martes, 11 de abril de 2017

La procesión de viernes Santo en Puebla

Las procesiones en torno a la Pasión del Señor se remontan a la Edad Media, sobre todo al tiempo de las Cruzadas en que San Leonardo de Puerto Mauricio, fraile franciscano, organizó recorridos por las calles de Jerusalén, reconstruyendo la “Vía Dolorosa”, supuesto camino que tomaría Jesucristo desde el lugar en que fue condenado por el Pretor Poncio Pilatos.

Por Eduardo Merlo y el Comité Organizador de la Procesión.
Fotos Alfredo Martínez Vázquez


Las procesiones en torno a la Pasión del Señor se remontan a la Edad Media, sobre todo al tiempo de las Cruzadas en que San Leonardo de Puerto Mauricio, fraile franciscano, organizó recorridos por las calles de Jerusalén, reconstruyendo la “Vía Dolorosa”, supuesto camino que tomaría Jesucristo desde el lugar en que fue condenado por el Pretor Poncio Pilatos, hasta la cima del Calvario.

Las indulgencias y especiales gracias que distintos pontífices otorgaron a quienes remontaran el largo camino del “Vía Crucis” -como fue llamado-, hicieron que muchos cristianos lamentaran que les quedara fuera de posibilidades este privilegio. Por ello se tomó la piadosa costumbre de imitar esa ruta en cada comunidad cristiana en que se meditaba y oraba, recordando los pasos que de acuerdo con los Evangelios y con la Tradición, había llevado Jesús con la pesada cruz a cuestas... Fue el origen del Vía Crucis y también de las procesiones masivas que se llevaban a cabo especialmente el Viernes Santo.

Con la finalidad motivar la piedad y al mismo tiempo la penitencia, aunadas a la instrucción religiosa, se fueron añadiendo imágenes propias del tema, especialmente de Cristo, soportando el madero o patíbulo de los ladrones, con los que fue sentenciado; de las Santas Mujeres, destacando su bendita Madre, y con el tiempo los símbolos pasionarios.

A través del tiempo las procesiones de Viernes Santo se volvieron práctica obligada que llevó a grandes artistas a tallar imágenes verdaderamente dramáticas que constituyeron parte esencial del evento.

Los fieles que sentían la necesidad de hacer pública penitencia, participaban con el rostro cubierto para que su disciplina no se constituyera en presunción, echando mano de capuchas puntiagudas que se convirtieron en símbolo de estas devociones en toda la Europa Cristiana.


Viernes Santo en América


En la Nueva España, tocó a los frailes mendicantes, principalmente de las órdenes franciscanas, dominicana y agustina, establecer el culto formal y aquellas prácticas que condujeron a la catequización de los indígenas, echando mano de las costumbres antiguas que no fueran en detrimento de la doctrina.

Entre las danzas, cantos y teatro, descubrieron el gusto de los naturales por participar en las procesiones, de ahí que en los atrios conventuales se edificaran las capillas esquineras para posar el Santísimo en medio de singulares desfiles.

Lo mismo sucedió con la cuaresma y sobre todo con la Semana Mayor, en que los indios motivados practicaban penitencias y realizaban procesiones muy devotas; lo demuestra el mural que aún adornan los muros laterales interiores del templo conventual franciscano de San Miguel Huejotzingo, y que en el siglo XVI (1570) enseñaban la manera de conformarla, con la participación de las cofradías de la Santa Cruz, del Santo Entierro y del Santo Rosario. Los cófrades penitentes encapuchados, portan símbolos pasionarios y llevan en andas las imágenes de Cristo yacente, de la Virgen María (Mater Dolorosa), de San Juan y de María Magdalena. La escena concluye sobre la puerta Porciúncula con un Calvario en el cual los frailes ataviados de dalmáticas, en lugar de los Santos Varones, ayudan a descender el cuerpo inerte del Redentor.

Las prácticas litúrgicas y costumbres piadosas copiaron elementos de la Madre Patria, pero siempre con el toque nacional que las hizo diferentes a las antecesoras. Ciudades como México, Guadalajara, Valladolid (Morelia), Mérida, San Luis Potosí, Zacatecas y Puebla, elaboraron distintos elementos religiosos.

Nuestra ciudad angelopolitana siempre se ha destacado por su piedad y costumbres cristianas, de ahí que sus habitantes se preocuparan porque la Semana Santa fuera distinta a las otras, motivando a los fieles a actuar, ya fuera en los actos previamente establecidos o pasivos, contemplando, orando y conmoviéndose, que al fin y al cabo eran los fines establecidos.


