sábado, 23 de septiembre de 2017

La pobreza como escándalo y bienaventuranza

Bienaventurados los que comparten no como una dádiva sino con la clara conciencia de que solamente son administradores de las riquezas que a todos pertenecen. Bienaventurados los que luchan por la justicia para que no sea el asistencialismo que avergüenza sino la relación horizontal que dignifica las estructuras sociales.


Por María Eugenia Sánchez Díaz de Rivera *

La pobreza es un escándalo y es una bienaventuranza. Es un escándalo cuando significa la imposibilidad para los seres humanos de reproducir la vida digna en comunidad, mientras hay grupos de seres humanos que derrochan los bienes de la tierra.

Es bienaventuranza cuando significa un bienestar sencillo que nos hermana con los demás y nos ayuda a permanecer como peregrinos que somos. No podemos, los que queremos seguir a Cristo, por más vueltas que le demos, escapar a la interpelación de la pobreza, como escándalo que reclama el compromiso social, y como bienaventuranza que demanda profundidad existencial. Se trata, pues, de una interpelación que tiene varias dimensiones: La modificación de estilos de vida, la lucha por la justicia y la profundidad mística.

Es un hecho constatable que la cultura de la abundancia genera pobreza. Los estilos de vida que se han vuelto modelos de felicidad y que de alguna forma viven una porción limitada de la población mundial, no sólo son inviables ecológica y socialmente para la totalidad de los seres humanos, sino están a la base de la dinámica de exclusión y depredación de la economía mundial. Únicamente es posible mantener formas de vida con tan altos índices de consumo de energía, de agua y de producción de desechos, si la mayoría de la población carece de ellos.

La pobreza como bienestar sencillo para todos parecería el camino a seguir si se quiere salvaguardar la convivencia social y la salud del planeta. Modificar esa realidad es muy difícil, por lo que significa revertir andamiajes sociales, hábitos individuales y valores colectivos. Pero paradójicamente no parece haber otro camino.

La modificación de estilos de vida que permitan una mayor equidad social y una mejor gestión de los recursos naturales, no puede darse haciendo caso omiso de la dimensión política, concretamente de la lucha por la justicia que indudablemente tiene un componente conflictivo del que la vida de Jesús es un claro ejemplo.

La lucha por la justicia supone aprender a vivir la confrontación no violenta, que es no violenta pero que es confrontación, y que debe darse a nivel local, institucional, eclesial, nacional, internacional.

Es un modo de ser y de trabajar, es una exigencia del amor cristiano por la víctima y por el victimario, a la escala y de la gravedad o levedad que sea esa injusticia.

Finalmente, la profundidad mística es esa dimensión indispensable para disponernos a acoger esos dones del Espíritu, siempre presentes, capaces de darnos la fortaleza y la alegría necesaria para ser pobres, desinstalados, dispuestos a compartir, conscientes de nuestra vulnerabilidad, co-responsables con Jesús de la construcción de la fraternidad que es la materia prima de la salvación. Es la profundidad mística la que nos abre los ojos para descubrir a Jesús en el pobre, en el que sufre, en el preso, independientemente de la bondad subjetiva de ese pobre, de ese sufriente o de ese preso.

Armido Rizzi, dice que la comunidad espiritual por excelencia es la comunidad de bienes, porque la “compartición” de bienes es la manera privilegiada de renunciar a sentirnos dueños de los demás y de la naturaleza, reconociendo así a un único Señor. Porque la comunidad de bienes es la que nos lleva a desabsolutizar la riqueza y hacernos tomar conciencia de nuestro carácter de peregrinos. Porque el pan que es algo “material”, al compartirlo se convierte en “espiritual”, y aficionarnos a las bellas liturgias y a las actividades artísticas consideradas tradicionalmente espirituales, pueden convertirse en un acto “carnal” en el sentido bíblico, si se evade con ello la preocupación existencial por la construcción de la fraternidad, si nos olvidamos del pobre, del huérfano, de la viuda, del forastero, es decir, de los excluidos, discriminados, y explotados de la sociedad actual.

