viudas, los huérfanos, los extranjeros, los publicanos, las prostitutas, los enfermos y los pobres, forman parte del tejido social de los tiempos de Jesús, y ante ellos se gastó sus mejores gestos, palabras y acciones diarias para abrir brechas a la esperanza de un mundo más humano visto desde la ternura de Dios, que es padre y pretende fundar un Reino de Justicia y de Paz, de verdad, amor y misericordia.

Un verdadero seguidor del Rabí Galileo no puede eludir esta enorme tarea de seguir evangelizando, de seguir haciendo eco de las palabras y acciones de quien, resucitado, sigue capitaneando, erguido y juvenil, desde las bridas de su caballo blanco las huestes de la historia, empujando cada día hacia su convergencia final a cada hombre para llevarlo al encuentro en las cumbres con Dios-Amor.

Otra de las grandes herencias que con el bautismo asume un cristiano, son las mismas vivencias de los primitivos seguidores de Jesús, bellamente narradas por san Lucas en su Libro de los Hechos de los Apóstoles. La comunidad de los creyentes y precisamente porque creían en Jesús muerto y resucitado y porque se sentían hermanos en la fe y en el bautismo, compartían no solamente las oraciones y el pan eucarístico por las casas, sino que creando una verdadera fraternidad, compartían también los bienes, de tal manera que no tenían indigentes en sus grupos sino que apuraban hasta el fondo las consecuencias del común nacimiento en las aguas sacramentales, y como fruto patente e inmediato de su conversión, trazaban las líneas fundamentales de la familia de Dios conviviendo en una sola alma y un solo corazón.

Dentro del Nuevo Testamento ocupa un lugar especial el discurso de Santiago, abierto a todas las dimensiones de la existencia cristiana, apenas y sabemos o sospechamos la fecha de su redacción y las problemáticas concretas abordadas por su autor, pero sus dimensiones prácticas y morales son bien conocidas: La fe no puede ser una caricia interior, un éxtasis subjetivo, un aleteo íntimo y sin trascendencias, sino el ejercicio diario y bien circunstanciado en el tiempo y en el espacio de traducir los arrebatos interiores del alma en obras bien visibles que tengan destinatarios de carne y hueso en la cantera diaria de mi urdimbre social.

Por otra parte, los cristianos bien nacidos tenemos memoria de un pasado glorioso que fue entretejiendo sus programas doctrinales en la reflexión de los llamados Padres de la Iglesia de los siete primeros siglos. En Oriente y Occidente fueron apareciendo figuras que, por el vigor de sus raíces y la reciedumbre de sus seguridades, fueron iluminando sus propios contornos y se fueron constituyendo por los escritos y la santidad de vida, en padres espirituales de sus respectivas culturas y en faros conductores de todas las conciencias de los siglos posteriores. Estos sabios también marcaron rutas e impulsaron corazones a vivir la dimensión exacta y completa de la fe, interesando a muchos de sus contemporáneos a construir la ciudad de Dios en los mismos márgenes de la ciudad del hombre.

Crearon conciencia comunitaria en torno a las cosas de esta tierra y empujaron a no olvidar que hay tareas comunes a todo ciudadano por ser miembro de un país; tareas que son ineludibles para jalar la historia hacia delante y para crear un hábitat más digno donde nazcan, crezcan y se desarrollen todos los ciudadanos. Basilio y Agustín fueron pastores muy conscientes de estas dimensiones, de esta fe encarnada, de este caminar hacia los horizontes trascendentes de lo infinito, sin olvidar los lirios y las piedras del camino, a no fugarse de la realidad, sino asumirla y resolverla como reto diario a nuestra razón, a nuestra fe y a nuestra fantasía.

Dejarse acobardar por voces inmaduras que han pretendido y pretenden apoderarse del ejercicio de la política como quehacer exclusivo de unos cuantos, haciendo de esta noble tarea un coto cerrado y una industria sin chimeneas de oportunistas, es renunciar a la propia significación como hombres y cristianos, sobre todo cuando las comunidades primitivas y los mismos Padres de la Iglesia ya nos crearon patrones de comportamiento que con las aguas del bautismo hemos heredado.

La política es y debe ser un campo abierto para que todos los hombres conscientes de este mundo trabajen por la redención y bienestar de la raza humana.

* El autor es profesor del Seminario Palafoxiano de Puebla, Párroco del templo de Santa Rosa, Director del Instituto de Teología para Laicos Camino, Verdad y Vida. Conduce el programa de radio Buenas Noches Puebla los viernes a las 8 de la noche por la XEHR 1090 de A.M.