domingo, 22 de julio de 2018

Noviazgo: entrega y plenitud

La relación se construye a partir de una comunicación completa y clara, ésta es tal vez el elemento central de un noviazgo fructífero: que se logre una verdadera comunicación que permita tomar decisiones informadas y eficaces en cada una de las etapas por las que se va pasando.


Por Encuentro de Novios de Puebla

Pedro y Marcela llevan dos años de novios, él trabaja en el banco y ella es educadora en un kínder de su ciudad, el sábado, cuando se ven para tomar un café Pedro le dice a Marcela: “Te quieres casar conmigo” Marcela se queda impactada, no puede responder, no sabe qué hacer, empieza a llorar y le pide a Pedro la lleve a su casa.


Realidad
Las parejas enfrentan el miedo cuando tienen que tomar una decisión definitiva y para toda la vida, lo que ha sucedido antes es determinante para esta decisión.

Marcela llega a su casa y no entiende qué le pasa, hace tres años se sentía sola, aunque le gustaban los niños y su trabajo, a veces se le hacía pesado levantarse para ir al kínder; salía con sus amigas al cine, se divertían en las discos, pero en el fondo faltaba algo. Conoció a Pedro en una fiesta de la Directora, desde ese día, sin que hubiera pasado nada, su vida cambió, se empezó a cuidar más, se pintaba, hacía ejercicio y buscaba la ocasión de encontrarse con Pedro.


Realidad
El hombre no está hecho para estar solo, somos sociales por naturaleza y la relación hombre-mujer está inscrita en el corazón. Por más que se desarrolle uno de manera individual, esto no satisface lo que no se entrega muchas veces se descompone.

Pedro por su parte, empezó a estar distraído en el banco, de repente estaba pensando en Marcela y no sabía ni por qué. Quería verla todo el día, estar con ella, ir a todos lados con ella. El día de la quincena ya no aguantó más, le llamó por teléfono y la invitó a tomar un café. Al llegar a la mesa, a Pedro le sudaban las manos, estaba muy arreglado y, antes de poder pedirle nada al mesero, le dijo a Marcela: “Me gustas y quiero que seas mi novia”.


Realidad
La decisión de exclusividad es algo natural en el desarrollo de una relación, se quiere a una persona en lo individual, se busca la profundización con ella, es un paso clave que requiere madurez y compromiso. Si no se da, no se puede conocer a fondo a la persona.

Marcela no lo podía creer, estaba feliz, le dijo que sí a Pedro y le dio un beso. Ese día empezó su noviazgo. A partir de ese momento la vida de los dos cambió, sus papás no lo podían creer, Marcela se veía radiante, amanecía cantando, en el kínder los papás y la directora estaban sorprendidos, los niños y niñas la querían más que nunca. Pedro, por su parte, empezó a trabajar mejor que nunca, con energía especial y una disposición que sus compañeros no conocían.


Realidad
La entrega, el pensar en otro, en una palabra, el amor transforma a las personas, le da sentido a la vida, produce alegría y júbilo. Las relaciones egoístas y mezquinas producen resultados inmediatos, pero no alegría y plenitud.

Conforme su noviazgo avanzó cada día tenían mayor intimidad, pasaban muchas horas juntos; en un viaje de fin de semana a las montañas, se encontraron de repente juntos y solos frente a la chimenea, la cercanía les producía una emoción indescriptible, se sentían atraídos el uno hacía el otro de una manera que no habían experimentado; Marcela susurró al oído de Pedro: “Te amo”. En ese momento Pedro reaccionó y le dijo: “Yo también te amo y creo que lo mejor es que salgamos a caminar”.


Realidad
Las manifestaciones de amor, gradualmente se van profundizando y son cada vez más íntimas, pero también deben ser proporcionales al compromiso contraído, la afectividad creciente debe ser resultado de la intimidad personal, no del deseo o de la sensualidad. Una relación sin respeto, tarde o temprano se destruye.

