viernes, 10 de noviembre de 2017

Ángel de mi guarda, mi dulce compañía

 ...No estamos contra ninguna manifestación temporal de las distintas emociones estéticas, cualquiera que sea su patrón estilístico, ni sus recurrencias para provocar las emotividades poéticas de sus posibles clientelas; después de todo, nadie tiene el monopolio de la verdad ni de la belleza, y toda obra no es más que una oferta expuesta a los criterios y cánones estéticos de los consumidores...


Por Pbro. Rogelio Montenegro Quiroz *

Una de las más connotadas plegarias de la herencia religiosa materna es esta súplica de protección, que todos aprendimos de niños. Digo herencia materna porque los papás de este país no saben rezar y pocos se preocupan de transmitir valores espirituales que sostengan la piedad de sus hijos y les abran el camino para su plena realización.

Pero mi inquietud presente nace en el Boulevard 5 de Mayo, entre las calles de Palafox y 3 Oriente, donde un día me sorprendió un extraño y gigantesco cuerpo poligonal con aspas de molino de viento, como en las locuras de Don Quijote; es de color amarillo retortijón que estruja todos los sentidos, especialmente el del gusto. Si fuera monumento exaltaría las epopeyas del pasado, las virtudes de nuestros héroes o las leyendas y mitos de nuestra historia, pero entonces serían más adivinables sus líneas, no tan absolutamente neutrales. Si quiere representar al ángel custodio necesita un letrero explicativo cuyos signos deberían tener un metro de altura para ser proporcionales.

Bien sabemos que no es el león como lo pintan, ni son fáciles las traslaciones de criaturas incorpóreas y angelicales de inconsútiles sustancias a las dimensiones espaciales y profanas de nuestro hábitat cotidiano. También sabemos que sus alas y lo airoso de su porte vienen de viejas culturas mesopotámicas, milenariamente sujetas a las modas estilísticas de todas las generaciones y concepciones antropomórficas de los distintos pueblos. Judíos, cristianos y musulmanes heredaron sus conformaciones y hoy son parte de sus universos religiosos, como servidores etéreos de la divinidad.

No estamos contra ninguna sacramental epifanía de las honduras del alma y sus amplios abanicos vivenciales. La poesía es el éxtasis sacrosanto de la estética; el don divino y misterioso de lo eterno y la ebullición dialéctica de lo humano. Es conjunción de tiempos y espacios, gozo y dolencia perfumados por el oficio diario de existir. Las compuertas explosivas de sus manifestaciones son plurales; no hay formas preferenciales o exclusivas, ni molduras perennes; sino la siempre rica y veleidosa creación repentina de lo nuevo y sorpresivo.

Pero lo que verdaderamente nos admira es su irrespetuosa falta de contextura artística, ya que en sus contornos inmediatos sobresalen las torres de nuestra hermosa Catedral Herreriana, las del Templo precisamente del Santo Ángel, la solemne y erguida torre de San Francisco en el trasfondo y en sus cercanías inmediatas los históricos barrios de Analco, La Luz y las viejas calles que entornan a la Compañía y a nuestra Plaza de Armas. Sus edificios, ahora Patrimonio de la Humanidad, son de inspiración barroca.

El Barroco es el estilo de los siglos XVII-XVIII. Se caracteriza por su tersura sentimental y romántica; su geometría profusamente desbordante de líneas curvas; es una réplica a los fríos y apolíneos logros del Neoclásico renacentista. Sus monumentos arquitectónicos europeos más representativos son: de Vignola, la Iglesia del Gesú en Roma; de Bernini y Borromini, la Columnata de San Pedro; de Carbonell, la Casa del Ayuntamiento en Madrid y de Manzart, el magnífico Palacio de Versalles.

