viernes, 13 de octubre de 2017

¿Qué significa ser laico?

A veces pienso que en la Iglesia no queremos aceptar la “noche obscura” de la historia y la evitamos buscando seguridades dogmáticas, éticas y rituales que a mi juicio corren el riesgo de estancar el crecimiento humano y espiritual de la comunidad...


Por María Eugenia Sánchez Díaz de Rivera *

El concepto de “laico” es un tema difícil, delicado y que, con frecuencia, si es tratado a fondo, genera polémicas, dudas, o callejones sin salida. ¿Por qué? Porque detrás del concepto “laico” hay toda una Eclesiología que a muchas colectividades de católicos en el mundo ya no le parece tener suficiente fundamento evangélico. Y, sin embargo, yo me pregunto si es posible que la comunidad eclesial avance en un auténtico seguimiento de Jesús sin enfrentar el desafío de cuestionar esa eclesiología. Repito, se trata de un tema que tan solo tocarlo levanta muros que parecen infranqueables.

Desde que el cristianismo asumió elementos culturales del imperio romano en decadencia hasta el Concilio Vaticano II, el laico fue definido como el cristiano que no era sacerdote, o que no era monje o religioso. Y durante todo ese período histórico, la dicotomía clérigo/laico se fue cristalizando en una especie de dicotomía profano/sagrado.

La sacralización del “sacerdote” significó, de hecho, la “profanización” del laico. El sacerdocio novotestamentario se fue convirtiendo, culturalmente hablando, en un sacerdocio con las características del Antiguo Testamento, en el que se consideraba al sacerdote como mediador entre el ser humano y Dios. Muchos teólogos han tratado este tema con amplitud. Me viene a la mente, por ejemplo, el libro de J. Ignacio González Fauss (1) en el que afirma:

“Deliberadamente, el Nuevo Testamento evita siempre llamar ‘sacerdotes’ a los dirigentes cristianos, comenzando por los mismos apóstoles. La Iglesia ha de tener y tuvo siempre sus dirigentes, pero esos dirigentes no tienen nada que ver con el hecho religioso del ‘sacerdocio’, sino con el hecho existencial de la vida entregada a Jesús.

“La tendencia a sacralizarlos es producto del psiquismo humano. Jesús es el único mediador, y regresar al tipo de sacerdocio sacralizado del Antiguo Testamento es una constante tentación”.

Yo pienso que precisamente esa sacralización se ha convertido en un obstáculo a la maduración humana y de la fe del pueblo de Dios, incluido la del clero. Sin embargo, plantear esta problemática genera mucho temor porque la religiosidad y las identidades eclesiales se han construido históricamente en esa dicotomía de clérigos-laicos (2), y su modificación es dolorosa.

El Concilio Vaticano II empezó a abrir una brecha hacia la profundización de estas realidades. Probablemente las puertas que abrió el Concilio acerca de la prioridad del Bautismo, de la colegialidad en el gobierno de la Iglesia, de pasar de una Iglesia monárquica a una Iglesia Pueblo de Dios, de la conciencia como la última instancia de decisión moral, generaron dinámicas difíciles de manejar y eso explica una especie de retroceso posterior que tal vez fue bueno para algunos, pero que a muchos católicos hizo daño.

La reelaboración de la identidad eclesial indispensable para caminar hacia una Iglesia más fiel a Jesús y a la humanidad habitada por el Espíritu; hacia una Iglesia más comunitaria, más contemplativa, más profética, más comprometida y más ecuménica, no podrá hacerse sin una búsqueda honesta en la que sacerdotes, religiosos y laicos estemos dispuestos a cuestionar nuestras identidades tradicionales y a asumir juntos una búsqueda existencial y de fe más profunda. Y eso supone riesgos que hay que correr.

Las estructuras y determinadas concepciones actuales sobre la Iglesia no favorecen dicha búsqueda. A pesar de ello nuevas formas de vida eclesial están surgiendo de manera silenciosa y humilde en todas las latitudes, en ellas la dicotomía clérigo/laico está siendo superada.

A veces pienso que en la Iglesia no queremos aceptar la “noche obscura” de la historia y que la evitamos buscando seguridades dogmáticas, éticas y rituales que a mi juicio corren el riesgo de estancar el crecimiento humano y espiritual de la comunidad. Como si nos resistiéramos a confiar en la acción del Espíritu y a aceptar humildemente una búsqueda colectiva de lenguajes que nos ayuden a penetrar más en la profundidad de Dios y en el compromiso con el drama y la plenitud humanas.


