domingo, 29 de abril de 2018

¿Qué valores sembramos en los ciudadanos del futuro?

Debemos contribuir productivamente a cultivar los valores cívicos, respetar y amar a la patria. Transmitir estos valores significa garantizar la seguridad y estabilidad de vida que las personas necesitan para desarrollarse. Cuando los valores cívicos están bien cimentados, nace la preocupación por ayudar a los demás, no sólo a nivel comunitario, sino como una extensión que traspasa las fronteras.


Estamos viviendo en una sociedad donde todo parece superado y donde, al parecer, los hombres han llegado al culmen de los pensamientos. Pero este culmen del que se jactan muchos individuos no es puro, porque dentro de él aún anidan sentimientos desafortunados que han conducido a la humanidad a desastres.

En el tiempo presente escuchamos palabras como nacionalismo, patriotismo, sentimientos tradicionalistas, etc. sin saber su significado y auténtico contenido. Estos resguardos, en cualquiera de sus circunstancias, encierran valores que corren el riesgo de ser llevados a la radicalidad: el honor, la soberanía, el arraigo a la propia tierra, el libre albedrío y pensamientos del ser humano, sin importar los medios para alcanzarlos.

Concepciones equívocas de patriotismo han provocado millones de muertos y esto es debido a que en el corazón humano permanece incrustada la fatalidad, el odio y la intolerancia, y sólo se ve la fuerza como único medio para imponer criterios. Quién podría imaginar que, ya en el siglo XXI, actitudes de la edad de las cavernas seguirían vivas y acrecentando su fuerza. Y por si fuera poco la conciencia histórica es escasa, con esa absurda idea del olvido que en nuestra sociedad ha penetrado profundamente.

Ante esta situación urge orientar la vida al verdadero Patriotismo que es el valor que nos hace vivir plenamente nuestro compromiso como ciudadanos y fomenta el respeto que debemos a nuestra nación, por él se cultiva el respeto y amor que debemos a la patria. Este valor se manifiesta mediante nuestro trabajo honesto y la contribución personal al bienestar común. Tal vez para muchos, el ser patriota consiste en el orgullo de haber nacido en un país rico en recursos o de gran tradición cultural; para otros significa portar los colores nacionales en un evento deportivo o en el viaje al extranjero; algunos más sólo sienten pertenecer a su país en la fecha de una celebración nacional y sólo como pretexto para organizar fiesta y algarabía.

El amor a la patria no debe ser un sentimiento ocasional, sino el compromiso permanente consecuencia de haber nacido en un país y la responsabilidad que se desprende de este hecho. De la misma manera, amar a la patria se traduce en actitudes ciudadanas de entrega y trabajo gustoso por los demás que conduzcan al crecimiento intelectual, económico, moral, cultural, social y de seguridad. La construcción del país sólo se logra con el esfuerzo y trabajo personal, sumado al de todos los compatriotas.

Debemos contribuir productivamente a cultivar los valores cívicos, respetar y amar a la patria. Transmitir estos valores significa garantizar la seguridad y estabilidad de vida que las personas necesitan para desarrollarse. Cuando los valores cívicos están bien cimentados, nace la preocupación por ayudar a los demás, no sólo a nivel comunitario, sino como una extensión que traspasa las fronteras.

El patriotismo se transmite, si los padres de familia son ciudadanos conscientes y responsables de su trabajo, conducta, modales, respeto a las normas y costumbres, estarán formando futuros ciudadanos que no dejarán que el país se hunda o resquebraje. El problema de enseñar los valores cívicos en la escuela, es que fuera del aula los estudiantes no cuentan con el ejemplo y respaldo debido por parte de los adultos, entrando en un ciclo de indiferencia y rechazo hacía los símbolos patrios y todos los actos de la misma índole.

Amar a la patria es querer y fomentar todo lo bueno y positivo que contribuye a la construcción de una nación firme y solidaria. La defensa de nuestros símbolos es algo vital, son la herencia a los que disfrutarán la patria que ahora construimos, y que ellos tendrán que transmitir a la generación precedente. No esperemos que las cosas cambien por sí mismas.

miércoles, 4 de abril de 2018

El católico y la política

Dejarse acobardar por voces inmaduras que han pretendido y pretenden apoderarse del ejercicio de la política como quehacer exclusivo de unos cuantos, haciendo de esta noble tarea un coto cerrado y una industria sin chimeneas de oportunistas, es renunciar a la propia significación como hombres y cristianos.