El Barroco, con las traslaciones del tiempo, modas y caprichos, va a impulsar las elegantes líneas del Rococó francés y en las extremas expresiones de su exuberancia, aparece en las fantasías españolas de José Churriguera. En México el Barroco, ya con las recargas del Churrigueresco, provoca las policromías vivas del alma indígena, enriqueciendo los espacios con nuevas y paradisíacas abundancias, confiriendo a sus universos la profusión creadora y desbordada de la conjunción de un cielo a la altura de la tierra, de un Dios en las cercanías tangibles de lo humano.

Por otra parte, los monumentos de las ciudades democráticas se someten a concurso para que los hijos propios, los que han crecido en el palpitar de sus entrañas, ofrezcan sus proyectos y éstos se sometan a un jurado calificador. En las ciudades gobernadas por reyezuelos anacrónicos, todo se ejecuta según sus gustos y preferencias sin consultar al pueblo. A veces lo único democrático que nos queda son los tres años constitucionales de los mandatos, una esperanza trienal de no caer en los mismos gustos.

Repito, para que nos entendamos, no estamos contra ninguna manifestación temporal de las distintas emociones estéticas, cualquiera que sea su patrón estilístico, ni sus recurrencias para provocar las emotividades poéticas de sus posibles clientelas; después de todo, nadie tiene el monopolio de la verdad ni de la belleza, y toda obra no es más que una oferta expuesta a los criterios y cánones estéticos de los consumidores.

Puebla cuenta con muchas pinturas de ángeles barrocos, especialmente las dedicadas a San Miguel, inclusive estofados preciosos del mismo Arcángel que podrían inspirar para nuestro Centro Histórico, otros monumentos más en conjunción con los contornos. Por lo que toca a nuestro discutido y ultramodernista molino de viento, ya que lo bautizaron como ángel de la guarda, podría ir a custodiar el Centro Comercial Angelópolis.

Por lo que a mí me toca sigo rezando la oración de mi infancia: Ángel de mi guarda, mi dulce compañía líbrame de los autócratas de noche y de día.

* El autor es profesor del Seminario Palafoxiano de Puebla, Párroco del templo de Santa Rosa, Director del Instituto de Teología para Laicos “Camino, Verdad y Vida”. Conduce el programa de radio Buenas Noches Puebla que se transmite los días viernes por la XEHR 1090 de A.M.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Si hay un enfermo en casa...

...es necesario que nos sintamos obligados a tratar al paciente con caridad; hacerle ver su dignidad, armarnos de mucha paciencia y proporcionarle todo nuestro afecto de tal manera que lo note y aprecie, dándole oportunidad a agradecerlo...


Un enfermo serio, grave y/o crónico, puede poner a prueba a personas o familias enteras, tanto en lo físico, por exceso de trabajo; en lo económico, por los gastos grandes o interminables; y también en lo espiritual, por la incertidumbre que genera, y por lo interminable de los problemas que se nos vienen encima.

Por otro lado, los incesantes avances de la medicina y el trato con el personal médico y sanitario, pueden constituir otro problema y foco de desconcierto, desavenencias y contratiempos. Estos avances han conseguido prolongar la vida de los enfermos, pero no siempre mejorar el nivel de vida de ellos.

Considerando lo anterior, no se debe olvidar que Dios es el Señor de la Vida, y todo recurso médico o quirúrgico, debe someterse al análisis ético y moral antes de decidir si han de aceptarse o rechazarse. Hay que agregar que frecuentemente se debe tomar la opinión del mismo paciente, lo que es adecuado, pero también la de padres de familia, hijos, hermanos y otros familiares. La vida tiene un enorme valor, al igual que el sufrimiento, particularmente la de los pacientes, pero también de las personas que les atienden y acompañan.