Notas
(1) González Fauss, José Ignacio. Hombres de la comunidad. Apuntes sobre el ministerio eclesial. Ed. Sal Terrae. Presencia Teológica. Santander 1989.

(2) Parent, Remi. Una Iglesia de bautizados. Para una superación de la oposición clérigos/laicos. Sal Terrae. Santander, 1987.


* La autora es profesora e investigadora en la Universidad Iberoamericana Puebla. Doctora en Sociología por l’Ecole des Hautes Études en Sciences Sociales de Paris, asesora del Programa de Desarrollo Rural de la Fundación Ford para México y Centroamérica. Iniciadora y Directora del Centro de Reflexión y Promoción Social y fundadora de la Cátedra Alain Touraine de la Universidad Iberoamericana Puebla.

sábado, 23 de septiembre de 2017

La pobreza como escándalo y bienaventuranza

Bienaventurados los que comparten no como una dádiva sino con la clara conciencia de que solamente son administradores de las riquezas que a todos pertenecen. Bienaventurados los que luchan por la justicia para que no sea el asistencialismo que avergüenza sino la relación horizontal que dignifica las estructuras sociales.


Por María Eugenia Sánchez Díaz de Rivera *

La pobreza es un escándalo y es una bienaventuranza. Es un escándalo cuando significa la imposibilidad para los seres humanos de reproducir la vida digna en comunidad, mientras hay grupos de seres humanos que derrochan los bienes de la tierra.

Es bienaventuranza cuando significa un bienestar sencillo que nos hermana con los demás y nos ayuda a permanecer como peregrinos que somos. No podemos, los que queremos seguir a Cristo, por más vueltas que le demos, escapar a la interpelación de la pobreza, como escándalo que reclama el compromiso social, y como bienaventuranza que demanda profundidad existencial. Se trata, pues, de una interpelación que tiene varias dimensiones: La modificación de estilos de vida, la lucha por la justicia y la profundidad mística.

Es un hecho constatable que la cultura de la abundancia genera pobreza. Los estilos de vida que se han vuelto modelos de felicidad y que de alguna forma viven una porción limitada de la población mundial, no sólo son inviables ecológica y socialmente para la totalidad de los seres humanos, sino están a la base de la dinámica de exclusión y depredación de la economía mundial. Únicamente es posible mantener formas de vida con tan altos índices de consumo de energía, de agua y de producción de desechos, si la mayoría de la población carece de ellos.

La pobreza como bienestar sencillo para todos parecería el camino a seguir si se quiere salvaguardar la convivencia social y la salud del planeta. Modificar esa realidad es muy difícil, por lo que significa revertir andamiajes sociales, hábitos individuales y valores colectivos. Pero paradójicamente no parece haber otro camino.

La modificación de estilos de vida que permitan una mayor equidad social y una mejor gestión de los recursos naturales, no puede darse haciendo caso omiso de la dimensión política, concretamente de la lucha por la justicia que indudablemente tiene un componente conflictivo del que la vida de Jesús es un claro ejemplo.

La lucha por la justicia supone aprender a vivir la confrontación no violenta, que es no violenta pero que es confrontación, y que debe darse a nivel local, institucional, eclesial, nacional, internacional.

Es un modo de ser y de trabajar, es una exigencia del amor cristiano por la víctima y por el victimario, a la escala y de la gravedad o levedad que sea esa injusticia.

Finalmente, la profundidad mística es esa dimensión indispensable para disponernos a acoger esos dones del Espíritu, siempre presentes, capaces de darnos la fortaleza y la alegría necesaria para ser pobres, desinstalados, dispuestos a compartir, conscientes de nuestra vulnerabilidad, co-responsables con Jesús de la construcción de la fraternidad que es la materia prima de la salvación. Es la profundidad mística la que nos abre los ojos para descubrir a Jesús en el pobre, en el que sufre, en el preso, independientemente de la bondad subjetiva de ese pobre, de ese sufriente o de ese preso.