Por Pbro. Lic. Rogelio Montenegro Quiroz *

El encabezado del artículo podría sorprender a muchos y cuestionar a otros. Podrían surgir preguntas o empezar a gestarse en la intimidad de nuestros lectores:

¿Qué no había tantos temas de la cosmovisión cristiana que podrían ocupar este espacio y la atención del autor de esta columna? ¿No parece sospechoso que un sacerdote se empiece a ocupar de la política cuando habría tantas lecciones de catequesis cristiana que enfocar en un mundo sin Evangelio como el nuestro? ¿Por qué las Iglesias y sectas de hermanos separados no se ocupan de escribir estos renglones u otros parecidos? ¿Es compaginable la piedad sincera con las manifestaciones populares y políticas de protesta? ¿Es legítimo salir de los atrios del santuario para encarar las realidades temporales que les atañen a otros?

Muchas de estas interrogantes son formularios de la estructura digestiva de un cristianismo seguro de sí mismo de las décadas pasadas; muchas de ellas acusan también la influencia de las herencias liberales de la centuria pasada. Muchos de nuestros mayores se dejaron intimar por estas voces envolviéndose entre los inciensos de un cristianismo de puertas adentro.

Pero hoy, hay otros pareceres que proviniendo de ángulos distintos cuestionan la placidez burguesa de un cristianismo no comprometido con los aconteceres, dolencias y avatares de la historia de nuestro pueblo, que se va entretejiendo diariamente con lamentos y plegarias. A veces nuestros medios televisivos en sus programaciones, con finura de un pincel imperceptible, presentan personajes de Iglesia con el atuendo y la mímica de actores vacíos, despistados de la realidad. Son críticas entre líneas irónicas y destructivas de un pasado que no quisiéramos ver que se repita, pero para las almas menos avezadas que no advierten metalenguajes y asimilan las figuras tal vez con nostalgia, es bueno advertir que muchos de esos personajes nacieron del desprecio de algunas plumas superficiales que no supieron aquilatar tiempos ni distancias.

También hay que decir que, desde el siglo XIX, dentro de la misma comunidad eclesial, vienen apareciendo doctrinas que se ocupan de explicarle al cristiano desde la Sede de Pedro y en otras muchas sedes episcopales las verdaderas actitudes frente a la comunidad y sus necesidades. Desde el año de 1891, con la Encíclica Rerum Novarum de León XIII, nace una preocupación, diríamos una moda papal continua de hacer presente el pensamiento de la Iglesia en medio de un mundo cuya cultura, si bien parte de una concepción occidental cristiana, parece a veces marcar otros pasos y otros ritmos en sus diversos desplazamientos macrosociales y económicos. Pío XI, Juan XXIII, Paulo VI y Juan Pablo II, a lo largo de nueve décadas, han producido otros tantos documentos directrices importantes, cuyos contenidos podríamos resumir así: la Cuestión Obrera, Sociedad Industrial y Producción, Desigualdades existentes entre los distintos sectores económicos, Llamado a construir la Paz, el Desarrollo Integral del Hombre, Dimensión Política de la Existencia y del Compromiso Cristiano, Revisión Profunda del Sentido del Trabajo, Actualización y Profundización de la Noción de Desarrollo, etc.

Es imposible dejar que se pierda entre las hemerotecas de los grandes diarios la voz pastoral de los Pontífices sin hacerle eco en cada página de nuestro tiempo, en un país como el nuestro, en donde se entrecruzan las ideologías y se pasan los sexenios sin que haya una participación popular sólida en el proceso de un proyecto que nos involucre a todos como cristianos, como seres humanos y miembros conscientes de nuestra propia sociedad nacional y regional.