Orígenes de la procesión de Viernes Santo en Puebla


Analizando las distintas crónicas y relatos, no siempre tan a la mano, se ha intentado reconstruir la ruta que seguía la solemne procesión del Viernes Santo en Puebla, misma que no debe confundirse con el Vía Crucis, pues este es un ejercicio originalmente piadoso, que se realizaba en capillas especialmente construidas para ello. Por el contrario, la procesión del Viernes Santo es una combinación del ejercicio penitencial inventado por San Leonardo, como una forma de expresar el dolor del pueblo por la pasión del Redentor.

En la procesión participan prácticamente todos los templos del centro, desde los conventuales de religiosos y religiosas hasta las capillas. Se preparan con anticipación las imágenes tradicionales en sus andas muy bien dispuestas, encargándose de su digna ornamentación las cofradías y asociaciones pías. También se aislaban los fieles penitentes encargados de cargarlas, lo cual era un privilegio, lo mismo sucedía con el contingente para hacerles compañía, es decir, las hermandades, cofradías y asociaciones piadosas de cada una de ellas.

Realmente había una especia de competencia por destacar, y casi ningún templo se quedaba a la zaga. Eran numerosas las imágenes notables que eran contempladas por los fieles, quienes se apiñaban en las aceras para seguir los cantos y rezos.

Entre las imágenes procesionales más destacadas, debemos mencionar a nuestro “Padre Jesús de las Tres Caídas” de Analco; “Jesús Nazareno”, venerado en la preciosa capilla anexa a la parroquia de San José, de este mismo sitio un San Juan y Santa María Magdalena de buena talla; “El Señor de las Maravillas”, de grandísima devoción y objeto de atenciones y cuidados por las monjas de Santa Mónica; “El Señor del Veneno” y el “Santo Entierro” del templo de Santo Domingo; “El Señor de la Preciosa Sangre”, imagen enorme pero ligera por estar hecha de pasta de caña de maíz, venerado en la Catedral “Dimas y Gestas” de la Soledad o de la Merced; “La Virgen Dolorosa” de la Capilla del Puente y algunas otras que sería largo enumerar.

La procesión era abierta por una compañía de tamborileros, su presencia daba un toque tétrico a todo, puesto que solamente tocaba en dos toques secos, para permitir que los tamemes o cargadores que conducían las andas, sostuvieran sus pasos al ritmo y no dieran traspiés. Seguían los “claveros” de la Catedral, ataviados con unas vistosas libreas y gorros de plumas, luego, un grupo de niñas vestidas de angelitos que sostenían los símbolos de la pasión en rojos cojines de terciopelo; los clavos, los martillos, pinzas, corona de espinas, la tabla de las siglas Iesus Nazarenus Rex Iudeorum (INRI), guante (simbolizando la bofetada dada a Cristo), manto, esponja (con la que le dieron hiel y vinagre), lanza (con la que atravesaron su costado), espada (por la cual Pedro cortó la oreja al criado Malco), treinta monedas, la columna a la que fue atado para azotarlo, los flagelos, el paño con el Divino Rostro estampado, el sudario y la escalera en que fue descendido.

Seguía un grupo de penitentes vestidos con túnicas blancas que sostenían una cruz sencilla, eran los hermanos o cófrades de la Santa Vera Cruz, trasladada del templo de la Concordia. Luego los estandartes de las principales asociaciones con sus abanderados y acompañantes. Luego unos individuos vestidos de túnicas negras y capuchas del mismo color, la gente les decía “cacalotes” (cuervos), llevaban unas cuerdas de manera de látigos, con que se iban disciplinando.

Después las andas con las distintas imágenes, con sus palios y una buena cantidad de acompañantes con faroles, cirios o antorchas, empezando por la de “Jesús Nazareno” de San José; más atrás la de nuestro “Padre Jesús, la de “La Virgen Dolorosa”, acompañada de cerca por san Juan, María Magdalena y luego en forma especial “el Señor de las Maravillas”, que era aclamado por la multitud que se arrodillaba a su paso. Venía devotamente presentado “el Señor de la Preciosa Sangre” y cerraba la comitiva “El Señor del Entierro” de Santo Domingo.