Después de un viaje que tuvo que hacer a una de las sucursales del banco, Pedro llegó y notó a Marcela un tanto distinta, más bien callada y con cierta tristeza. Después de un par de días de observar y confirmar que sus percepciones eran correctas, Pedro le pregunto: “¿Te pasa algo? Te noto distante y triste”. La primera reacción de Marcela fue decir: “No, no me sucede nada”; pero Pedro insistió pues no estaba satisfecho con la situación.

Después de mucho insistir Marcela finalmente le dijo: “Te fuiste dos semanas, sabes cuánto me gusta estar contigo, escucharte y no tuviste la delicadeza de hablarme más que el fin de semana. Estoy llegando a la conclusión que no te importo, que no significo para ti lo mismo que tú para mí y de esta manera me parece que es mejor pensar si nos conviene seguir juntos”. Pedro no lo podía creer, estaba trabajando más duro que nunca para poder casarse con Marcela, le había comprado unos chocolates a su regreso y había pensado todo el tiempo en ella; y ahora resulta que no le interesaba, no la entendía y se incomodó con la situación.


Realidad
La relación se construye a partir de una comunicación completa y clara, éste es tal vez el elemento central de un noviazgo fructífero, que se logre una comunicación verdadera que permita tomar decisiones informadas y eficaces en cada una de las etapas por las que se va pasando: enamoramiento, conocimiento inicial, profundización, desencanto, compromiso.

Después de superar varias circunstancias de empleo, dinero, salud y familia fue que Pedro se acercó a Marcela para ofrecerle matrimonio, Marcela estaba feliz, pero al mismo tiempo tenía dudas sobre sus posibilidades reales de vivir para siempre con Pedro, sabía que eran muy diferentes en algunas áreas como el dedicar el tiempo libre, cómo veían el trabajo y el dinero; pero al mismo tiempo lo quería, sabía que a su lado era feliz y entonces no sabía qué hacer.


Realidad
El compromiso es la etapa culminante de cualquier relación, bien sea para deshacerla o mantenerla, pero se debe dar ese compromiso. Se requiere madurez y decisión para dar el paso, la sensibilidad no puede ser el factor de decisión para entregar la vida por siempre a otra persona.

Al llegar a su casa, se detuvo frente del crucifijo que tenía en la cabecera de su cama y oró, pidió por la decisión que estaba a punto de tomar, pidió lucidez para analizar la situación y voluntad para cumplir su decisión.


Realidad
El amor de pareja es reflejo del amor de Dios y sólo Él lo entiende plenamente, sólo con Él se puede caminar por el sendero correcto y sólo Él puede ayudar a mantener una relación para toda la vida.

sábado, 14 de julio de 2018

La actitud ante el sufrimiento, Segunda Parte

...no niego mi situación, más bien la asumo tal cual es y lloro cuando me siento triste, pero también duermo cuando me siento cansada, río cuando me siento alegre, como cuando tengo hambre y estoy con mis hijos, cuando estoy con mis hijos...


Por Enrique López Albores *

Cuando a Juan, de 22 años de edad y estudiante de medicina, le diagnosticaron cáncer, la noticia lo dejó frío y no supo qué decir.

De regreso a casa, su madre, que lo había acompañado a la consulta, le sirvió lo que acostumbraba cenar, y su padre, que recién llegaba del trabajo, se sentaron con él a compartir los alimentos. Nadie se atrevía a decir palabra, realmente estaban espantados, tristes y con un rayo de luz de esperanza que les decía que tal vez el médico se había equivocado, o que consultando a otro médico las cosas serían diferentes... Nada fue disconforme, las cosas estaban igual con la segunda y la tercera opinión de los médicos.

Juan había sido hasta ese momento un joven dinámico, lleno de vida, le gustaba jugar baloncesto y se dedicaba al estudio lo más que podía, situación que le permitió avanzar rápidamente en su carrera universitaria. Estaba cursando los últimos semestres y la perspectiva de trabajo era buena para él.

Juan sabía perfectamente lo que le estaba pasando, sabía con toda certeza lo que le pasaría con los tratamientos, sabía de la caída del cabello, el debilitamiento físico y una serie de cambios en sus hábitos, alimentación, estados ánimo y en aquello que le pasaría a su cuerpo. Lo sabía... y no.