Además, cada cristiano sabe que ha heredado una ideología y una experiencia milenaria sobre actitudes muy claras de parte de Dios y sus profetas. La hazaña del Éxodo es un gran leccionario sobre la misericordia de Yahvé y sus actitudes frente a los derechos, dignidad y libertad humanas. Es una lección práctica y paradigmática que convoca lo más hondo del hombre para luchar y vivir los amplios panoramas de la justicia social y comprometerse con una visión del mundo que involucra todo el tinglado de lo humano.

Voces como las de Amós, Jeremías, Isaías, tal vez pérdidas para la conciencia de sus contemporáneos, son parte del bagaje existencial de quienes al vivir su fe y su relación con el Dios veterotestamentario, defendieron con vehemencia la situación del pobre y explotado como parte de una tarea que ellos sintieron fundamental en la búsqueda de una coherencia de su piedad, que no podía expresarse en la plegaria, sin envolver una súplica y una actividad práctica en relación con el hermano en inferiores situaciones sociales.

“Misericordia quiero y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos” (Oseas, 6,6), no sólo es una frase de lucha sino un profundo intento por compaginar los inciensos de las víctimas del templo con una conducta diaria que armonizara plegaria y acción y conjuntar todas las líneas relacionales del ser humano para entonar un arpegio gozoso con todas las cuerdas de los instrumentos del tiempo. Permanecer al margen de la vida y sus múltiples incidencias sería huir de la parcela donde Dios nos ha ubicado y dentro de la cual quiere que florezcamos creando cielos nuevos y tierras nuevas para la esperanza primaveral de todos los creyentes.

Si a través de los Evangelios reconstruimos las actitudes de Jesús frente a la problemática social y vamos recogiendo sus palabras, haríamos un gran florilegio que los cristianos serios no podrían olvidar en sus diversos momentos de meditación y recomposición de sus propias vidas en el seguimiento del Maestro. Los niños, las mujeres, las viudas, los huérfanos, los extranjeros, los publicanos, las prostitutas, los enfermos y los pobres, forman parte del tejido social de los tiempos de Jesús, y ante ellos se gastó sus mejores gestos, palabras y acciones diarias para abrir brechas a la esperanza de un mundo más humano visto desde la ternura de Dios, que es padre y pretende fundar un Reino de Justicia y de Paz, de verdad, amor y misericordia.

Un verdadero seguidor del Rabí Galileo no puede eludir esta enorme tarea de seguir evangelizando, de seguir haciendo eco de las palabras y acciones de quien, resucitado, sigue capitaneando, erguido y juvenil, desde las bridas de su caballo blanco las huestes de la historia, empujando cada día hacia su convergencia final a cada hombre para llevarlo al encuentro en las cumbres con Dios-Amor.

Otra de las grandes herencias que con el bautismo asume un cristiano, son las mismas vivencias de los primitivos seguidores de Jesús, bellamente narradas por san Lucas en su Libro de los Hechos de los Apóstoles. La comunidad de los creyentes y precisamente porque creían en Jesús muerto y resucitado y porque se sentían hermanos en la fe y en el bautismo, compartían no solamente las oraciones y el pan eucarístico por las casas, sino que creando una verdadera fraternidad, compartían también los bienes, de tal manera que no tenían indigentes en sus grupos sino que apuraban hasta el fondo las consecuencias del común nacimiento en las aguas sacramentales, y como fruto patente e inmediato de su conversión, trazaban las líneas fundamentales de la familia de Dios conviviendo en una sola alma y un solo corazón.

Dentro del Nuevo Testamento ocupa un lugar especial el discurso de Santiago, abierto a todas las dimensiones de la existencia cristiana, apenas y sabemos o sospechamos la fecha de su redacción y las problemáticas concretas abordadas por su autor, pero sus dimensiones prácticas y morales son bien conocidas: La fe no puede ser una caricia interior, un éxtasis subjetivo, un aleteo íntimo y sin trascendencias, sino el ejercicio diario y bien circunstanciado en el tiempo y en el espacio de traducir los arrebatos interiores del alma en obras bien visibles que tengan destinatarios de carne y hueso en la cantera diaria de mi urdimbre social.