Al concluir los oficios del Viernes Santo en el templo máximo, el Señor Obispo bendecía el cortejo para dar principio a la procesión. En ese momento participaban frailes franciscanos, luego se formaban los dominicos, los agustinos, los jesuitas, los carmelitas y así cada orden de acuerdo a como fueron estableciéndose en la ciudad.

Cada comitiva salía el viernes después del mediodía, en una sencilla procesión -que podríamos llamar particular- hasta la Catedral, en el atrio se iban colocando en distintas tarimas, para esperar que los organizadores señalaran el orden a seguir.

La procesión se iba formando para salir por la puerta de San Cristóbal (la del atrio que da al zócalo), para tomar rumbo al portal Morelos (el del Oriente), ahí se habían establecido los floristas y vendedores de aguas frescas que tiraban claveles rojos al paso de las imágenes.

El cortejo llegaba hasta la esquina y doblaba para tomar Juan de Palafox y Mendoza, hasta llegar al templo de la Compañía. De la Compañía se tomaba por la 4 Norte hasta llegar a la iglesia del Hospital de San Pedro; tras un breve alto se proseguía por la misma calle para llegar a San Cristóbal, de ahí se daba vuelta por la 6 Oriente rumbo a Santa Clara, en donde se hacía un alto para permitir que las monjas espiaran por las ventanas del coro.

Seguía la procesión a encontrar el templo de Santo Domingo, haciendo un alto y continuar dando vuelta por la actual 5 de Mayo. Más adelante aparece en la 4 Poniente y luego en la 3 Norte para llegar al templo de las monjas dominicas de Santa Catarina, un alto obligado y canto de las religiosas.

Se continuaba por la 3 Norte hacia la calle de Reforma para ubicar el templo de la “Santísima”. De ahí se seguía por Reforma al Zócalo, en donde se llegaba nuevamente a la Catedral, para concluir la procesión rezando todos el “Señor Mío Jesucristo” y un “Credo”. Se calculaba que en ese momento iba llegando una procesión de las damas distinguidas de la sociedad que traían en andas a la Virgen de la Soledad, desde su templo (2 Sur y 13 Oriente), para depositarla en el Altar del Perdón, rezar, cantar responsos y luego devolverla a su templo.

Así se celebraba esta solemne procesión hasta 1856, pues al siguiente año ya no existían las condiciones formales y legales para llevarlas al cabo.


El renacimiento de una tradición

Fue en el año de 1992, cuando a iniciativa de un grupo de seglares, y con la gran acogida y liderazgo de Monseñor Rosendo Huesca Pacheco, en ese entonces el pastor de la Arquidiócesis de Puebla, se decidió revivir la significativa Procesión de Viernes Santo, recuperando los principales elementos de aquella práctica piadosa popular.

En la antigua procesión eran numerosas las imágenes notables, que de muy diversos templos y parroquias procesionaban, dado que no era posible que las imágenes de antaño salieran a la luz con igual profusión, se optó que participaran inicialmente algunas de las más importantes imágenes de aquella rica tradición, por ello se eligieron: La majestuosa imagen de “Jesús Nazareno” de la Parroquia de San José, la muy representativa imagen de ”Nuestra Señora de la Soledad” del Sagrario Metropolitano, la hermosa imagen esculpida con rasgos indígenas, de “Nuestro Padre Jesús”, misma que fue entronizada y permanecía en la Parroquia Santo Ángel Custodio, del fundacional Barrio de Analco, y la bellísima imagen de “Nuestra Señora de los Dolores” del Templo del Carmen.

Además de estas cuatro magníficas tallas, también se decidió, que presidiera el inicio y retorno de la procesión, la veneradísima imagen del Cristo de la Expiración, misma que fue la imagen que tuteló la celebración de la III Conferencia del Episcopado Latinoamericano, celebrado en el Seminario Palafoxiano de Puebla en 1979 y que fuese presidida por San Juan Pablo II.

La solemne procesión, procurado mantener elementos esenciales de aquella que le dio origen, se conformó además por los tamborileros que marcan el paso de la procesión, los niños vestidos de angelitos y de “verónicas” que portan los símbolos de la Pasión, las congregaciones católicas, las bandas de música, los matraqueros y por supuesto, todos los fieles católicos que de buena voluntad se unen al cortejo, que recorre importantes calles del centro histórico poblano.