Un día de tantos, entre el tratamiento y la escuela, entre la tristeza y la furia, entre el desánimo y la esperanza, un día de esos, Juan se encontró con una mujer, madre de cuatro hijos, viuda, con cáncer y sometida a las quimioterapias y demás tratamientos. Ese día fue trascendental para Juan. La mujer lucía delgada, sin cabello y con una enorme sonrisa que le iluminaba el rostro, una sonrisa que contagiaba hasta el más fantasmagórico de los rostros.

Se sentaron juntos esperando su turno para recibir la "quimio", como ellos le llamaban, mientras tanto empezaron a platicar. Ella le compartió que a veces, cuando salía de las sesiones se sentía desfallecida, pero lo que le daba ánimos y fuerza para seguir adelante era el recuerdo de sus cuatro hijos esperándola para comer o para cenar cuando había algo qué cenar. Le platicó cómo la más pequeña de sus hijas, estaba aprendiendo a leer y el gusto que sentía la niña y ella misma cuando lograba formar una sílaba o una palabra. La niña no sabía que su mamá tenía cáncer, tampoco sabía que, tal vez, pronto la perdería, lo único que sabía era que su mamá le ayudaba con su tarea un poco y la acompañaba cada que tenía miedo en la oscuridad de la noche.

Juan escuchaba entre conmovido y alegre, pero siempre atento siguiendo la narración de aquella madre que se debatía entre la vida y la muerte, hasta que se atrevió a preguntarle: ¿Le tiene usted miedo a la muerte? Y ella le contestó:

"Hace tiempo dejé de tenerle miedo, al principio era algo que me atormentaba, era algo que no me dejaba dormir, me daba miedo pensar que pronto dejaría de ver a mis hijos, me daba miedo pensar que mis hijos no podrían hacer nada para sobrevivir, me daba miedo pensar que me enterrarían y quedaría sola en el cementerio, me daba miedo muchas cosas, y, gracias al miedo había empezado a dar cabida cada vez más a esta enfermedad que me está disminuyendo día a día, me di cuenta que era yo quien le daba entrada al desánimo, y también me di cuenta de que la vida se me estaba escapando entre los malestares, la angustia y el miedo. Sobre todo, me di cuenta que, quizá los últimos días de mi vida, los estaba echando al bote de la basura porque no los pasaba con mis hijos. Desde ese día, decidí que, independientemente con todo y el dolor físico que llego a experimentar por el tratamiento, los momentos en que yo me sintiera bien, sean los que sean, dure lo que duren, los utilizaría pasando tiempo con ellos, disfrutando lo que sí tengo cuando los escucho sonreír, hablar o gritar.

También decidí ese día hacer un trato con la muerte y le dije: "Muerte, yo sé bien que estás cercana, sé muy bien que en el momento que te plazca me puedes llevar, pero sería lo mismo si no tuviera esta enfermedad que tengo, así que, desde hoy quiero decirte que no me detendré pensando en lo que tú me aguardas, no me detendré a pensar en lo que me espera cuando me tomes de la mano, no desperdiciaré el tiempo dejando que me entierres tu aguijón en mi corazón, desde hoy muerte, disfrutaré a mis hijos y de cada uno de los detalles de la Vida. ¡Sí, la vida! que me da cada día, cada minuto, en cada sonrisa, en cada amanecer, en cada persona que encuentro en la calle, en el hospital o donde sea que me encuentre. Muerte, serás bienvenida cuando vengas pero por lo pronto mi encuentro es con la VIDA".

Desde ese día, mi estimado joven, la muerte guardó su aguijón para mí y también para mis hijos los mayores quienes ya se dan cuenta de la situación.

Desde ese día, no niego mi situación, más bien la asumo tal cual es y lloro cuando me siento triste, pero también duermo cuando me siento cansada, río cuando me siento alegre, como cuando tengo hambre y ESTOY CON MIS HIJOS, cuando ESTOY CON MIS HIJOS.