Armido Rizzi, dice que la comunidad espiritual por excelencia es la comunidad de bienes, porque la “compartición” de bienes es la manera privilegiada de renunciar a sentirnos dueños de los demás y de la naturaleza, reconociendo así a un único Señor. Porque la comunidad de bienes es la que nos lleva a desabsolutizar la riqueza y hacernos tomar conciencia de nuestro carácter de peregrinos. Porque el pan que es algo “material”, al compartirlo se convierte en “espiritual”, y aficionarnos a las bellas liturgias y a las actividades artísticas consideradas tradicionalmente espirituales, pueden convertirse en un acto “carnal” en el sentido bíblico, si se evade con ello la preocupación existencial por la construcción de la fraternidad, si nos olvidamos del pobre, del huérfano, de la viuda, del forastero, es decir, de los excluidos, discriminados, y explotados de la sociedad actual.

“Bienaventurados los pobres porque de ellos es el reino de los cielos”, “bienaventurados los pobres de espíritu”, es decir, aquellos que tienen la fuerza espiritual de compartir sus bienes con los necesitados de ellos. Bienaventurados los que comparten no como una dádiva sino con la clara conciencia de que solamente son administradores de las riquezas que a todos pertenecen.

Bienaventurados los que luchan por la justicia para que no sea el asistencialismo que avergüenza sino la relación horizontal que dignifica la que esté a la base de las estructuras sociales.

Bienaventurados porque no hay vida espiritual profunda, ni gozo real interior, sin la solidaridad cotidiana con el sufrimiento del débil y del excluido.

Ojalá y podamos ser, como comunidad cristiana “Sacramento del Dios hecho Pobre” como dijo el cardenal Roger Etchegaray.

* La autora es académica investigadora del Departamento de Humanidades de la Universidad Iberoamericana Puebla

martes, 12 de septiembre de 2017

Cuando hablamos de la patria ¿de qué hablamos?

El amor a la patria es (...) una compenetración de espíritus de padres e hijos, que encarna en esta tierra y todo lo que de obra hay en ella. Esta tierra rodeada de mares y cubierta de un cielo que no son iguales a los de otras latitudes.


Por Alejandro Guillén Reyes *

“Palabras tan ricas de sentido”, escribió Gustave Thibon. “Tan ricas de sentimientos, tan ricas de experiencias y de intuición, que casi no se dejan definir?” Tal es el caso de la palabra mencionada en el título de este artículo y que, por supuesto, no pretendo agotar su contenido o encajonarla en un par de cuartillas. Sin embargo, por el mes que está transcurriendo, vale la pena, al menos, acercarnos a ella.

Etimológicamente, la palabra patria quiere decir “tierra de los padres”. La patria es, ante todo, un territorio. Pero no es un pedazo de tierra cualquiera. Si la patria sólo fuera esto, entonces no habría un amor común hacia ella en este tiempo en el cual parece tener unos cuantos dueños. No. Se trata de la tierra en la que nuestros padres han vivido y han trabajado por y para nosotros, sus hijos. Así, esta tierra adquiere un valor no económico, sino estimativo. Tal vez, por esta razón, nos duele el recordar ese episodio de nuestra historia en la que se perdió más de la mitad del territorio.

El Diccionario de la Real Academia Española tiene como primera acepción de la palabra patria la “Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos”. Es decir, la patria es tan generosa que no importa si no se nace en su tierra. Incluso puede prescindirse del vínculo jurídico, porque este vínculo es con el Estado. Basta con que el ser humano ame esta tierra que entraña las luces y sombras de un pasado, el vértigo del presente y la esperanza de un futuro mejor para todos los que deseamos vivir y morir en ella. Es la tierra de nuestros padres abrazando, no sólo a sus hijos que hemos nacido en ella, sino también a nuestros hermanos adoptivos.

¡Qué terrible es saber que una buena cantidad de compatriotas abandonan esta tierra porque no encuentran oportunidades para vivir dignamente! Aun cuando están lejos de su patria muchos de ellos no dejan de sentir nostalgia y melancolía por ella.

Rodrigo Borja, en su Diccionario de Política, establece que la patria es un término “esencialmente subjetivo y sentimental que se refiere al país donde se ha nacido o al que se debe lealtad. Se llama también patria a una parte de ese territorio o a la tierra natal con la que se tienen vinculaciones de afecto”. Esa parte del territorio es lo que denominamos la patria chica.