“Bienaventurados los pobres porque de ellos es el reino de los cielos”, “bienaventurados los pobres de espíritu”, es decir, aquellos que tienen la fuerza espiritual de compartir sus bienes con los necesitados de ellos. Bienaventurados los que comparten no como una dádiva sino con la clara conciencia de que solamente son administradores de las riquezas que a todos pertenecen.

Bienaventurados los que luchan por la justicia para que no sea el asistencialismo que avergüenza sino la relación horizontal que dignifica la que esté a la base de las estructuras sociales.

Bienaventurados porque no hay vida espiritual profunda, ni gozo real interior, sin la solidaridad cotidiana con el sufrimiento del débil y del excluido.

Ojalá y podamos ser, como comunidad cristiana “Sacramento del Dios hecho Pobre” como dijo el cardenal Roger Etchegaray.

* La autora es académica investigadora del Departamento de Humanidades de la Universidad Iberoamericana Puebla

martes, 12 de septiembre de 2017

Cuando hablamos de la patria ¿de qué hablamos?

El amor a la patria es (...) una compenetración de espíritus de padres e hijos, que encarna en esta tierra y todo lo que de obra hay en ella. Esta tierra rodeada de mares y cubierta de un cielo que no son iguales a los de otras latitudes.


Por Alejandro Guillén Reyes *

“Palabras tan ricas de sentido”, escribió Gustave Thibon. “Tan ricas de sentimientos, tan ricas de experiencias y de intuición, que casi no se dejan definir?” Tal es el caso de la palabra mencionada en el título de este artículo y que, por supuesto, no pretendo agotar su contenido o encajonarla en un par de cuartillas. Sin embargo, por el mes que está transcurriendo, vale la pena, al menos, acercarnos a ella.

Etimológicamente, la palabra patria quiere decir “tierra de los padres”. La patria es, ante todo, un territorio. Pero no es un pedazo de tierra cualquiera. Si la patria sólo fuera esto, entonces no habría un amor común hacia ella en este tiempo en el cual parece tener unos cuantos dueños. No. Se trata de la tierra en la que nuestros padres han vivido y han trabajado por y para nosotros, sus hijos. Así, esta tierra adquiere un valor no económico, sino estimativo. Tal vez, por esta razón, nos duele el recordar ese episodio de nuestra historia en la que se perdió más de la mitad del territorio.

El Diccionario de la Real Academia Española tiene como primera acepción de la palabra patria la “Tierra natal o adoptiva ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano por vínculos jurídicos, históricos y afectivos”. Es decir, la patria es tan generosa que no importa si no se nace en su tierra. Incluso puede prescindirse del vínculo jurídico, porque este vínculo es con el Estado. Basta con que el ser humano ame esta tierra que entraña las luces y sombras de un pasado, el vértigo del presente y la esperanza de un futuro mejor para todos los que deseamos vivir y morir en ella. Es la tierra de nuestros padres abrazando, no sólo a sus hijos que hemos nacido en ella, sino también a nuestros hermanos adoptivos.

¡Qué terrible es saber que una buena cantidad de compatriotas abandonan esta tierra porque no encuentran oportunidades para vivir dignamente! Aun cuando están lejos de su patria muchos de ellos no dejan de sentir nostalgia y melancolía por ella.

Rodrigo Borja, en su Diccionario de Política, establece que la patria es un término “esencialmente subjetivo y sentimental que se refiere al país donde se ha nacido o al que se debe lealtad. Se llama también patria a una parte de ese territorio o a la tierra natal con la que se tienen vinculaciones de afecto”. Esa parte del territorio es lo que denominamos la patria chica.

“Toda nuestra vida familiar o parte muy principal de ella -escribió Santiago Ramírez en Orden Político- todo nuestro vecindario y todo el sabor de la naturaleza en que está asentado; toda nuestra religión, y nuestras costumbres, y nuestros modismos, y nuestros juegos, y nuestras canciones”.

La patria es también herencia de nuestros padres. Se hereda la tierra con todo lo que en ella se dejó de vida humana. Están plasmados en esta tierra testimonios perpetuos de su presencia temporal aquí. “Comprendemos, pues -reflexionó Jean Ousset en Patria, Nación y Estado; que por extensión la patria pude ser en realidad, el patrimonio entero, el conjunto que nos han dejado nuestros antepasados. No sólo la tierra, también los templos, las catedrales, los palacios y los torreones de que se ha visto cubierta en el curso de las edades. Y todas las maravillas de la industria o las artes, monumentos del pensamiento y del genio. ¡Toda la herencia! Tanto la tierra como los legados materiales, intelectuales, espirituales y morales”.