Por otra parte, los cristianos bien nacidos tenemos memoria de un pasado glorioso que fue entretejiendo sus programas doctrinales en la reflexión de los llamados Padres de la Iglesia de los siete primeros siglos. En Oriente y Occidente fueron apareciendo figuras que, por el vigor de sus raíces y la reciedumbre de sus seguridades, fueron iluminando sus propios contornos y se fueron constituyendo por los escritos y la santidad de vida, en padres espirituales de sus respectivas culturas y en faros conductores de todas las conciencias de los siglos posteriores. Estos sabios también marcaron rutas e impulsaron corazones a vivir la dimensión exacta y completa de la fe, interesando a muchos de sus contemporáneos a construir la ciudad de Dios en los mismos márgenes de la ciudad del hombre.

Crearon conciencia comunitaria en torno a las cosas de esta tierra y empujaron a no olvidar que hay tareas comunes a todo ciudadano por ser miembro de un país; tareas que son ineludibles para jalar la historia hacia delante y para crear un hábitat más digno donde nazcan, crezcan y se desarrollen todos los ciudadanos. Basilio y Agustín fueron pastores muy conscientes de estas dimensiones, de esta fe encarnada, de este caminar hacia los horizontes trascendentes de lo infinito, sin olvidar los lirios y las piedras del camino, a no fugarse de la realidad, sino asumirla y resolverla como reto diario a nuestra razón, a nuestra fe y a nuestra fantasía.

Dejarse acobardar por voces inmaduras que han pretendido y pretenden apoderarse del ejercicio de la política como quehacer exclusivo de unos cuantos, haciendo de esta noble tarea un coto cerrado y una industria sin chimeneas de oportunistas, es renunciar a la propia significación como hombres y cristianos, sobre todo cuando las comunidades primitivas y los mismos Padres de la Iglesia ya nos crearon patrones de comportamiento que con las aguas del bautismo hemos heredado.

La política es y debe ser un campo abierto para que todos los hombres conscientes de este mundo trabajen por la redención y bienestar de la raza humana.

* El autor es profesor del Seminario Palafoxiano de Puebla, Párroco del templo de Santa Rosa, Director del Instituto de Teología para Laicos Camino, Verdad y Vida. Conduce el programa de radio Buenas Noches Puebla los viernes a las 8 de la noche por la XEHR 1090 de A.M.

lunes, 26 de marzo de 2018

Eternamente Mujer

“...ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumpla en plenitud, la hora en que la mujer adquiera en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del Espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga”.
Juan Pablo II, encíclica Mulieris dignitatem.


El 4 de marzo se celebró el día de la familia, el 8 el día de la mujer y el 25 el día de la vida, tres celebraciones íntimamente ligadas a “ser mujer”.

En el momento histórico que estamos viviendo es vital la participación de la mujer en todos los ámbitos, y efectivamente, vemos que es capaz de realizar cualquier actividad y hacerlo muy bien. Podríamos enumerar a muchas mujeres que han destacado en la política, en la ciencia, en la economía, en la educación y en muchos otros campos. Sin embargo, es frecuente escuchar dos posturas divergentes, pero que convergen en un punto: la insatisfacción.

Por una parte, tenemos a la mujer que trabaja fuera de casa, orgullosa de sí misma, intentando proyectar éxito como mamá, esposa y profesionista. Sin embargo, está estresada, se empeña en hacerlo todo bien y, a pesar de todo su esfuerzo, en el fondo de su corazón se siente culpable de no estar con sus hijos y su esposo el tiempo suficiente, por alcanzar su realización personal a costa de su familia. Ante los demás siempre trata de justificarse, argumentando las necesidades materiales de la familia y que el tiempo que le brinda es de calidad.

Por otro lado, la mujer que teniendo una profesión no trabaja y permanece en el hogar, finge estar feliz, pues su renuncia es “por el bien de su familia”, pero internamente mantiene un sentimiento de frustración, pues siente que no se realiza por culpa de sus hijos; y aunque alaba a la que trabaja, interiormente también la crítica pues considera que tiene abandonados a sus críos; y lo peor es que ella también siente que a veces los deja por dar prioridad a otras actividades.