“Toda nuestra vida familiar o parte muy principal de ella -escribió Santiago Ramírez en Orden Político- todo nuestro vecindario y todo el sabor de la naturaleza en que está asentado; toda nuestra religión, y nuestras costumbres, y nuestros modismos, y nuestros juegos, y nuestras canciones”.

La patria es también herencia de nuestros padres. Se hereda la tierra con todo lo que en ella se dejó de vida humana. Están plasmados en esta tierra testimonios perpetuos de su presencia temporal aquí. “Comprendemos, pues -reflexionó Jean Ousset en Patria, Nación y Estado; que por extensión la patria pude ser en realidad, el patrimonio entero, el conjunto que nos han dejado nuestros antepasados. No sólo la tierra, también los templos, las catedrales, los palacios y los torreones de que se ha visto cubierta en el curso de las edades. Y todas las maravillas de la industria o las artes, monumentos del pensamiento y del genio. ¡Toda la herencia! Tanto la tierra como los legados materiales, intelectuales, espirituales y morales”.

Aprendí del entrañable Fray Silvestre que el amor es una compenetración de espíritus. El amor a la patria es por lo tanto una compenetración de espíritus de padres e hijos, que encarna en esta tierra y todo lo que de obra hay en ella. Esta tierra rodeada de mares y cubierta de un cielo que no son iguales a los de otras latitudes. Al ser de esta patria y no de otra, aparecen de forma diferente a nuestra vista. “No hay tierra más linda que la tierra mía”, se recita en la canción Yo soy mexicano interpretada por Jorge Negrete.

Termino con una frase del guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, citada por Ángeles Mastretta en su artículo Fiera Patria (Nexos, septiembre de 1995): “La patria es el sabor de las cosas que comimos en la infancia”.

* Alejandro Guillén Reyes es Profesor Investigador de la licenciatura en Ciencias Políticas, titular de las materias Teoría Política Contemporánea y Sistema Político Mexicano. Ha sido catedrático de la UPAEP en las escuelas de Ciencias Políticas, Derecho, Periodismo y Ciencias de la Comunicación, desde 1990.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Carta de un Sacerdote a su Obispo

El mundo que vivimos no está dispuesto a la comunión ni a la obediencia, no está dispuesto a colaborar contigo en la edificación de un pueblo. Difícil misión la tuya cuando nosotros tus colaboradores –y quizá tú mismo- vivimos cada vez más lejos de nuestra gente.


Hace algunos años, llegó a mis manos un texto que me pareció interesante publicar, pero mis superiores consideraron muy duras las aseveraciones para ser dadas a conocer en el semanario católico, podría tratarse como “fuego amigo”. Afortunadamente conservé el original mecánico y años después de aquello vuelvo a leerlo y me parecen trascendentes las reflexiones que el autor propone, no con afán de provocar, como bien dice “…una meditación sobre la grandeza de un don puesto en la fragilidad de un hombre, meditación que quiere valer para todos los que, como yo, compartimos tu sacerdocio.” A mi parecer, una cavilación acorde a los pensamientos del actual Vicario de Cristo. Lo invito a leer con atención y saque sus conclusiones:


CARTA ABIERTA
Al Excmo. Sr. XXX
Arzobispo de XXX

Excelentísimo Señor:

No sería justo que dejara de dedicar a su último aniversario una nota que vengo desde hace tiempo escribiendo sobre su persona y su ministerio por la simple posibilidad de que la relación que me une a usted me impida la “objetividad”. Pero también hay la posibilidad de que, aceptando lo anterior hasta el punto de dar a la nota la forma, más “subjetiva”, de una carta abierta, lo que voy a decirle persuada de la importancia o interés del acontecimiento.


Querido Padre:

Hay sacerdocios que son de domingo y hay sacerdocios que son de jueves, los hay que nacen bajo el signo de los ramos y los hay que nacen bajo el signo del olivo; y aunque terminan todos en la cruz, hay sacerdocios que comienzan en Jerusalén y los hay que comienzan en Getsemaní. A tu sacerdocio maduro hay que felicitarlo, más que desde el clamor, desde el abandono; y más desde la lucha y la agonía para serlo que desde la dignidad y el aplauso que te hace creer que lo eres.