Un don que no se debe menospreciar

La vida es un regalo que Dios nos dio a cada uno, regalo que tenemos la obligación de respetar desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. Por lo tanto, cualquier manipulación que acorte o disminuya la vida de una persona, antepone el deseo de la persona que lo hizo a la voluntad de Dios. Dicho acto se llama eutanasia o “suicidio asistido” y ha sido invocado por personas y aún organizaciones que lo promueven y piensan que es una solución ante el sufrimiento severo o prolongado. Este crimen es efectuado en personas que habitualmente no tienen la menor posibilidad de impedirlo, como personas en estados de inconsciencia, paralíticos o desnutridos, lo que aumenta la culpabilidad. Ante esto ¿Qué debe hacer un buen cristiano?

El Papa Pío XII precisó ante los Colegios de Médicos en Europa, qué medios deben considerarse como ordinarios y cuáles como extraordinarios. Los primeros son obligatorios de seguirse, no así los extraordinarios. Ordinarios son aquellos que son aceptados en todo el mundo; tales como el oxígeno, los líquidos y transfusiones de sangre, la alimentación por cualquier vía, la radio y quimioterapia entre otras opciones. Los medios extraordinarios son aquellos que no han sido totalmente aprobados o que están fuera de proporción entre el riesgo que se corre y el beneficio que pueda proporcionar, así como la calidad de vida que ha de dejar (consecuencias físicas y mentales o psicológicas).

Es importante preguntarse: ¿Qué se logra con el tratamiento propuesto? ¿Solamente se retrasará la muerte un corto tiempo de horas o días? ¿La calidad de vida mejorará considerablemente o no? ¿Hay otras posibilidades de tratamiento menos riesgoso y con resultados semejantes?

Capítulo muy importante es la administración de analgésicos y/o sedantes para aliviar el dolor u otros componentes que hagan sufrir al paciente. Es necesario que estos temas se traten con el paciente si es posible. Hay enfermedades que acarrean gran sufrimiento, mucho y prolongado dolor, particularmente algunas variedades de cáncer.


¿Cómo afrontar los síntomas de la enfermedad?

Cristo nos redimió mediante su sufrimiento, dolor y muerte, y nos propone que lo imitemos para tratar de conseguir cada quien su propia salvación. Su ejemplo es claro, pero la debilidad humana es mucha y soportar el grado de dolor y sufrimiento que vivió Cristo es prácticamente imposible. Lo que se debe hacer es que el paciente sobrelleve el dolor y el sufrimiento lo mejor posible, ofrecerlo siempre a Dios y tener presente que debe hacerse su voluntad y no la nuestra.

A toda persona en condición grave y con secuelas de su enfermedad o tratamiento, como parálisis, dolor persistente o severo, que permanezca consciente, siempre deben administrarle los Sacramentos, particularmente la Confesión, la Comunión y la Unción de los enfermos. Se le debe hablar de Dios, leer con él la Biblia, rezar con él. También a aquellos que son incrédulos, al enfrentar una enfermedad grave o estar en peligro de muerte, se les hace reflexionar y convertirse al Señor. Llevarles la Unción de los Enfermos es igualmente obligatorio. Este Sacramento no debe buscarse como una última posibilidad de auxilio y con el paciente en condición pre mortem; muchas veces ayuda a superar enfermedades que se han considerado insalvables, es decir, ayudan o consiguen la curación de muchos enfermos graves.

A las personas que acompañan y trabajan con pacientes, sean familiares de éste o no, se les sugiere que no sea solamente un familiar quien lo haga; conviene –por el enfermo y por ellos mismos— que sean varios. Una sola persona rápidamente se cansa, se aburre, pierde responsabilidad y ya no quiere cuidar al paciente. Varias personas, por el contrario, se ayudan, se organizan, alegran y varían el trabajo y panorama del paciente; sobre todo, si su condición se prolonga de forma considerable. De todos modos, es necesario que nos sintamos obligados a tratar al paciente con caridad; hacerle ver su dignidad, valerse de paciencia y proporcionarle mucho afecto de tal manera que lo note y aprecie, dándole oportunidad a agradecerlo. Si todo esto se le ofrece a Dios, será tomado en beneficio de quien lo realizó y quienes lo rodean. Por el contrario, la impaciencia, los malos modos, la falta de caridad, el fastidio y el aburrimiento en el trato de la persona enferma, son actos negativos que se notan por el mismo paciente y pronto sentirá que está estorbando, molestando y dándole trabajo inútil a las personas que lo rodean.