Si tratamos de buscar responsables de este dilema, diríamos que son los hombres, pues han accedido a tratar a las mujeres como “hombre”, olvidándose de que funciona diferente a ellos. El hombre, aunque en su vida desempeña varios roles es uni-canal, su cerebro está programado para pensar en una sola cosa a la vez, cuando está en su trabajo se concentra en él, cuando está en casa procura no hablar del trabajo etc. Dios dotó a la mujer de un cerebro multicanal, por eso no es de extrañar que al mismo tiempo que prepara una junta, da indicaciones acerca de la comida, pide le lleven la ropa a la tintorería, habla al esposo para recordarle algún pendiente, etc.


¿Cómo llegamos a esta situación?

A principios del siglo XVIII imperaba un modelo de familia extensa, donde el varón trabajaba en el campo y la mujer, regía y administraba el hogar, educaba a los hijos, además de colaborar en actividades del campo o el comercio. En torno a ella giraba la vida de “todos”: ella organizaba, implantaba costumbres, mantenía las tradiciones; representaba roles de madre, esposa, ama de casa y trabajadora de una manera natural. Nadie se escandalizaba de saber que la esposa salía a atender el puesto familiar, a ver un enfermo, a trabajar en el campo o en la granja, sólo se quedaban en casa las mujeres enfermas o minusválidas. La mujer siempre había trabajado como “mujer” no como hombre.

Con la revolución industrial, el varón marcha a las fábricas, quedando la mujer en casa atendiendo a los niños y ancianos. Los hombres deciden que ellos se dedicarán a las tres actividades sociales hegemónicas: Estado, ciencia y economía, y la mujer a su hogar; enfrentándose a un problema que antes no existía: “Maternidad sí – trabajo no”. Como consecuencia de esto, la institución familiar va perdiendo su interdependencia evolucionando hacia la separación entre la vida del hogar y los negocios, lo que lleva paulatinamente a la ruptura de la unidad familiar, quedando muchas veces desprotegidos la mujer y los hijos.

La decisión de excluir a la mujer de ciertos ámbitos y relegarla solo a su hogar significó una pérdida muy importante para todos, especialmente para la propia identidad de la mujer que está llamada a darse no sólo a sus hijos y a su esposo, sino también a la sociedad. La mujer de hoy y de siempre está convencida de poder atender hijos, esposo y casa, teniendo, además, tiempo y capacidad para amar a los demás.

El movimiento feminista ha luchado para que a la mujer se le considere su capacidad para desempeñarse en ámbitos fuera del hogar y eso es válido, el gran error está en que, en lugar de pedir sus derechos de mujer como mujer, se ha pedido que se le integre al mundo laboral con condiciones iguales a las del varón. Estas reglas del juego (horario fijo, jornadas extras, competencia dentro del trabajo) la llevan a condiciones imposibles de cumplir sin descuidar sus otros roles... Ésta es la causa de que la mujer esté metida en grandes problemas, pues nunca podrá trabajar como un hombre.

La mujer debe trabajar como mujer y el hombre como hombre. Ciertamente ella es capaz de cubrir cualquier puesto y cumplir, tal vez, mejor que cualquier hombre, pues naturalmente está llamada a la entrega incondicional, con una fortaleza que involucra todo su ser, pero tendrá que hacerlo en su estilo femenino, sin abandonar su parte de esposa y madre.

Las condiciones iguales a las del varón e incompatibles con sus roles de esposa y madre han enfrentado a la mujer al dilema “trabajo sí – maternidad no”.

El corazón de la mujer está hecho para darse, para entregarse a los demás, para enriquecer y ayudar al mundo. Si se distorsiona el mensaje, se la lleva a acciones nacidas del egoísmo, totalmente contrarias al amor, perdiendo su identidad, llevándola a la soledad, a la depresión, a la frustración constante y a considerar a los hijos como “enemigos y obstáculos para su autorrealización”.

Hoy más que nunca el mundo necesita de la participación de la mujer, es injusto que los dones con que ha sido colmada se queden guardados; la que ha estudiado, la que tiene una profesión, la que sabe idiomas, la que tiene un gran corazón para entregarlo a los demás, no puede esconderse, llenando su tiempo en gimnasios, cafecitos, centros comerciales o salones de belleza.