Yo no quisiera, pues, felicitar, en esta ocasión, al Obispo cuya imagen ideal ha sido equiparada al autorretrato de Cristo, y cuyo deber ser han cantado tan bellamente las Escrituras y el Magisterio de la Iglesia, sino al hombre que es Obispo, al hombre que no es ese ideal y que, sin embargo, lleva a cuestas una carga soportable sólo por el misterio de la cruz de Cristo.

Que la naturaleza de la Iglesia determina la naturaleza de tu Episcopado, eso lo sabemos; y que el misterio trinitario configura tu ser y actuar de Obispo, la Pastores Gregis nos lo ha recordado. También sabemos, que a pesar de la teología deficiente que muchos nosotros hicimos, que a Triple munus que se te ha confiado es el reflejo de la misión de Cristo y que, por tanto, tu “ser para” nosotros no te separa de tu “ser con” nosotros. Que eres signo e instrumento, unidad, comunión y sacramento. Que tu episcopado es un acto de amor y que, por ello, la caridad es el alma de tu ministerio, la esperanza su impulso y la fe su más sólido fundamento. Todo esto es cierto y repito, bien o mal, lo sabemos.

Sin embargo, el realismo nos debe llevar a reconocer que tu vocación se vive siempre en el contexto de grandes y graves dificultades, de debilidades propias y ajenas, de imprevistos cotidianos y de problemas personales e institucionales, que tu compromiso está caracterizado por necesidades cada vez más urgentes e imperiosas. Hay que reconocer también, que la transformación ontológica realizada en tu consagración no te ha infundido la perfección de las virtudes y que necesitas constantemente de la gracia de Dios que refuerce y perfeccione tu naturaleza humana, tan pobre en ti como en nosotros. Desde la conciencia de tu propia debilidad humana y de tu propio pecado, sabes que si tu ministerio episcopal no se apoya en el testimonio de santidad manifestado en la caridad pastoral, en la humildad y sencillez de vida, acaba por reducirse a un papel meramente funcional y pierde totalmente credibilidad entre nosotros y los fieles.

¿Cómo, pues, ser maestro de la fe en tiempos de creciente incredulidad e indiferencia? ¿Cómo comunicar un evangelio que se presenta como la plenitud de la verdad en los nuevos areópagos preñados de barbarie electrónica? ¿Cómo predicar y hacer viva y activa la Palabra en un ambiente de virtualidad mediática? ¿Cómo introducir en el corazón del misterio de la fe a un pueblo que practica desde niño la economía? ¿Cómo impregnar de fe a una cultura perdida en la inmanencia? ¿Cómo hacer al oyente de la Palabra a un hombre que sólo ve y ya no escucha? Difícil misión la tuya cuando nosotros tus colaboradores –y quizá tú mismo- estamos cada vez más comprometidos con la tierra.

Y qué decir de tu ministerio de santificación que pugna por realizarse en un mundo “ligth”, sin ideales ni objetivos trascendentes. De tu ser de signo de santidad, que ya pocos comprenden a fuerza de vivir la apoteosis de un sensualismo desbocado; de tu anuncio, ya casi sin eco, del misterio insondable de la misericordia de Dios en unas estructuras sociales cargadas, como nunca, de agresividad hacia el hombre. Pobre ha llegado a ser tu denuncia del pecado en una sociedad que profesa un fácil  naturalismo ético, fruto de una mentalidad genéticamente alérgica a la trascendencia, y en consecuencia, anémica y anómica, ha perdido el sentido mismo del pecado.

Difícil tu promoción de la oración en un mundo de masas despersonalizadas que viven a gusto en el ruido, que desconocen el dialogo y que transitan en la evasión. Difícil también tu presencia en la liturgia. Celebraciones reducidas a ritos que no dicen ya nada a la gente, templos viejos y cada vez más vacíos, lenguajes inentendibles, asambleas automatizadas e indiferentes. Eres el administrador sumo de la gracia y cómo pesa esa responsabilidad sobre la debilidad de tus hombros. Difícil misión la tuya cuando sin esperanza no se puede ser santo y cuando nosotros tus colaboradores –y quizá tú mismo- hemos dejado de levantar los ojos al cielo.