Aprovechemos y hagamos aprovechar la presencia de un enfermo tal y como la presencia de Dios mismo.

viernes, 13 de octubre de 2017

¿Qué significa ser laico?

A veces pienso que en la Iglesia no queremos aceptar la “noche obscura” de la historia y la evitamos buscando seguridades dogmáticas, éticas y rituales que a mi juicio corren el riesgo de estancar el crecimiento humano y espiritual de la comunidad...


Por María Eugenia Sánchez Díaz de Rivera *

El concepto de “laico” es un tema difícil, delicado y que, con frecuencia, si es tratado a fondo, genera polémicas, dudas, o callejones sin salida. ¿Por qué? Porque detrás del concepto “laico” hay toda una Eclesiología que a muchas colectividades de católicos en el mundo ya no le parece tener suficiente fundamento evangélico. Y, sin embargo, yo me pregunto si es posible que la comunidad eclesial avance en un auténtico seguimiento de Jesús sin enfrentar el desafío de cuestionar esa eclesiología. Repito, se trata de un tema que tan solo tocarlo levanta muros que parecen infranqueables.

Desde que el cristianismo asumió elementos culturales del imperio romano en decadencia hasta el Concilio Vaticano II, el laico fue definido como el cristiano que no era sacerdote, o que no era monje o religioso. Y durante todo ese período histórico, la dicotomía clérigo/laico se fue cristalizando en una especie de dicotomía profano/sagrado.

La sacralización del “sacerdote” significó, de hecho, la “profanización” del laico. El sacerdocio novotestamentario se fue convirtiendo, culturalmente hablando, en un sacerdocio con las características del Antiguo Testamento, en el que se consideraba al sacerdote como mediador entre el ser humano y Dios. Muchos teólogos han tratado este tema con amplitud. Me viene a la mente, por ejemplo, el libro de J. Ignacio González Fauss (1) en el que afirma:

“Deliberadamente, el Nuevo Testamento evita siempre llamar ‘sacerdotes’ a los dirigentes cristianos, comenzando por los mismos apóstoles. La Iglesia ha de tener y tuvo siempre sus dirigentes, pero esos dirigentes no tienen nada que ver con el hecho religioso del ‘sacerdocio’, sino con el hecho existencial de la vida entregada a Jesús.

“La tendencia a sacralizarlos es producto del psiquismo humano. Jesús es el único mediador, y regresar al tipo de sacerdocio sacralizado del Antiguo Testamento es una constante tentación”.

Yo pienso que precisamente esa sacralización se ha convertido en un obstáculo a la maduración humana y de la fe del pueblo de Dios, incluido la del clero. Sin embargo, plantear esta problemática genera mucho temor porque la religiosidad y las identidades eclesiales se han construido históricamente en esa dicotomía de clérigos-laicos (2), y su modificación es dolorosa.

El Concilio Vaticano II empezó a abrir una brecha hacia la profundización de estas realidades. Probablemente las puertas que abrió el Concilio acerca de la prioridad del Bautismo, de la colegialidad en el gobierno de la Iglesia, de pasar de una Iglesia monárquica a una Iglesia Pueblo de Dios, de la conciencia como la última instancia de decisión moral, generaron dinámicas difíciles de manejar y eso explica una especie de retroceso posterior que tal vez fue bueno para algunos, pero que a muchos católicos hizo daño.