Si mamá trabaja sólo por buscar su propia satisfacción, los hijos se darán cuenta de sus intenciones egoístas, en cambio, admirarán y valorarán a la que los deja un rato para hacer el bien a un mundo urgido de su ternura y saber.

viernes, 2 de marzo de 2018

Familia, cambios y decisiones responsables

Las decisiones que cada familia tome ya no son dictadas por nadie, ya no por la tradición, ya no por mandatos externos, ya no por un solo miembro de la familia, ya no por los abuelos, ya no por nadie que no sean los mismos integrantes del sistema familiar...


Por Enrique López Albores *

Carmen y Antonio son una pareja de recién casados, tienen solamente dos años viviendo juntos. Ella es abogada de formación, su mayor ilusión ha sido siempre desempeñar un cargo público además de litigar en su propio despacho. Él es arquitecto, estudió, al igual que ella, en una universidad prestigiada y con muchos esfuerzos se está consolidando profesionalmente. Actualmente están esperando un bebé, se encuentran en el octavo mes de embarazo y pronto serán tres.

Viven lejos de la familia de ella, pero en la misma ciudad de la familia de él. Ella, hasta antes de su embarazo estaba litigando en un despacho de la ciudad y estaba a punto de formar parte de un equipo de trabajo con aspiraciones políticas, proyectos que, muy a su pesar según sus propias palabras, pospuso debido a su embarazo. Él está, junto con otros socios, constituyendo un despacho de diseño y arquitectura, además de que da clases en la universidad de donde egresó.

Esta pareja se encuentra en una situación singular nada desconocida por muchos, ambos quieren seguir trabajando y también quieren tener otro hijo además del que esperan, pero se plantean los siguientes cuestionamientos: ¿Quién se hará cargo del bebé en camino y del próximo que tienen programado? ¿Los inscribirán en una guardería? ¿Se los dejarán a la abuela paterna? ¿Alguno de los dos se hará cargo de los bebés? ¿Por cuánto tiempo? ¿Quién se hará cargo de los quehaceres del hogar ahora que serán más? ¿Quién llevará a los niños a la escuela cuando éstos crezcan? ¿Qué decisión es la mejor?

Carmen y Antonio están convencidos de que la cercanía con sus hijos es recomendable y también están convencidos de que quieren desarrollarse y progresar profesionalmente. Son conscientes además de que, al menos en nuestro contexto actual, cuatro años fuera del ejercicio profesional pone “fuera de circulación” al profesionista en cuestión, además de que son conscientes de las implicaciones económicas de cualquier decisión que tomen.

Esta familia podría apellidarse Unadetantas que abundan en nuestro tiempo que cuestionan a sí mismas o que acuden al consultorio psicoterapéutico para escuchar la voz de su propia conciencia y tomar así la mejor decisión. Esta es una de las típicas disyuntivas y dilemas ante las que se para cualquier pareja de nuestro tiempo, parejas que buscan desempeñarse y realizarse plenamente en los diferentes campos de su existencia individual y familiar. Dilemas propios de nuestra época y nuestro contexto histórico.

Años atrás las decisiones eran menos complejas, el número de variables que debían tomarse en cuenta era menor, el papel del hombre y de la mujer estaban más definidos por la tradición, por la costumbre... por otros. Los roles sociales en general casi no se cuestionaban, los cambios en los diferentes ámbitos de nuestra vida tampoco eran tan acelerados y vertiginosos.

En ese mismo tenor, años atrás, los diez mandamientos eran suficientes para conducirnos por la vida (Frankl, 1994). Actualmente, atendemos diez mil situaciones diferentes cada día, ¿necesitamos acaso diez mil mandamientos para decidir en cada una de ellas? ¿Necesitamos de diez mil personas que nos conduzcan una a una a cada momento de nuestra vida? ¿de dónde sacamos diez mil tradiciones y/o costumbres como referentes para decidir a cada momento? y, en el caso concreto de una familia ¿cómo han de decidir un padre y una madre que aman a sus hijos y que quieren acompañarlos en su crecimiento personalmente y que al mismo tiempo han de responder a los compromisos que adquieren cotidianamente para asegurar la educación de sus vástagos o para cubrir los requerimientos mínimos de desarrollo saludable de la familia toda o para atender su deseos y aspiraciones de desarrollo profesional y personal?