La nueva etapa de esta renovada tradición se fue resignificando como una gran manifestación de fe católica en la Angelópolis, y con gran entusiasmo y acogida popular, en el año de 1991 se sumó la veneradísima imagen de “Jesús de las Maravillas” del Templo de Santa Mónica y en el año 2001, durante su décima realización, el Señor Arzobispo decidió otorgar en ella la Indulgencia Plenaria y la Bendición Papal, que sólo se otorga dos veces al año.

Actualmente la Procesión de Viernes Santo en Puebla convoca a más de cien mil feligreses que participan en la procesión y se ha constituido como una de las más grandes e importantes manifestaciones públicas de fe en nuestro país.

viernes, 7 de abril de 2017

Orígenes del Viernes Santo

En la Nueva España, fueron los frailes franciscanos, agustinos y dominicos quienes establecieron el culto y la práctica de la Procesión del Viernes Santo, con finalidades de catequización a los aborígenes de esta inventada América, en el siglo XVI.

Por Héctor Azar *


La presencia de Jesucristo en el mundo parte en dos el rumbo de la eternidad: Antes de Cristo y Después de Cristo. Acontecimiento mayor en la historia del planeta Tierra; insólita efeméride que no ha encontrado superación durante 20 siglos. La Pasión del Hijo de Dios hecho Hombre impactó cerebros y sensibilidades, dando lugar a una manera de ser y de estar en la vida matizada por conceptos filosófico-cristianos que trasciende tiempos y espacios, llenando de esperanza a los seres humanos acerca de una vida mejor así en la tierra como en los cielos.

Acontecimiento de tal naturaleza -La Pasión de Dios hecho Hombre- habría de obtener la consistencia de una fuerza intelectual y sentimental nutrida por el pensamiento de Tomás de Aquino, el Angélico Maestro, y de Agustín, Obispo de Hipona. Santo Tomás y San Agustín establecieron las bases de la única institución monumental que ha podido sobrevivir a las borrascas y a las tormentas del género humano, por encima de cualquiera otra edificación transitoria o efímera durante 20 siglos. Para ello, la catolicidad renueva su fe, estimula su esperanza y practica cada vez menos su exigua caridad, mediante celebraciones y trashumancias religadoras -esto es: religiosas- en las que el teatro sacro se fusiona con lo profano para animar el alma colectiva.

Este es el posible origen del Via Crucis o Vía Dolorosa de Jesucristo que diera lugar lo mismo a procesiones que a representaciones espectaculares como las que se efectúan en todos los pueblos y ciudades de México y probablemente de todo el mundo católico cristiano. Procesiones y representaciones teatrales que alcanzan su culminación en las celebraciones dramáticas y aún patéticas del Viernes Santo.

Son cuatro los grandes lugares en que se celebra la procesión del Viernes Santo y su profundo misterio pascual: Sevilla, España, en donde la fastuosidad abruma el fervor religioso matizado con espléndidos cantos flamencos. En amargo contrapunto, Taxco e Iztapalapa en México celebran la Semana Mayor verdaderamente insólita por el contenido humano que conllevan; y finalmente una pequeña villa alemana, Oberammergau, en que la culminación de la Semana Mayor, el Viernes Santo, se lleva a cabo mediante una muy cuidada representación teatral que estremece al turismo europeo cada diez años.

En la Nueva España, fueron los frailes franciscanos, agustinos y dominicos quienes establecieron el culto y la práctica de la Procesión del Viernes Santo, con finalidades de catequización a los aborígenes de esta inventada América, en el siglo XVI. De manera espectacular, aprovecharon las impresionantes tradiciones aborígenes protegiendo y estimulando las danzas y los cantos de los llamados indios, orientados hacia la nueva religión.

Los sacerdotes evangelizadores del siglo XVII, pronto se dieron cuenta de que el culto precolombino era preferentemente externo y ello propició que la implantación de la doctrina cristiana partiese del interior del templo, fuera por los atrios y saliera a las calles para inundar con sus preceptos religiosos todos los caminos que conducían a México y a la América hispana entera.

Las ciudades como México, Puebla, Guanajuato, Morelia, Zacatecas, San Luis Potosí, Mérida y las etnias chiapanecas, desarrollaron celebraciones religiosas con marcada devoción y decidida entrega, en expiación de la culpa de vivir en un mundo de agudas carencias económicas y espirituales, y en espacios donde el buen gobierno, en frecuentes ocasiones, brilla por su ausencia.