La reelaboración de la identidad eclesial indispensable para caminar hacia una Iglesia más fiel a Jesús y a la humanidad habitada por el Espíritu; hacia una Iglesia más comunitaria, más contemplativa, más profética, más comprometida y más ecuménica, no podrá hacerse sin una búsqueda honesta en la que sacerdotes, religiosos y laicos estemos dispuestos a cuestionar nuestras identidades tradicionales y a asumir juntos una búsqueda existencial y de fe más profunda. Y eso supone riesgos que hay que correr.

Las estructuras y determinadas concepciones actuales sobre la Iglesia no favorecen dicha búsqueda. A pesar de ello nuevas formas de vida eclesial están surgiendo de manera silenciosa y humilde en todas las latitudes, en ellas la dicotomía clérigo/laico está siendo superada.

A veces pienso que en la Iglesia no queremos aceptar la “noche obscura” de la historia y que la evitamos buscando seguridades dogmáticas, éticas y rituales que a mi juicio corren el riesgo de estancar el crecimiento humano y espiritual de la comunidad. Como si nos resistiéramos a confiar en la acción del Espíritu y a aceptar humildemente una búsqueda colectiva de lenguajes que nos ayuden a penetrar más en la profundidad de Dios y en el compromiso con el drama y la plenitud humanas.


Notas
(1) González Fauss, José Ignacio. Hombres de la comunidad. Apuntes sobre el ministerio eclesial. Ed. Sal Terrae. Presencia Teológica. Santander 1989.

(2) Parent, Remi. Una Iglesia de bautizados. Para una superación de la oposición clérigos/laicos. Sal Terrae. Santander, 1987.


* La autora es profesora e investigadora en la Universidad Iberoamericana Puebla. Doctora en Sociología por l’Ecole des Hautes Études en Sciences Sociales de Paris, asesora del Programa de Desarrollo Rural de la Fundación Ford para México y Centroamérica. Iniciadora y Directora del Centro de Reflexión y Promoción Social y fundadora de la Cátedra Alain Touraine de la Universidad Iberoamericana Puebla.

sábado, 23 de septiembre de 2017

La pobreza como escándalo y bienaventuranza

Bienaventurados los que comparten no como una dádiva sino con la clara conciencia de que solamente son administradores de las riquezas que a todos pertenecen. Bienaventurados los que luchan por la justicia para que no sea el asistencialismo que avergüenza sino la relación horizontal que dignifica las estructuras sociales.


Por María Eugenia Sánchez Díaz de Rivera *

La pobreza es un escándalo y es una bienaventuranza. Es un escándalo cuando significa la imposibilidad para los seres humanos de reproducir la vida digna en comunidad, mientras hay grupos de seres humanos que derrochan los bienes de la tierra.

Es bienaventuranza cuando significa un bienestar sencillo que nos hermana con los demás y nos ayuda a permanecer como peregrinos que somos. No podemos, los que queremos seguir a Cristo, por más vueltas que le demos, escapar a la interpelación de la pobreza, como escándalo que reclama el compromiso social, y como bienaventuranza que demanda profundidad existencial. Se trata, pues, de una interpelación que tiene varias dimensiones: La modificación de estilos de vida, la lucha por la justicia y la profundidad mística.

Es un hecho constatable que la cultura de la abundancia genera pobreza. Los estilos de vida que se han vuelto modelos de felicidad y que de alguna forma viven una porción limitada de la población mundial, no sólo son inviables ecológica y socialmente para la totalidad de los seres humanos, sino están a la base de la dinámica de exclusión y depredación de la economía mundial. Únicamente es posible mantener formas de vida con tan altos índices de consumo de energía, de agua y de producción de desechos, si la mayoría de la población carece de ellos.

La pobreza como bienestar sencillo para todos parecería el camino a seguir si se quiere salvaguardar la convivencia social y la salud del planeta. Modificar esa realidad es muy difícil, por lo que significa revertir andamiajes sociales, hábitos individuales y valores colectivos. Pero paradójicamente no parece haber otro camino.