Aprendí del entrañable Fray Silvestre que el amor es una compenetración de espíritus. El amor a la patria es por lo tanto una compenetración de espíritus de padres e hijos, que encarna en esta tierra y todo lo que de obra hay en ella. Esta tierra rodeada de mares y cubierta de un cielo que no son iguales a los de otras latitudes. Al ser de esta patria y no de otra, aparecen de forma diferente a nuestra vista. “No hay tierra más linda que la tierra mía”, se recita en la canción Yo soy mexicano interpretada por Jorge Negrete.

Termino con una frase del guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, citada por Ángeles Mastretta en su artículo Fiera Patria (Nexos, septiembre de 1995): “La patria es el sabor de las cosas que comimos en la infancia”.

* Alejandro Guillén Reyes es Profesor Investigador de la licenciatura en Ciencias Políticas, titular de las materias Teoría Política Contemporánea y Sistema Político Mexicano. Ha sido catedrático de la UPAEP en las escuelas de Ciencias Políticas, Derecho, Periodismo y Ciencias de la Comunicación, desde 1990.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Carta de un Sacerdote a su Obispo

El mundo que vivimos no está dispuesto a la comunión ni a la obediencia, no está dispuesto a colaborar contigo en la edificación de un pueblo. Difícil misión la tuya cuando nosotros tus colaboradores –y quizá tú mismo- vivimos cada vez más lejos de nuestra gente.


Hace algunos años, llegó a mis manos un texto que me pareció interesante publicar, pero mis superiores consideraron muy duras las aseveraciones para ser dadas a conocer en el semanario católico, podría tratarse como “fuego amigo”. Afortunadamente conservé el original mecánico y años después de aquello vuelvo a leerlo y me parecen trascendentes las reflexiones que el autor propone, no con afán de provocar, como bien dice “…una meditación sobre la grandeza de un don puesto en la fragilidad de un hombre, meditación que quiere valer para todos los que, como yo, compartimos tu sacerdocio.” A mi parecer, una cavilación acorde a los pensamientos del actual Vicario de Cristo. Lo invito a leer con atención y saque sus conclusiones:


CARTA ABIERTA
Al Excmo. Sr. XXX
Arzobispo de XXX

Excelentísimo Señor:

No sería justo que dejara de dedicar a su último aniversario una nota que vengo desde hace tiempo escribiendo sobre su persona y su ministerio por la simple posibilidad de que la relación que me une a usted me impida la “objetividad”. Pero también hay la posibilidad de que, aceptando lo anterior hasta el punto de dar a la nota la forma, más “subjetiva”, de una carta abierta, lo que voy a decirle persuada de la importancia o interés del acontecimiento.


Querido Padre:

Hay sacerdocios que son de domingo y hay sacerdocios que son de jueves, los hay que nacen bajo el signo de los ramos y los hay que nacen bajo el signo del olivo; y aunque terminan todos en la cruz, hay sacerdocios que comienzan en Jerusalén y los hay que comienzan en Getsemaní. A tu sacerdocio maduro hay que felicitarlo, más que desde el clamor, desde el abandono; y más desde la lucha y la agonía para serlo que desde la dignidad y el aplauso que te hace creer que lo eres.

Yo no quisiera, pues, felicitar, en esta ocasión, al Obispo cuya imagen ideal ha sido equiparada al autorretrato de Cristo, y cuyo deber ser han cantado tan bellamente las Escrituras y el Magisterio de la Iglesia, sino al hombre que es Obispo, al hombre que no es ese ideal y que, sin embargo, lleva a cuestas una carga soportable sólo por el misterio de la cruz de Cristo.