Juan y otras personas que sin querer escucharon las reflexiones de aquella mujer y su canto a la vida, se quedaron impactados y en silencio pero pensando cada quien para sus adentros lo que quiso, pero a Juan ese día le cambió la perspectiva de su propia existencia.

Llegando a casa compartió la experiencia con sus padres, compartieron sus sentimientos, sus miedos, su dolor y también compartieron un pacto, un pacto de vida, desde ese día vivirían lo que tenían que vivir disfrutando cuando había algo por disfrutar y también llorando cuando había motivos para ello.

Juan decidió volver al baloncesto, cada que podía salía con sus amigos, fue recuperando la alegría de vivir cada día, fue transformando su experiencia de una experiencia de dolor sin sentido a una experiencia de crecimiento y fortalecimiento espiritual que le permitía distinguir entre aquello que podía hacer dentro sus limitaciones y aquello que ya no podía hacer por las mismas limitaciones y descubrió que... lo que podía hacer era mucho más de lo que hacía incluso cuando estaba sin el cáncer: encontrarle un sentido a su existencia gracias a la enorme sensibilidad que había desarrollado dentro las circunstancias que la vida le había deparado.

El final de la historia de Juan todavía no se puede escribir, el final de su historia no viene al caso en este momento, porque él menos que nadie todavía no piensa en ese final, no le interesa, está mucho más centrado en el "presente" que la vida le regala a cada momento, a cada paso, con cada persona.

Solamente queda una pregunta por hacernos: ¿Qué es más importante, lo que nos pasa o la actitud que tomamos frente a eso que nos pasa?

* El autor es catedrático en la Universidad Iberoamericana Puebla y en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP). Consultor en empresas como BBVA Bancomer, ThyssenKrup, Federal Mogul, Holcim Apasco, Grupo Lamitec, entre otras, en donde ha integrado equipos de alto desempeño e impartido seminarios de formación a nivel gerencial y mandos medios.

viernes, 18 de mayo de 2018

La actitud frente al sufrimiento, Primera Parte

No es la carga la que nos vence (...), sino el modo en que la llevamos.
Fabry, 1977


Por Enrique López Albores *

Existen dos tipos de situaciones o acontecimientos en la vida: las que sí podemos cambiar (modificables) y las que no podemos cambiar (no modificables).

No puedo dar en este momento un porcentaje exacto de todas aquellas situaciones modificables, pero sí puedo traer a cuento varios ejemplos o casos que las ejemplifiquen, entre ellos encontramos a los sistemas políticos y económicos, los sistemas familiares, las normas que rigen una sociedad, las costumbres que se practican, algunas enfermedades atendidas a tiempo, mis relaciones interpersonales, un trabajo, etc.

Aunado a las situaciones modificables que he mencionado y un sin número de ellas que he omitido se encuentran también las situaciones no modificables. Ejemplos de estas situaciones son una enfermedad incurable, la muerte y el dolor.

Frente o en las situaciones modificables existen dos actitudes que podemos tomar, una sana y otra insana. La actitud sana en una situación modificable es hacer todo lo que esté en nuestras manos para cambiarlo, es poner en marcha todas aquellas actividades que podemos y “debemos” realizar para cambiar dicha situación.

La actitud insana en una situación modificable es dejar de hacer lo que está en nuestras manos para cambiar dicha situación, es esperar que “de puro milagro” las cosas cambien, que mejoren o que simplemente desaparezcan. Esta actitud podemos calificarla de pasividad destructiva porque dejamos de hacer aquello que “debemos” hacer para colaborar en la transformación de la situación modificable.

Los ejemplos usted mismo puede encontrarlos. Las situaciones modificables con que nos enfrentamos a cada día y van desde lo micro hasta lo macro. Desde situaciones que podemos cambiar en nuestra propia persona, en nuestra pareja, en la relación con nuestros hijos, nuestros compañeros de trabajo, hasta situaciones que tienen que ver con cuestiones estructurales de gobierno, de economía nacional e internacional.