La modificación de estilos de vida que permitan una mayor equidad social y una mejor gestión de los recursos naturales, no puede darse haciendo caso omiso de la dimensión política, concretamente de la lucha por la justicia que indudablemente tiene un componente conflictivo del que la vida de Jesús es un claro ejemplo.

La lucha por la justicia supone aprender a vivir la confrontación no violenta, que es no violenta pero que es confrontación, y que debe darse a nivel local, institucional, eclesial, nacional, internacional.

Es un modo de ser y de trabajar, es una exigencia del amor cristiano por la víctima y por el victimario, a la escala y de la gravedad o levedad que sea esa injusticia.

Finalmente, la profundidad mística es esa dimensión indispensable para disponernos a acoger esos dones del Espíritu, siempre presentes, capaces de darnos la fortaleza y la alegría necesaria para ser pobres, desinstalados, dispuestos a compartir, conscientes de nuestra vulnerabilidad, co-responsables con Jesús de la construcción de la fraternidad que es la materia prima de la salvación. Es la profundidad mística la que nos abre los ojos para descubrir a Jesús en el pobre, en el que sufre, en el preso, independientemente de la bondad subjetiva de ese pobre, de ese sufriente o de ese preso.

Armido Rizzi, dice que la comunidad espiritual por excelencia es la comunidad de bienes, porque la “compartición” de bienes es la manera privilegiada de renunciar a sentirnos dueños de los demás y de la naturaleza, reconociendo así a un único Señor. Porque la comunidad de bienes es la que nos lleva a desabsolutizar la riqueza y hacernos tomar conciencia de nuestro carácter de peregrinos. Porque el pan que es algo “material”, al compartirlo se convierte en “espiritual”, y aficionarnos a las bellas liturgias y a las actividades artísticas consideradas tradicionalmente espirituales, pueden convertirse en un acto “carnal” en el sentido bíblico, si se evade con ello la preocupación existencial por la construcción de la fraternidad, si nos olvidamos del pobre, del huérfano, de la viuda, del forastero, es decir, de los excluidos, discriminados, y explotados de la sociedad actual.

“Bienaventurados los pobres porque de ellos es el reino de los cielos”, “bienaventurados los pobres de espíritu”, es decir, aquellos que tienen la fuerza espiritual de compartir sus bienes con los necesitados de ellos. Bienaventurados los que comparten no como una dádiva sino con la clara conciencia de que solamente son administradores de las riquezas que a todos pertenecen.

Bienaventurados los que luchan por la justicia para que no sea el asistencialismo que avergüenza sino la relación horizontal que dignifica la que esté a la base de las estructuras sociales.

Bienaventurados porque no hay vida espiritual profunda, ni gozo real interior, sin la solidaridad cotidiana con el sufrimiento del débil y del excluido.

Ojalá y podamos ser, como comunidad cristiana “Sacramento del Dios hecho Pobre” como dijo el cardenal Roger Etchegaray.

* La autora es académica investigadora del Departamento de Humanidades de la Universidad Iberoamericana Puebla

martes, 12 de septiembre de 2017

Cuando hablamos de la patria ¿de qué hablamos?

El amor a la patria es (...) una compenetración de espíritus de padres e hijos, que encarna en esta tierra y todo lo que de obra hay en ella. Esta tierra rodeada de mares y cubierta de un cielo que no son iguales a los de otras latitudes.


Por Alejandro Guillén Reyes *

“Palabras tan ricas de sentido”, escribió Gustave Thibon. “Tan ricas de sentimientos, tan ricas de experiencias y de intuición, que casi no se dejan definir?” Tal es el caso de la palabra mencionada en el título de este artículo y que, por supuesto, no pretendo agotar su contenido o encajonarla en un par de cuartillas. Sin embargo, por el mes que está transcurriendo, vale la pena, al menos, acercarnos a ella.