Que la naturaleza de la Iglesia determina la naturaleza de tu Episcopado, eso lo sabemos; y que el misterio trinitario configura tu ser y actuar de Obispo, la Pastores Gregis nos lo ha recordado. También sabemos, que a pesar de la teología deficiente que muchos nosotros hicimos, que a Triple munus que se te ha confiado es el reflejo de la misión de Cristo y que, por tanto, tu “ser para” nosotros no te separa de tu “ser con” nosotros. Que eres signo e instrumento, unidad, comunión y sacramento. Que tu episcopado es un acto de amor y que, por ello, la caridad es el alma de tu ministerio, la esperanza su impulso y la fe su más sólido fundamento. Todo esto es cierto y repito, bien o mal, lo sabemos.

Sin embargo, el realismo nos debe llevar a reconocer que tu vocación se vive siempre en el contexto de grandes y graves dificultades, de debilidades propias y ajenas, de imprevistos cotidianos y de problemas personales e institucionales, que tu compromiso está caracterizado por necesidades cada vez más urgentes e imperiosas. Hay que reconocer también, que la transformación ontológica realizada en tu consagración no te ha infundido la perfección de las virtudes y que necesitas constantemente de la gracia de Dios que refuerce y perfeccione tu naturaleza humana, tan pobre en ti como en nosotros. Desde la conciencia de tu propia debilidad humana y de tu propio pecado, sabes que si tu ministerio episcopal no se apoya en el testimonio de santidad manifestado en la caridad pastoral, en la humildad y sencillez de vida, acaba por reducirse a un papel meramente funcional y pierde totalmente credibilidad entre nosotros y los fieles.

¿Cómo, pues, ser maestro de la fe en tiempos de creciente incredulidad e indiferencia? ¿Cómo comunicar un evangelio que se presenta como la plenitud de la verdad en los nuevos areópagos preñados de barbarie electrónica? ¿Cómo predicar y hacer viva y activa la Palabra en un ambiente de virtualidad mediática? ¿Cómo introducir en el corazón del misterio de la fe a un pueblo que practica desde niño la economía? ¿Cómo impregnar de fe a una cultura perdida en la inmanencia? ¿Cómo hacer al oyente de la Palabra a un hombre que sólo ve y ya no escucha? Difícil misión la tuya cuando nosotros tus colaboradores –y quizá tú mismo- estamos cada vez más comprometidos con la tierra.

Y qué decir de tu ministerio de santificación que pugna por realizarse en un mundo “ligth”, sin ideales ni objetivos trascendentes. De tu ser de signo de santidad, que ya pocos comprenden a fuerza de vivir la apoteosis de un sensualismo desbocado; de tu anuncio, ya casi sin eco, del misterio insondable de la misericordia de Dios en unas estructuras sociales cargadas, como nunca, de agresividad hacia el hombre. Pobre ha llegado a ser tu denuncia del pecado en una sociedad que profesa un fácil  naturalismo ético, fruto de una mentalidad genéticamente alérgica a la trascendencia, y en consecuencia, anémica y anómica, ha perdido el sentido mismo del pecado.

Difícil tu promoción de la oración en un mundo de masas despersonalizadas que viven a gusto en el ruido, que desconocen el dialogo y que transitan en la evasión. Difícil también tu presencia en la liturgia. Celebraciones reducidas a ritos que no dicen ya nada a la gente, templos viejos y cada vez más vacíos, lenguajes inentendibles, asambleas automatizadas e indiferentes. Eres el administrador sumo de la gracia y cómo pesa esa responsabilidad sobre la debilidad de tus hombros. Difícil misión la tuya cuando sin esperanza no se puede ser santo y cuando nosotros tus colaboradores –y quizá tú mismo- hemos dejado de levantar los ojos al cielo.

Es, sin embargo, en el ejercicio de gobierno donde más se manifiestan las dificultades de tu ministerio de Obispo. Todos sabemos –y tú más que nadie- que el episcopado es un servicio y no un honor, pero ¿quién cree hoy en el poder ejercido al margen de los reflectores de la política? ¿Quién cree en una autoridad emanada de la libertad interior, de la gratuidad inagotable y de la generosidad incansable? El pueblo se ha acostumbrado a ver el maridaje del poder con las riquezas, la ostentación, el despotismo y la injusticia, ¿cómo hacerle ver un poder unido a la humildad, la sencillez, la austeridad y la pobreza? Fundar tu gobierno en la autoridad moral y en la santidad de vida tropieza hoy –para ti y para nosotros- con muchas y graves dificultades. El mundo que vivimos no está dispuesto a la comunión ni a la obediencia, no está dispuesto a colaborar contigo en la edificación de un pueblo. Difícil misión la tuya cuando nosotros tus colaboradores –y quizá tú mismo- vivimos cada vez más lejos de nuestra gente.