Decidir ya sin la tradición a cuestas es al mismo tiempo un peligro y una oportunidad, el peligro radica en que nos extraviemos con mayor facilidad y perdamos el rumbo en el sentido de nuestra existencia, la gran oportunidad consiste en aprovechar nuestra mayoría de edad y la responsabilidad que implica el tomar decisiones responsables escuchando la voz de nuestra conciencia.

Decidir en un mundo cada vez más complejo en donde las variables aumentan día a día, en donde cada movimiento trae consigo un sin fin de modalidades y consecuencia, implica ciertamente un desafío, un reto a nuestra capacidad de responder y hacernos así cada vez más humanos por conscientes que somos en nuestra relación con los demás.

La Dra. Elisabeth Lukas (Fabry, 2000) afirma que: “en una familia sana, cada miembro es consciente de su función aun cuando ésta se modifique con el tiempo. La conciencia de las propias funciones es especialmente crítica en épocas difíciles (desempleo, enfermedad, un nuevo hijo, la ancianidad, la muerte) en las que pudieran ser necesarios que algunos de los integrantes asuman responsabilidades adicionales o renuncien a ciertos beneficios.

Las decisiones que cada familia tome ya no son dictadas por nadie, ya no por la tradición, ya no por mandatos externos, ya no por un solo miembro de la familia, ya no por los abuelos, ya no por nadie que no sean los mismos integrantes del sistema familiar teniendo en cuenta a los mismo y los efectos que cada decisión, que cada movimiento trae consigo hacia el interior de la familia y hacia el exterior de la misma.

La dirección es simple, solamente basta con escuchar la voz de nuestra conciencia, esa voz que es personal y también familiar, la voz de nuestra conciencia que se expresa en el diálogo con la pareja, con los hijos... con nosotros mismos.

La voz de nuestra conciencia que se manifiesta en la sensación de libertad y paz después de tomar la decisión indicada para todos y cada uno de los implicados, o bien, la voz de nuestra conciencia que se manifiesta en la sensación intranquilidad y molestia después de haber decidido a favor solamente de nuestra comodidad y egoísmo.

¿Cómo escuchar la voz de nuestra conciencia? Esta es la pregunta que nos queda de tarea para otra ocasión. Por el momento baste atender a los cuatros párrafos anteriores para echar luz sobre esta pregunta inquietante.


* El autor es catedrático en la Universidad Iberoamericana Puebla y en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP). Consultor en empresas como BBVA Bancomer, ThyssenKrup, Federal Mogul, Holcim Apasco, Grupo Lamitec, entre otras, en donde ha integrado equipos de alto desempeño e impartido seminarios de formación a nivel gerencial y mandos medios.

domingo, 18 de febrero de 2018

Cuaresma, tiempo de reflexión para todos

La Iglesia determinó desde la Edad Media los cuarenta días de penitencia que todos los fieles deberían cumplir, en ese período se establecía muy claramente que se cancelaban todas las festividades...


Por Arq. Eduardo Merlo Juárez *

Se acabó el carnaval que implica “adiós a la carne”, llegó el miércoles de ceniza y con él ha empezado ese período de cuarenta días en que la Iglesia Católica insta a la penitencia, palabra que tiene su raíz en pena, es decir provocar cierto penar o sufrimiento con miras a una purificación espiritual.

Se le llama cuaresma y tiene su base bíblica en lo que dice el evangelio de San Lucas capítulo 4, del verso 1 al 13: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, se volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto y tentado allá por el diablo durante cuarenta días. No comió nada en aquellos días, y pasados, tuvo hambre. Le dijo el diablo: ‘Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan. Jesús le respondió: No de sólo pan vive el hombre’.

“Llevándole a una altura, le mostró desde allí en un instante, todos los reinos del mundo, y le dijo el diablo: ‘todo este poder y su gloria te daré, pues a mí me ha sido entregado, y a quien quiero se lo doy; si, pues, te postras delante de mí, todo será tuyo.’ Jesús le respondió: ‘Escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y a Él sólo servirás.’