Es, sin embargo, en el ejercicio de gobierno donde más se manifiestan las dificultades de tu ministerio de Obispo. Todos sabemos –y tú más que nadie- que el episcopado es un servicio y no un honor, pero ¿quién cree hoy en el poder ejercido al margen de los reflectores de la política? ¿Quién cree en una autoridad emanada de la libertad interior, de la gratuidad inagotable y de la generosidad incansable? El pueblo se ha acostumbrado a ver el maridaje del poder con las riquezas, la ostentación, el despotismo y la injusticia, ¿cómo hacerle ver un poder unido a la humildad, la sencillez, la austeridad y la pobreza? Fundar tu gobierno en la autoridad moral y en la santidad de vida tropieza hoy –para ti y para nosotros- con muchas y graves dificultades. El mundo que vivimos no está dispuesto a la comunión ni a la obediencia, no está dispuesto a colaborar contigo en la edificación de un pueblo. Difícil misión la tuya cuando nosotros tus colaboradores –y quizá tú mismo- vivimos cada vez más lejos de nuestra gente.

Antonio Caso escribió alguna vez, desde su atalaya de filósofo, que la vocación de los apóstoles no pudo haber tenido mejor lugar que en la orilla del mar –donde comienza la visión de lo infinito-, y que Jesucristo no pudo haber llamado a mejores hombres que a los pescadores, hombres de esperanza acostumbrados a enfrentar tormentas sobre la fragilidad de una barca. Hoy cumple tu vida 73 años, de los cuales 35 han sido de Episcopado.

Felicidades al pescador que fue llamado un día para sostener la esperanza; felicidades al que remendaba redes y fue considerado digno de vivir para el servicio; felicidades al que dejó a su padre para confirmar la fe de sus hermanos; felicidades al hombre que aceptó la responsabilidad de la frágil barca del Maestro; y felicidades, sobre todo, al pobre hombre que lucha cada día para ser fiel a sus promesas.

De todos modos, la carta no ha querido ser de felicitación y sí una meditación sobre la grandeza de un don puesto en la fragilidad de un hombre, meditación que quiere valer para todos los que, como yo, compartimos tu sacerdocio.

“En las piedras, decía Sor Juana -verás el ‘aquí yace’; en los corazones- decimos hoy también como ella –verás el ‘aquí vive’. Acuérdate de nuestro deseo cuando eras presbítero y celebrabas la Eucaristía con nosotros: ¡ad multos annos vivas!

Atentamente Pbro. XXX

jueves, 10 de agosto de 2017

Buscando la imagen de Dios. Entrevista al fotógrafo Heriberto Cano Méndez

“Soy inmensamente feliz cuando hago fotografía y música”, sus dos grandes pasiones en la vida. Continúa, “en el subconsciente llevo la técnica, pero priva el corazón. Dios me dio mucho sentimiento, en las dos actividades que desarrollo”.


En su estudio, que se ubica en la 5 oriente 605, en el Barrio de los Sapos, nos recibe el fotógrafo poblano Heriberto Cano. Siempre tuvo claro lo que quería ser en la vida: “artista”. Contemporáneo del gobernador de Puebla Mario Marín Torres (2005-2011), fueron compañeros en la Secundaria Federal. Terminada la instrucción básica, incursionó en el canto y la composición. Obtuvo un segundo lugar en el Concurso de Canto de la Primera Feria Nacional de Puebla.

En su carrera como cantautor grabó dos discos, y participó en programas de radio y televisión. Ha tenido el privilegio que Estela Núñez y Alberto Vázquez, grabaran algunas de sus composiciones. Sin embargo, como él lo dice “si no estás en el ambiente es difícil seguir en la jugada”.


DEL CANTO A LA FOTOGRAFÍA

Se inició en la fotografía gracias al nacimiento de su primera hija, Beyder. Nos cuenta: “Cuando cantaba había gente que me tomaba fotos y me gustaba mucho, la fotografía me llamaba mucho la atención. Era un ‘hobby’ demasiado caro. Pero cuando nace mi primera hija, compré mi primera cámara”. Así inició su periplo por el arte fotográfico, tomando fotos en los cumpleaños y fiestas familiares. Continuaba cantando y viajando por toda la república. Pero, “cuando uno quiere ser artista, la juventud es importante, es difícil entender que te estás haciendo grande, los empresarios quieren gente joven, sino ya no te contratan”.