Si existe la idea de que las cosas y decisiones nacionales e internacionales no nos competen, es justamente porque a alguien le conviene que creamos eso y vivamos así, enajenados de nuestra responsabilidad personal y social.

Basta revisar la historia universal, la historia de nuestro país, las decisiones políticas que últimamente hemos venido tomando como nación en diversos ámbitos de nuestra vida nacional. La historia es una serie de cambios y transformaciones llevadas por la voluntad y la acción de personas tan concretas y de carne y hueso como usted y yo.

Ahora bien, abordemos las situaciones no modificables, frente a éstas o en estas situaciones también existen dos actitudes que podemos adoptar, una insana y otra sana. Abordemos primero la actitud insana para dejar cancha a la actitud sana que nos interesa más.

La actitud insana es no aceptar la situación tal como es, es negarla, es querer cambiarla y hacer todo para que esa situación deje de existir o para dejar de sentirla. Es obstinarse en lo absurdo, es insistir en lo inevitable, es querer tapar el sol con un dedo o detener el cause de los ríos. Es desear que el tiempo vuelva para recuperar salud, belleza, juventud. En este sentido, cuando nos obstinamos en CAMBIAR algo que NO SE PUEDE MODIFICAR, estamos distrayéndonos para no MODIFICAR lo que sí podemos modificar y que nos traería mayor salud en todos los aspectos de nuestra vida.

La actitud sana en una situación no modificable se caracteriza por la aceptación “pasiva” de la situación existente. La única transformación que en este caso se realiza es justamente el cambio de actitud. Alguien ha mencionado en una ocasión, haciendo la diferencia entre dolor y sufrimiento, que el dolor es inevitable y el sufrimiento es opcional, significando con esto al sufrimiento como la actitud que tomemos frente a eso que es doloroso.

En palabras de Joseph Fabry (1977) podemos afirmar que el sufrimiento en sí mismo carece de sentido, pero una persona puede adoptar actitudes significativas respecto a hechos que en sí mismos carecen de sentido y además el sufrimiento puede tener sentido, si nos cambia y nos mejora.

V. E. Frankl (1995) afirma que: “Cuando uno se enfrenta con una situación inevitable, insoslayable, siempre que uno tiene que enfrentarse a un destino que es imposible cambiar, por ejemplo, una enfermedad incurable, un cáncer que no puede operarse, precisamente entonces se le presenta la oportunidad de realizar el valor supremo, de cumplir el sentido más profundo, cuál es el del sufrimiento. Porque lo que más importa de todo es la actitud que tomemos hacia el sufrimiento, nuestra actitud al cargar con ese sufrimiento.”

Ahora bien, el mismo Frankl, en la obra ya citada, se anota la siguiente aclaración en relación al sentido del sufrimiento y dice que: “El sufrimiento no significará nada a menos que sea absolutamente necesario; por ejemplo, el paciente no tiene por qué soportar, como si llevara una cruz, el cáncer que puede combatirse con una operación; en tal caso sería masoquismo, no heroísmo.”

Encontrar el sentido de la vida es ya uno de los desafíos más grandes de la existencia humana, hacerlo en el sufrimiento lo es aún más.

La actitud, regida muchas veces por nuestros pensamientos y la lectura que damos de la vida y lo que nos acontece, determina en gran manera la forma como vivamos las situaciones más difíciles que de una o de otra manera tenemos que enfrentar a lo largo de nuestra vida.

Ahora que hemos diferenciado a lo largo de este escrito los tipos de situaciones (modificables y no modificables) a las que nos enfrentamos y los tipos de actitudes (sanas e insanas) que podemos tomar en dichas situaciones lo único que nos queda es el reto de aprender a conocer la diferencia para invertir energías en aquello que podemos y estamos llamados a modificar y no quemarnos o desgastarnos en querer cambiar aquello que de suyo es no modificable.

Para finalizar les comparto la oración tan famosa de la serenidad: Señor, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar; el valor, para cambiar las que sí puedo; y la sabiduría, para conocer la diferencia.