Etimológicamente, la palabra patria quiere decir “tierra de los padres”. La patria es, ante todo, un territorio. Pero no es un pedazo de tierra cualquiera. Si la patria sólo fuera esto, entonces no habría un amor común hacia ella en este tiempo en el cual parece tener unos cuantos dueños. No. Se trata de la tierra en la que nuestros padres han vivido y han trabajado por y para nosotros, sus hijos. Así, esta tierra adquiere un valor no económico, sino estimativo. Tal vez, por esta razón, nos duele el recordar ese episodio de nuestra historia en la que se perdió más de la mitad del territorio.

El Diccionario de la Real Academia Española tiene como primera acepción de la palabra patria la “Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos”. Es decir, la patria es tan generosa que no importa si no se nace en su tierra. Incluso puede prescindirse del vínculo jurídico, porque este vínculo es con el Estado. Basta con que el ser humano ame esta tierra que entraña las luces y sombras de un pasado, el vértigo del presente y la esperanza de un futuro mejor para todos los que deseamos vivir y morir en ella. Es la tierra de nuestros padres abrazando, no sólo a sus hijos que hemos nacido en ella, sino también a nuestros hermanos adoptivos.

¡Qué terrible es saber que una buena cantidad de compatriotas abandonan esta tierra porque no encuentran oportunidades para vivir dignamente! Aun cuando están lejos de su patria muchos de ellos no dejan de sentir nostalgia y melancolía por ella.

Rodrigo Borja, en su Diccionario de Política, establece que la patria es un término “esencialmente subjetivo y sentimental que se refiere al país donde se ha nacido o al que se debe lealtad. Se llama también patria a una parte de ese territorio o a la tierra natal con la que se tienen vinculaciones de afecto”. Esa parte del territorio es lo que denominamos la patria chica.

“Toda nuestra vida familiar o parte muy principal de ella -escribió Santiago Ramírez en Orden Político- todo nuestro vecindario y todo el sabor de la naturaleza en que está asentado; toda nuestra religión, y nuestras costumbres, y nuestros modismos, y nuestros juegos, y nuestras canciones”.

La patria es también herencia de nuestros padres. Se hereda la tierra con todo lo que en ella se dejó de vida humana. Están plasmados en esta tierra testimonios perpetuos de su presencia temporal aquí. “Comprendemos, pues -reflexionó Jean Ousset en Patria, Nación y Estado; que por extensión la patria pude ser en realidad, el patrimonio entero, el conjunto que nos han dejado nuestros antepasados. No sólo la tierra, también los templos, las catedrales, los palacios y los torreones de que se ha visto cubierta en el curso de las edades. Y todas las maravillas de la industria o las artes, monumentos del pensamiento y del genio. ¡Toda la herencia! Tanto la tierra como los legados materiales, intelectuales, espirituales y morales”.

Aprendí del entrañable Fray Silvestre que el amor es una compenetración de espíritus. El amor a la patria es por lo tanto una compenetración de espíritus de padres e hijos, que encarna en esta tierra y todo lo que de obra hay en ella. Esta tierra rodeada de mares y cubierta de un cielo que no son iguales a los de otras latitudes. Al ser de esta patria y no de otra, aparecen de forma diferente a nuestra vista. “No hay tierra más linda que la tierra mía”, se recita en la canción Yo soy mexicano interpretada por Jorge Negrete.

Termino con una frase del guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, citada por Ángeles Mastretta en su artículo Fiera Patria (Nexos, septiembre de 1995): “La patria es el sabor de las cosas que comimos en la infancia”.

* Alejandro Guillén Reyes es Profesor Investigador de la licenciatura en Ciencias Políticas, titular de las materias Teoría Política Contemporánea y Sistema Político Mexicano. Ha sido catedrático de la UPAEP en las escuelas de Ciencias Políticas, Derecho, Periodismo y Ciencias de la Comunicación, desde 1990.