Cuando Heriberto cumplió 35 años, decidió quedarse en Puebla y sentar cabeza. La realidad empezó, y se hizo las preguntas: “¿Qué voy hacer? ¿En qué voy a trabajar?” Dejó la música. En ese tiempo su hija iba al kínder, y veía a los fotógrafos cómo tomaban fotos. Las vendían “como hojaldras en día de muertos”, nos comenta. “Yo le tomaba fotos a mi hija y las mamás me decían ‘Tómele una a mi niña’ Yo les decía —‘No, yo no soy fotógrafo’. Y ahí empecé a tomárselas a los niños en la escuela”. Pasó un año tomando fotos sin saber casi nada del arte de fotografiar. “Al ver las publicidades de fotografía —nos dice–, pensaba que eso era lo que yo quería hacer”.

Buscó la manera de estudiar, difícil en esa época en la angelopolis, fue a cursos de fotografía en la Asociación de Fotógrafos de Puebla. Su rostro se ilumina: “Me preparé tres años a conciencia. Saqué mis diplomados de Retrato, Producto, Fashion, y otros más. A partir de ahí no he dejado de estudiar”. No se conformó con el retrato social, no porque fueran malos sino porque en las dos actividades de su vida; el canto y la fotografía, siempre ha intentado ser el mejor.




LOGROS Y PREMIOS

En 1991 inició su vida profesional como fotógrafo. Empezó a participar en concursos de fotografía. Su primera imagen artística la denominó “Mujer en la niebla”, tomada en la Sierra Norte de Puebla. A la fecha tiene 26 años como fotógrafo profesional. Comenta con una gran sonrisa: “Soy inmensamente feliz cuando hago fotografía y música”, sus dos grandes pasiones en la vida. Continúa, “en el subconsciente llevo la técnica, pero priva el corazón. Dios me dio mucho sentimiento, en las dos actividades que desarrollo”.

Hubo un tiempo en la fotografía, que quiso ser técnicamente perfecto, fueron dos años del 2001 al 2002, sus fotografías eran frías, no transmitían nada. “Aprendí la técnica para perfeccionar mi trabajo, ahora la técnica es algo mecánico. Sé manejar la cámara sin preocuparme en los mecanismos, es lo que menos me importa, porque cuando empiezo a pensar en la técnica dejo de ver muchas cosas”. Ha ganado algunos  primeros lugares, dos importantes, la Kodak Gallery Award en 1993, fue el último premio que dio Kodak en México. La Diosa de la Luz en la revista Foto Zoom. También obtuvo la Maestría en la Asociación  Nacional de Fotógrafos.


FOTOGRAFÍA RELIGIOSA

Al fotógrafo lo hemos visto en la Procesión del Viernes Santo, le preguntamos ¿cuál es su experiencia en ese día tan importante para la los fieles católicos?

“¡Es maravilloso lo que simboliza, y el fervor de la gente! Algunas veces uno se rehúsa a creer, pero cuando ves a la gente, su rostro irradia su fe. Me dan escalofríos, a pesar de estar trabajando, ves el fervor del pueblo. Llegó un momento en que desde la parte alta de un hotel, al ver la procesión, sentí una paz como no se pueden imaginar. Como si la paz que lleva esa gente te la transmitieran”.

Buscando las imágenes detrás del lente fotográfico ha encontrado el rostro de la fe y la paz, pero también ha encontrado el “temor de Dios”. Nos cuenta: “Retratando un día un Cristo de Catedral, uno de marfil,  me dio pánico, temor, me impresionó tanto, al grado de decirle, ¡Señor, perdóname!”.

“Tuve otra experiencia, cuando tomé la imagen de la Capilla del Rosario, la trabajé en el estudio y al abrirla me dieron ganas de llorar”. Aclara su fe: “No soy fanático de la religión, soy un creyente, pero no me gusta fanatizarme. Quizá sea un mal católico pero soy muy creyente. Me impresionan los interiores de los templos, y los santos, sobre todo en los pueblos, que nos son tan estilizados”.

La experiencia de la fotografía lo ha llevado a encontrarse con la creación: “Una fotografía es un instante en el tiempo: un atardecer, un cielo, Dios nos lo dio así”. Concluye diciendo: “Un fotógrafo en cada imagen tiene una historia. Y yo, tengo más de mil historias que contar”.