*dramaturgo, poeta y ensayista mexicano. Nació el 17 de octubre de 1930 en Atlixco, Puebla. Se desempeñó como Secretario de Cultura en su estado natal durante el gobierno de Manuel Bartlett Díaz, donde desarrolló diversos proyectos teatrales y literarios. Murió el 12 de mayo del año 2000.

lunes, 20 de marzo de 2017

De la experiencia de Dios en la fiesta patronal

La presencia de los familiares, de los amigos, compartir el mole, el baile, el jaripeo, la misa, el castillo, todas estas expresiones que vivimos como pueblo indígena y mestizo, nos hablan de la herencia de nuestros abuelos, de su fe, de cómo se han explicado el origen del pueblo...

Por Pbro. Mario Pérez Pérez, párroco de San Francisco de Asís, Cuetzalan.


En la fiesta patronal tenemos todos los elementos que lo conforman: la identidad del pueblo, el valor de su vida, los símbolos, los ritos, las costumbres, los mitos, sin los cuales no se entiende la participación de todo el pueblo. Se puede ver claramente cómo se realiza el tejido social, económico, político y religioso del pueblo. Esta propuesta indígena creemos es posible como una alternativa en la vida de la nación.

Esta tradición que vamos pasando de generación en generación nos hace conservar nuestra identidad, de ahí las expresiones: “vamos al pueblo, a la fiesta” “¡Te invitamos, vamos al pueblo! ¡No vayan a faltar!”, y seguramente no vamos a encontrar gente que nos explique cada uno de estos elementos: flor, cera, adornos, las procesiones, pero sí sabremos en nuestro corazón, que algo nuevo está pasando.

La presencia de los familiares, de los amigos, el compartir el mole, el baile, el jaripeo, la misa, el castillo de luces, todas estas expresiones que vivimos como pueblo indígena y mestizo, nos hablan de la herencia de nuestros abuelos, de su fe, de cómo se han explicado el origen del pueblo, su relación vital con la naturaleza, con Dios, con los hombres y de cómo esta realidad, la fiesta, ha sobrevivido a los embates de la historia.

Esta es la experiencia total de Dios, todo tendrá razón de ser al presentarse ante la imagen patronal a ofrecer su flor, su cera, su limosna, el participar de la Misa y recibir la bendición del Santo Patrón.

El Patrón o Patrona de un pueblo es un santo o una santa con personalidad propia, no es lo mismo la imagen de Cristo de un pueblo al de otro. El mito nos hablará de cómo el Patrón tuvo preferencia por este lugar o por la gente de este lugar, de cómo llegó aquí, cómo se quedó y cómo nunca pudieron llevárselo. Es inconcebible un pueblo sin Patrón, sería un pueblo huérfano, sin personalidad.

Revisar la historia de cómo y por qué un pueblo llegó a tener tal o cual Patrón, analizar los mitos que lo explican es entender por qué el pueblo llegó a ser Pueblo. Ahí descubrimos las fuentes de vida, las luchas históricas, las epopeyas, las agresiones sufridas, es decir, descubrimos su identidad, el sentido religioso de la vida comunitaria.

El Patrón es un reflejo de Dios, simboliza a Dios con este pueblo. Dios se manifiesta como el Padre o Madre protector del pueblo, que corre la misma suerte del pueblo y que en esta comunidad manifiesta algunas de sus maneras de ser: mediador, relacionador de pueblos, defensor solidario, relacionado con algún aspecto de la vida material o social.

La fiesta patronal es un acontecimiento sagrado vivido por la comunidad, como un momento de vida intensa en completa ruptura con la vida ordinaria.

La imagen significa que está presente Dios en medio de la costumbre, se vive lo que dijo Jesús: “Donde dos o más están reunidos, ahí estoy yo” (Mt 18, 20). La verdad no se ve, se expresa en sus valores; el amor no tiene color ni medida, esos valores que nombramos con palabras, necesitan una expresión y son las velas, las flores, el incienso, la comida, la solidaridad, el amor, la fraternidad.

La comunidad vive la fiesta, la fiesta es para vivirse, en ella el pueblo celebra la vida, para que Dios le siga dando vida. El modo de vivir la fiesta, le enseña al pueblo cómo vivir diario los valores que ya están en el pueblo: estamos celebrando la solidaridad, el respeto, la fraternidad, el compartir, el amor; las procesiones nos ayudan a que nos hagamos pueblo, nos hagamos hermanos que vamos unidos. El canto y la música se hacen vida.