Antonio Caso escribió alguna vez, desde su atalaya de filósofo, que la vocación de los apóstoles no pudo haber tenido mejor lugar que en la orilla del mar –donde comienza la visión de lo infinito-, y que Jesucristo no pudo haber llamado a mejores hombres que a los pescadores, hombres de esperanza acostumbrados a enfrentar tormentas sobre la fragilidad de una barca. Hoy cumple tu vida 73 años, de los cuales 35 han sido de Episcopado.

Felicidades al pescador que fue llamado un día para sostener la esperanza; felicidades al que remendaba redes y fue considerado digno de vivir para el servicio; felicidades al que dejó a su padre para confirmar la fe de sus hermanos; felicidades al hombre que aceptó la responsabilidad de la frágil barca del Maestro; y felicidades, sobre todo, al pobre hombre que lucha cada día para ser fiel a sus promesas.

De todos modos, la carta no ha querido ser de felicitación y sí una meditación sobre la grandeza de un don puesto en la fragilidad de un hombre, meditación que quiere valer para todos los que, como yo, compartimos tu sacerdocio.

“En las piedras, decía Sor Juana -verás el ‘aquí yace’; en los corazones- decimos hoy también como ella –verás el ‘aquí vive’. Acuérdate de nuestro deseo cuando eras presbítero y celebrabas la Eucaristía con nosotros: ¡ad multos annos vivas!

Atentamente Pbro. XXX

jueves, 10 de agosto de 2017

Buscando la imagen de Dios. Entrevista al fotógrafo Heriberto Cano Méndez

“Soy inmensamente feliz cuando hago fotografía y música”, sus dos grandes pasiones en la vida. Continúa, “en el subconsciente llevo la técnica, pero priva el corazón. Dios me dio mucho sentimiento, en las dos actividades que desarrollo”.


En su estudio, que se ubica en la 5 oriente 605, en el Barrio de los Sapos, nos recibe el fotógrafo poblano Heriberto Cano. Siempre tuvo claro lo que quería ser en la vida: “artista”. Contemporáneo del gobernador de Puebla Mario Marín Torres (2005-2011), fueron compañeros en la Secundaria Federal. Terminada la instrucción básica, incursionó en el canto y la composición. Obtuvo un segundo lugar en el Concurso de Canto de la Primera Feria Nacional de Puebla.

En su carrera como cantautor grabó dos discos, y participó en programas de radio y televisión. Ha tenido el privilegio que Estela Núñez y Alberto Vázquez, grabaran algunas de sus composiciones. Sin embargo, como él lo dice “si no estás en el ambiente es difícil seguir en la jugada”.


DEL CANTO A LA FOTOGRAFÍA

Se inició en la fotografía gracias al nacimiento de su primera hija, Beyder. Nos cuenta: “Cuando cantaba había gente que me tomaba fotos y me gustaba mucho, la fotografía me llamaba mucho la atención. Era un ‘hobby’ demasiado caro. Pero cuando nace mi primera hija, compré mi primera cámara”. Así inició su periplo por el arte fotográfico, tomando fotos en los cumpleaños y fiestas familiares. Continuaba cantando y viajando por toda la república. Pero, “cuando uno quiere ser artista, la juventud es importante, es difícil entender que te estás haciendo grande, los empresarios quieren gente joven, sino ya no te contratan”.

Cuando Heriberto cumplió 35 años, decidió quedarse en Puebla y sentar cabeza. La realidad empezó, y se hizo las preguntas: “¿Qué voy hacer? ¿En qué voy a trabajar?” Dejó la música. En ese tiempo su hija iba al kínder, y veía a los fotógrafos cómo tomaban fotos. Las vendían “como hojaldras en día de muertos”, nos comenta. “Yo le tomaba fotos a mi hija y las mamás me decían ‘Tómele una a mi niña’ Yo les decía —‘No, yo no soy fotógrafo’. Y ahí empecé a tomárselas a los niños en la escuela”. Pasó un año tomando fotos sin saber casi nada del arte de fotografiar. “Al ver las publicidades de fotografía —nos dice–, pensaba que eso era lo que yo quería hacer”.