“Le condujo luego a Jerusalén y le puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: ‘Si eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo; porque escrito está: A sus ángeles ha mandado sobre ti que te guarden y te tomen en las manos para que no tropiece tu pie contra las piedras.’ Jesús contestó: ‘Dicho está: No tentarás al Señor tu Dios’. Acabado todo género de tentaciones, el diablo se retiró de Él hasta el tiempo determinado”.

De este pasaje bíblico se determinó los cuarenta días de penitencia, que todos los católicos y otras denominaciones cristianas guardamos con respeto.



La antigua Cuaresma

La Iglesia determinó desde la Edad Media los cuarenta días de penitencia que todos los fieles deberían cumplir, en ese período se establecía muy claramente que se cancelaban todas las festividades, inclusive en los templos se mandaban cubrir o retirar todas las imágenes con lienzos morados -color penitencial- y por supuesto hasta los matrimonios no podían celebrarse en la etapa cuaresmal, dado que, lo primero que se restringía era la carne en todos los sentidos.

La cuaresma se acentuaba los viernes, cuando era obligatorio para los adultos ayunar, es decir, no consumir alimentos en ese día, salvo una parca colación, de preferencia pan y agua. Todo esto estaba en uso cuando llegaron al Nuevo Mundo los primeros misioneros evangelizadores y lo lógico era que establecieran aquí las mismas normas que en Europa, pero nunca fue así.

Resulta que a los ojos de los españoles -tragones por naturaleza- la dieta de los indios les pareció magra, como de ermitaños, pues eso de comer principalmente vegetales era terrible, esto sin saber la riqueza y suculencia que implica esta dieta.

Así que los benditos frailes escribieron al Papa, para que se apiadara de los habitantes de las tierras conquistadas y los exentara del cumplimiento. El Pontífice accedió y gracias a ello, los pueblos de América, pudimos disfrutar la maravilla de las comidas cuaresmales: auténticos banquetes, lejanísimos del espíritu penitencial, pero qué sabrosos.



Cuaresma, ¿verdadero tiempo de penitencia?

Entró ya la cuaresma y aunque muchas costumbres han pasado a la historia, perduran aquellos que guardan la tradición.

Siendo un tiempo de penitencia, la Iglesia dispuso que los viernes los fieles se abstengan de consumir carne, y en lo que toca a la comida, es sabido por muchos que las maravillosas cocineras mexicanas, se dieron vuelo para inventar platillos que de penitencial tienen solamente el hecho de que no podemos comer tantos como existen.

Si bien la carne está prohibida, nada importa, hay mil y una apetencias que son solucionadas con la riquísima variedad de productos que la pueden sustituir sin mayores problemas y yo diría que hasta con ganancia.

En esta ocasión nos referiremos a las habas, cereal que llegó de España con la conquista y que fue bien recibido. Aunque casi no se consume cotidianamente a no ser en las festividades. Pueden ser las “habas enzapatadas”, es decir, frescas y cociditas, pueden ser solamente, pero quitándoles la cascarita, porque si no… Se aderezan con cebollita, chilitos verdes y orégano, luego a comerse en tacos de doble tortilla, que es un encanto. Si no las quiere preparar, en cualquier mercado las venden.

Las habas se consumen frecuentemente en caldo, se le pone bastante ajo y se le complementa con aceite de oliva, para que no tenga efectos retroactivos. Si gusta le echa un poquito de chile piquín en polvo. Algunos sibaritas suelen agregarle unos camaroncitos secos, que al soltar su sabor le dan al platillo la categoría de celestial, y eso que es comida de penitencia. Que conste.


* El autor es integrante del Consejo de la Crónica de la Ciudad de Puebla, asesor cultural de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP), conferencista, organizador y conductor de paseos dominicales culturales denominado “Los pueblos de Puebla”, articulista del periódico El Sol de Puebla, conductor del programa de radio “Eduardo Merlo cuenta” que se difunde los sábados en la XEHR, 1090 de A.M.