La fiesta la organiza el pueblo, con sus mayordomos y diputados; las peregrinaciones, las danzas, la música activan la vida del pueblo. La comunidad indígena reconoce los lugares sagrados, santos, donde Dios se hace presente: la casa del mayordomo donde está la cofradía, el cerro, la cueva, el templo.

El pueblo indio comunica su fe con flores y cantos, en un lenguaje sencillo, festivo, poético como lo hace Dios creador que está presente en el caminar de la comunidad, luchando y sudando en el campo, sembrando la vida para todos, ese Dios que nos espera en su casa (Is 25, 6-9), este es el Dios que nos da la salvación.

Queremos que la madre tierra vuelva a llenarse de flores y frutos para la vida, que los ríos y las montañas sigan cantando a nuestro Padre sol, que los indios tengamos la vida y podamos dialogar con los demás seres del planeta.

La experiencia de Dios lleva al pueblo a adquirir una fuerza, una espiritualidad que fortalece la identidad del pueblo. Esta espiritualidad guía al pueblo con dignidad de ser pueblo. Valorar estos ritos, símbolos, mitos y costumbres, asegura el equilibrio personal, familiar y comunitario en nuestro pueblo.

Retomar la fuente espiritual de nuestro pueblo para retejer el petate social e histórico, es valorar los ritos como expresión profunda de fe; el potenciar de los mitos alimenta una espiritualidad propia en una estructura comunitaria y la espiritualidad comunitaria tiene raíces que brotan hacia la liberación.

La experiencia de Dios es vital, pues partiendo de las preocupaciones de las personas por la vida permite encontrar respuestas a los problemas y desafíos que plantea la realidad. Dios eterno, se manifiesta en el espacio y en el tiempo, nuestros pueblos lo captan desde su espacio concreto y en la vida diaria.

El carácter profundamente comunitario expresado en la dimensión social como en la religiosa, se constituyen en la posibilidad de enfrentar la proyecto neoliberal. Frente a la visión individualista occidental se ofrece como una alternativa, la visión comunitaria de nuestros pueblos.

domingo, 12 de marzo de 2017

La Iglesia de la Utopía: Cuarto año de pontificado del Papa Francisco

Hace siete años me llegó por correo electrónico un texto titulado “La Iglesia de la utopía”, el artículo propone doce hipotéticos escenarios por los que, bajo el signo de los tiempos, debe transitar la Iglesia católica. En una primera lectura las propuestas son imposibles de realizar, no faltarán obispos, cardenales o funcionarios de la curia romana de orientación conservadora que lo tachen de herejía, sin embargo, hay gente descontenta con el sistema eclesiástico y dogmático que vería con esperanza una renovada teología en esos apuntes. En este sentido el Papa Francisco ha dado los primeros pasos para presentar una Iglesia católica más cercana al pueblo, una Iglesia católica más misericordiosa y menos palaciega, una Iglesia de Jesús donde la utopía podría pasar a los hechos.


En los años anteriores he recogido las 30 frases más significativas del Papa Francisco por cada año de su pontificado, en esta ocasión, los doce hipotéticos escenarios de “La Iglesia de la utopía”, están en vísperas de hacerse realidad por cada una de las acciones y dichos del pontífice argentino que cumple cuatro años de pontificado. Lo pongo a su consideración y reflexione:



Imagina que la Iglesia estuviese verdaderamente dispuesta a asumir que ha sido enviada a dar la Buena Noticia a los pobres y asumiera todas las consecuencias de su compromiso de servir a los pequeños…

Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. (Vigilia de Pentecostés, 18 de mayo de 2013)


Imagina que laicos y pastores pudieran encontrarse en un diálogo fraterno y abierto sobre los signos de los tiempos que demandan el testimonio profético que denuncia y arriesga nuevos caminos...

…ustedes levanten la mirada, miren ‘fuera’, a los muchos ‘lejanos’ de nuestro mundo, a las tantas familias en dificultad y necesitadas de misericordia, a los tantos campos de apostolado aún por explorar, a los numerosos laicos con corazón bueno y generosos, que con gusto pondrían al servicio del Evangelio, sus energías, su tiempo, sus capacidades, si se les implicara, valorizara y acompañara con afecto de parte de los pastores y de las instituciones eclesiásticas. (Exhortación del Papa Francisco, a los participantes en la Plenaria del Pontificio Consejo para los Laicos. 17 de junio de 2016)


Imagina que la Iglesia comenzase por cuestionar su propio ejercicio del poder, respetando las diferencias y el derecho a discrepar, sin excluir a nadie, estableciendo un auténtico espíritu democrático y participativo...