Buscó la manera de estudiar, difícil en esa época en la angelopolis, fue a cursos de fotografía en la Asociación de Fotógrafos de Puebla. Su rostro se ilumina: “Me preparé tres años a conciencia. Saqué mis diplomados de Retrato, Producto, Fashion, y otros más. A partir de ahí no he dejado de estudiar”. No se conformó con el retrato social, no porque fueran malos sino porque en las dos actividades de su vida; el canto y la fotografía, siempre ha intentado ser el mejor.




LOGROS Y PREMIOS

En 1991 inició su vida profesional como fotógrafo. Empezó a participar en concursos de fotografía. Su primera imagen artística la denominó “Mujer en la niebla”, tomada en la Sierra Norte de Puebla. A la fecha tiene 26 años como fotógrafo profesional. Comenta con una gran sonrisa: “Soy inmensamente feliz cuando hago fotografía y música”, sus dos grandes pasiones en la vida. Continúa, “en el subconsciente llevo la técnica, pero priva el corazón. Dios me dio mucho sentimiento, en las dos actividades que desarrollo”.

Hubo un tiempo en la fotografía, que quiso ser técnicamente perfecto, fueron dos años del 2001 al 2002, sus fotografías eran frías, no transmitían nada. “Aprendí la técnica para perfeccionar mi trabajo, ahora la técnica es algo mecánico. Sé manejar la cámara sin preocuparme en los mecanismos, es lo que menos me importa, porque cuando empiezo a pensar en la técnica dejo de ver muchas cosas”. Ha ganado algunos  primeros lugares, dos importantes, la Kodak Gallery Award en 1993, fue el último premio que dio Kodak en México. La Diosa de la Luz en la revista Foto Zoom. También obtuvo la Maestría en la Asociación  Nacional de Fotógrafos.


FOTOGRAFÍA RELIGIOSA

Al fotógrafo lo hemos visto en la Procesión del Viernes Santo, le preguntamos ¿cuál es su experiencia en ese día tan importante para la los fieles católicos?

“¡Es maravilloso lo que simboliza, y el fervor de la gente! Algunas veces uno se rehúsa a creer, pero cuando ves a la gente, su rostro irradia su fe. Me dan escalofríos, a pesar de estar trabajando, ves el fervor del pueblo. Llegó un momento en que desde la parte alta de un hotel, al ver la procesión, sentí una paz como no se pueden imaginar. Como si la paz que lleva esa gente te la transmitieran”.

Buscando las imágenes detrás del lente fotográfico ha encontrado el rostro de la fe y la paz, pero también ha encontrado el “temor de Dios”. Nos cuenta: “Retratando un día un Cristo de Catedral, uno de marfil,  me dio pánico, temor, me impresionó tanto, al grado de decirle, ¡Señor, perdóname!”.

“Tuve otra experiencia, cuando tomé la imagen de la Capilla del Rosario, la trabajé en el estudio y al abrirla me dieron ganas de llorar”. Aclara su fe: “No soy fanático de la religión, soy un creyente, pero no me gusta fanatizarme. Quizá sea un mal católico pero soy muy creyente. Me impresionan los interiores de los templos, y los santos, sobre todo en los pueblos, que nos son tan estilizados”.

La experiencia de la fotografía lo ha llevado a encontrarse con la creación: “Una fotografía es un instante en el tiempo: un atardecer, un cielo, Dios nos lo dio así”. Concluye diciendo: “Un fotógrafo en cada imagen tiene una historia. Y yo, tengo más de mil historias que contar”.

viernes, 28 de julio de 2017

Un controvertido platillo

El arte y la tradición de Puebla señala que la fama de los chiles en nogada, que cobra vida en los meses de agosto y septiembre, desata verdaderas pasiones sobre la verdadera receta y el auténtico sabor.

Por Eduardo Merlo Juárez


Cada año, por estas fechas, hacen su agosto, en el cabal sentido de la palabra, todos los sibaritas y émulos de Gargantúa o Pantagruel, esto porque las cocineras, siempre las ilustres y distinguidas damas poblanas, echan la casa por la ventana para agasajar a los amigos con el soberbio banquete que constituyen los chiles en nogada.

Como todos los guisos famosos, cada quien dice tener la verdadera receta, la única e indiscutible, y tienen razón, porque cada cabeza es un mundo y como lo afirma el dicho “cada quien tiene su forma de matar pulgas”, aunque en este caso en lugar de matar se trata de cocinar.

Alrededor de los chiles en nogada se han difundido una serie de historias basadas en simples versiones que carecen de sustento o han sido tergiversadas y mal interpretadas.

La más famosa refiere que pasando por la Puebla de los Ángeles, el afamado caudillo de la Independencia, don Agustín de Iturbide, las autoridades tanto civiles como eclesiásticas, se pusieron de acuerdo para ofrecer una cálida bienvenida a quien representaba entonces el triunfo de la insurgencia y la promesa de una patria mejor. Entonces ninguno imaginaba que ya el distinguido capitán elucubraba sus intenciones imperiales, quizá si ello se hubiera sabido, la recepción hubiera sido el doble de tumultuaria.

El caso es que sabiendo de su llegada, prepararon un solemnísimo Te Deum, adornando como nunca la catedral. Por parte el ayuntamiento, mandó barrer la ciudad y colocar arcos de flores por donde pasaría el señor Iturbide. Vino el momento de programar el banquete insoslayable, así que decidieron escoger el menú. Dado que empezaba el mes de agosto, estando ya listas las nueces de Castilla y los duraznos, elementos indispensables de los chiles en nogada, solicitaron a las religiosas de Santa Rosa, que eran las más afamadas en cuestiones de gastronomía fina, para que prepararan el suculento platillo para el banquete a don Agustín.

Cabe señalar y enfatizar que los chiles en nogada se conocían y consumían en Puebla desde finales del siglo XVII, siendo tradicionales para prepararse y consumirse alrededor de la festividad de San Agustín. Llamándose así al caudillo, quedaron todos más que convencidos de que el banquete debería incluir los mejores chiles en nogada que hubiera visto el michoacano insurgente. Pusieron gran empeño las monjitas, mandando a las criadas al mercado de la plaza para que escogieran los chiles de mayor tamaño, teniendo cuidado para que no fueran muy picosos, tampoco que resultaran como hierbas; igualmente que buscaran a los inditos que de la región de Calpan traían sus nueces de Castilla, prefiriendo las que tienen mayor tamaño y color de la pulpa. También manzanas panocheras, duraznos criollos y peras de las que provenían de la huerta de los carmelitas descalzos. Unos buenos piñones y plátanos machos. Por su parte en el convento recibirían a los que traían de entregas, el fresco queso de cabra.

Como era costumbre, lo primero que hicieron fue la penitencia de pelar las nueces, pues es requisito dejar la carnita blanca, sin hollejo que oscurece y amarga. Mientras se ejecutaba esta operación rezaban piadosas el rosario, echándose a la boca, de vez en cuando, una que otra nuececita. Las criadas conventuales, por su parte, tostaban los chiles y prestas los envolvían en tela, para evitar que se enfriaran e irlos pelando como Dios manda.

Ya en el mero día, que dicen que fue el 3 de agosto, tempranísimo andaba esa cocina “santoñaresa” como sucursal del pingo, unas entraban, otras salían, gritos de la madre cocinera, reclamos de las legas, regaños a las criadas, uno que otro pescozón. Muchas fuerzas y no poco entusiasmo se requería para batir la clara de los cientos de huevos depositados en un cazo, se sucedían unas a otras las batidoras para que subiera la mezcla a punto. Previamente se había preparado el “manjar”, es decir, el relleno, a base de una mezcolanza de frutas finamente picada, a la que habían agregado dulce de biznaga, que en otros lados se le dice acitrón, le ponían pasitas y los piñones, amasijaban todo y listo. Mientras otras enharinaban los chiles y los introducían en el capeo, para luego introducirlos en el gigante sartén lleno de manteca hirviendo, rellenos del dulcísimo contenido. Después se sacan del sartén y los acomodan en platones, que diligentes criados, fuera de las celosías de clausura, esperaban para llevar en los carromatos hasta el Palacio Episcopal.