…el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado. Sólo el que sirve con amor sabe custodiar. (Fragmento de la homilía del Papa Francisco por el inicio de su ministerio petrino. 19 de marzo de 2013)


Imagina que la Iglesia hiciese el mismo itinerario de su Maestro y fuese corriendo al encuentro de la Humanidad toda, que está falta de afecto y de pan, para anunciarle la Buena Noticia de la dignidad y de la paz...

Lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia es capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones. Cercanía. Proximidad. Como un hospital de campaña tras una batalla. (Fragmento de la entrevista a la revista Civiltà Cattolica que se publicó el 21 de septiembre de 2013)


Imagina que la Iglesia tuviera en cuenta al formar a sus cuadros la realidad socioeconómica, la diversificación de las culturas, la influencia de las ciencias humanas, la hermenéutica bíblica, la sexualidad...

La Iglesia toma con mucha seriedad las distintas culturas y aún más cuando son poco respetadas. Por eso valora las vocaciones indígenas y procura ofrecerles una formación adecuada. Además, porque las personas que hablan las lenguas indígenas son cristianos y tienen derecho a pastores que evangelicen su cultura. (Fragmento del documento “El don de la vocación sacerdotal. Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis”. 8 de diciembre de 2016)


Imagina que la Iglesia revisase toda su moral a partir del Evangelio y de una vez por todas, barriese todas las aberraciones que escribió respecto del sexo y exaltara el cuerpo como fuente de vida y gozo…

Es difícil pensar la educación sexual en una época en que la sexualidad tiende a banalizarse y a empobrecerse. Solo podría entenderse en el marco de una educación para el amor, para la donación mutua (…). El impulso sexual puede ser cultivado en un camino de autoconocimiento y en el desarrollo de una capacidad de autodominio, que pueden ayudar a sacar a la luz capacidades preciosas de gozo y de encuentro amoroso. (Fragmento del capítulo “Sí a la educación sexual”, de la Exhortación apostólica sobre el amor en la familia, Amoris Laetitia)


Imagina que la Iglesia fuese consecuente en sus declaraciones contra el machismo y abriese para la mujer las mismas oportunidades, tanto en el plano de los ministerios como en el de las decisiones...

A la mujer no sólo hay que escucharla más, sino que su voz debe tener un peso real, una autoridad reconocida, en la sociedad y en la Iglesia. (Audiencia general del Papa Francisco. 15 de abril de 2015)


Imagina que la Iglesia dejase a las parejas la libertad decidir el método que mejor les pareciese para la planificación familiar, y no los maldijese, reproduciendo hoy la torcida moral agustiniana...

Algunos piensan, disculpen si uso la palabra, que para ser buenos católicos tenemos que reproducirnos como conejos, pero no (…) la Iglesia promueve la paternidad responsable. (Conferencia del Papa Francisco en el avión que lo llevó de Manila a Roma. 19 de enero de 2015)


Imagina que la Iglesia tuviese la sensibilidad de acompañar la evolución de la humanidad y tratase con el mismo cariño de Madre a aquellas personas que deshicieron su unión conyugal pero que continúan su camino en la búsqueda del amor y de la felicidad…

Cuando el amor fracasa, porque muchas veces fracasa, debemos sentir el dolor del fracaso, acompañar a las personas que tuvieron este fracaso en su propio amor. (Fragmento de la homilía del Papa en Santa Marta. 28 de febrero de 2015)


Imagina que la Iglesia cuestionase la obligación inhumana del celibato, que, impuesta a los clérigos, se hizo obsoleta en la historia, y hoy contribuye a la mentira y el desequilibrio humano y afectivo...

La Iglesia católica tiene curas casados. Católicos griegos, católicos coptos, hay en el rito oriental. Porque no se debate sobre un dogma, sino sobre una regla de vida que yo aprecio mucho y que es un don para la Iglesia. Al no ser un dogma de fe, siempre está la puerta abierta. (Entrevista al Papa Francisco durante el vuelo de regreso de Río de Janeiro. 27 de mayo de 2014)


Imagina que la Iglesia acogiese en un abrazo tierno y fraterno a todos aquellos hermanos en el sacerdocio ministerial que, casados, hicieron más completo su ministerio al expresar con la vida en pareja lo que hay de más bello en la creación: mujer y hombre a imagen de Dios...

Debemos analizar si los ‘viri probati' son una posibilidad y también debemos establecer cuáles tareas podrían asumir, por ejemplo en comunidades aisladas. La Iglesia siempre debe reconocer el momento justo en el que el espíritu pide algo. (Fragmento de la entrevista que la revista alemana “Die Zeit” hizo al Papa Francisco. 08 de marzo de 2017)


Imagina que la Iglesia cambiase sus criterios para seleccionar sus cuadros de mando y sólo tuviese en su jerarquía gente capacitada, abierta, equilibrada, madura humana y afectivamente, capaz de entregar su propia vida por amor al Reino...

El cardenal entra a la Iglesia de Roma, no entra a una corte. Evitemos todos y ayudémonos a evitar costumbres y comportamientos de corte: intrigas, chismes, grupos, favoritismos, preferencias. (El Papa a los nuevos cardenales, 23 de febrero de 2014)


Cabe señalar que el artículo se publicó en la revista “Misión Joven” editada por los salesianos de España y lo retoma el sitio web www.feaddulta.com

domingo, 22 de enero de 2017

El muro que ya se construye

…las naciones verdaderamente democráticas han destruido los muros que las dividían y han construido puentes para afianzar relaciones de intercambios beneficiosos para la integración, la libertad y la solidaridad…


El muro que pretende construir Estados Unidos a lo largo de la frontera con nuestro país para detener la inmigración clandestina, ha sido motivo de reflexiones, notas y pronunciamientos, muchos de ellos han propuesto el “diálogo respetuoso y maduro entre los gobiernos de los países involucrados para encontrar soluciones que respondan a las exigencias de respeto a la dignidad y a los derechos humanos de los migrantes, los cuales nunca deberán ser considerados ni tratados como delincuentes” (nota de prensa emitida por la Secretaría General de la Conferencia del Episcopado Mexicano, el 24 de diciembre del 2005). Este es el punto de discusión: ¿Por qué construir y reforzar las medidas de seguridad con una mentalidad xenofóbica, egoísta y discriminatoria? El proyecto del flamante mandatario norteamericano, Donald Trump, construir una muralla a lo largo de la frontera con Estados Unidos y endosarlo a nuestro país, nos remonta a épocas de la historia de la humanidad que nadie quiere recordar.

En el siglo XX la humanidad atestiguó el estallido de dos guerras mundiales, la consolidación de sistemas totalitarios demoledores y la acumulación de inmensos sufrimientos humanos. Dos años antes de la publicación de la encíclica Pacem in terris, en 1961, se erigió el muro de Berlín para dividir y oponer no solamente dos partes de aquella ciudad, también dos modos de comprender y de construir la ciudad terrena. De una parte y de otra del muro la vida tuvo un estilo diferente, inspirado en reglas a menudo contrapuestas, en un clima difuso de sospecha y desconfianza. Tanto como visión del mundo que como planteamiento concreto de la vida, aquel muro atravesó a la humanidad en su conjunto y penetró en el corazón y mente de las personas, creando divisiones que parecían destinadas a durar siempre. Sin embargo, las naciones verdaderamente democráticas han destruido los muros que las dividían y han construido puentes para afianzar relaciones de intercambios beneficiosos para la integración, la libertad y la solidaridad.

El Papa Benedicto XVI afirmó en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2006 lo siguiente: “Las autoridades que, en lugar de hacer lo que está en sus manos para promover eficazmente la paz, fomentan en los ciudadanos sentimientos de hostilidad hacia otras naciones, asumen una gravísima responsabilidad: ponen en peligro, en zonas ya de riesgo, los delicados equilibrios alcanzados a costa de laboriosas negociaciones”.

“Desde el Evangelio nosotros sabemos que el proyecto de Cristo es superar los egoísmos y las enemistades; Él no vino a enfrentarnos, sino a construir una humanidad fraterna y reconciliada; Él vino a demoler los muros de la discordia; Él desea que sus hijos se reconozcan entre sí como hermanos” (Nota de prensa emitida por la Secretaría General de la Conferencia del Episcopado Mexicano, 24 de Diciembre del 2005)

Esperanza, valentía y amor serán necesarios para impulsar el compromiso, humano y cristiano ante la amarga experiencia de la construcción de un nuevo muro: el del “egoísmo”.