En ollas o jarras de loza blanca, se iba poniendo la salsa de nuez, preparada, con el queso blanco, la nuez de Castilla y vino blanco, espesita para que sepa y ya estaba prácticamente todo, o casi todo, porque a la madre cocinera se le ocurrió la brillante idea que ha hecho tergiversar la historia, sabiendo que el caudillo enarbolaba la bandera en bandas diagonales verde blanco y rojo, de las Tres Garantías, discurrió que al bañar con la nogada los chiles, se les agregaran granos de granada y bolitas de perejil, para imitar esos colores nuevos de la Patria. De inmediato corrieron las criadas a la plaza a comprar todas las granadas que pudieron, las pelaron y llenaron platos con los rojísimos granos.

Ya trasladado todo, con no pocos trabajos al Palacio Episcopal, cuyo edificio todavía existe en nuestros días, está ubicado en la esquina de la calle 16 de Septiembre y avenida 5 Oriente -es, hoy la oficina de correos- llenando materialmente la amplia cocina. Se había habilitado una gran galería del piso superior, donde trajeron mesas de quién sabe dónde, manteles muy bordados y encima copas de distintos tamaños, vajillas prestadas por las ilustres familias e igualmente cubiertos. En la cabecera se colocó el sitial del prelado, que en esta ocasión lo cedió para el distinguido visitante.

Concluyó el Te Deum catedralicio y la comitiva, con no pocos colados, se dirigió al recinto episcopal, sentándose todos para escuchar los largos discursos elogiosos a los héroes que hasta entonces eran reconocidos. Agradeció el caudillo tanta hospitalidad y luego el Deán, junto con el alcalde, expresó que la ciudad de Puebla, adelantando su cuelga al famoso Agustín de Iturbide, le ofrecía el banquete. Empezó la comida y se sucedieron las sopas aguadas y secas, para servir de preámbulo al platillo especial. Cuando el caudillo contempló el enorme plato con el chile capeado, empapado en nogada y las bandas de granada y perejil, mucho se emocionó, agradeciendo que se hubiera inventado para su “humilde persona”. Ninguno se atrevió a desengañarlo, diciéndole que los chiles en nogada eran ya un platillo muy antiguo, así que dejaron correr el cuento que macizó con el tiempo y que hace que ahora muchos juren y perjuren que se hicieron en honor a Iturbide.

La fama de los chiles en nogada en agosto y septiembre, da lugar, como mencionamos al principio, para que se desaten las pasiones sobre la verdadera receta y el auténtico sabor. En esto sí lamentamos no contar con la sapiencia del rey Salomón, lo que podemos decir es que los mejores chiles en nogada son los de nuestras propias casas, ya que en cada una de ellas se sigue una tradición que viene de muy atrás y que no sería justo comparar con la del vecino. Eso sí, se pueden establecer reglas generales, por ejemplo: los chiles nunca se deben dejar de capear, presentarlos desnudos es una señal de pobreza y descuido. Tampoco se debe usar leche condensada o evaporada en la nogada, eso es simplemente una cochinada. Hay quien usa nuez encarcelada, realmente se puede hacer, pero lo mismo resultaría con crema de cacahuate un auténtico asco.

El relleno original era exclusivamente de frutas secas y cristalizadas, pero con el tiempo se le fue agregando, primero, carne de cerdo picada, luego de res molida y finalmente, de las dos en una promiscuidad auténtica. Dado que esa costumbre tiene ya sus años, se ha admitido como válida.

Usted, distinguido lector o lectora, puede escoger el tipo de chiles que sean de su real gusto, yo me limito a darle la reseña, total el que los va a comer es usted. ¡Buen provecho!


* El autor es integrante del Consejo de la Crónica de la ciudad de Puebla, asesor cultural de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP), conferencista, organizador y conductor de los paseos dominicales denominado “Los pueblos de Puebla”, articulista del periódico El Sol de Puebla, conductor del programa de radio “Eduardo Merlo cuenta” que se difunde los sábados en la XEHR, 1090 de AM.