* El autor es catedrático en la Universidad Iberoamericana Puebla y en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP). Consultor en empresas como BBVA Bancomer, ThyssenKrup, Federal Mogul, Holcim Apasco, Grupo Lamitec, entre otras, en donde ha integrado equipos de alto desempeño e impartido seminarios de formación a nivel gerencial y mandos medios.

jueves, 10 de mayo de 2018

Madre... y padre al mismo tiempo

Muchas madres solteras piensan que por el hecho de haberse entregado a un hombre ya no valen nada y que ningún hombre valioso las tomará en cuenta. ¡No pienses de ese modo! Es mucho tu valor al enfrentar la vida y la educación de tus hijos.


Rosalía
Es una joven de 17 años, la mayor de seis hermanos; entusiasta, alegre, dispuesta siempre a divertirse y pasarla bien.

La familia de Rosalía no es amante de las fiestas juveniles, de los antros, le daban pocos permisos y la responsabilizaban siempre del cuidado de la casa y de sus hermanos más pequeños. Era como un ave encerrada en una jaula. Pocas veces o ninguna, la mamá dialogaba con ella y la orientaba a ver la vida como es.

Un día, Rosalía conoció a un muchacho simpático, dicharachero, con el que podía conversar de intereses juveniles; se comprendían y era dichosa en su compañía. Tres meses trascurrieron felices.

El joven la visitaba en la casa, hablaba con los padres, jugaba con los pequeños, se mostraba encantador, ni ella ni la familia se interesaron por la procedencia, costumbres o creencias del muchacho. Las relaciones siguieron adelante, pero cuatro meses más tarde desapareció como el humo.

¿Dónde y cuándo sucedió? Para qué dar detalles. Rosalía tenía dos meses de embarazo, vivía con angustia y desesperación. Su mamá le gritó, le pegó, se lo comunicó a su esposo: “¡Cómo! Yo la he educado bien y le he dado todo lo que necesitaba... ¡No quiero volver a verla!, que se vaya de casa con quien tanto la quiere, la familia no sufrirá tal deshonra”, alega el papá de Rosalía.

De nada valieron las lágrimas ni las súplicas de madre e hija, fue expulsada del hogar, se refugió por unos días con una amiga, después con una tía, consiguió un mal trabajo, dio a luz con mil dificultades y ahora vive en un cuarto con otra joven en las mismas circunstancias… Sufre, vende lo que puede y lucha por mantener a su hijo de seis meses…


Lucila
Es secretaria en una importante empresa, tiene buen sueldo. Sus padres estaban separados hacía años, vivía con la mamá y dos hermanos, pero su casa parecía más hotel que hogar. Llevaba dos años en el mismo empleo. Un jefe la sedujo, le cantó su amor inmenso, le ofreció la luna, le regalaba con frecuencia flores, dulces, peluches... Era todo un caballero hasta que conquistó su voluntad. Le puso un departamento y aunque la mamá no quería que se fuera con él, ella insistió en que quería vivir su vida y ser feliz como nunca lo había sido.

Tuvo una hija, fue rechazada por su pareja porque él quería que fuera niño... Comenzaron las peleas, las ausencias prolongadas, la restricción del dinero (ella dejó de trabajar), los celos, las dificultades. Ya no se soportaban.

Lucila averiguó sobre su pareja, cosa que no hizo a su debido tiempo. Él era casado, tenía tres hijas. Cuando ella se lo dijo, hubo gritos, humillaciones, golpes, amenazas...

Una mañana, cansada de aguantar y después de haber recibido una paliza, se fue a casa de su mamá que la recibió. Sí, entre lágrimas y abrazos. Ahora con el disgusto de sus dos hermanos, luchan madre e hija por sacar adelante a la niñita sin papá…


Yolanda
Es una adolescente de 14 años, se siente muy moderna, considera que sus padres son anticuados a sus 44 y 47 años. Todo lo que ellos hacen o dicen le parece que es del siglo pasado porque el mundo de hoy es distinto y ellos no comprenden nada. Sus padres pelean mucho y ella encuentra la felicidad fuera de casa; tiene muchas amigas y amigos que son a todo dar.

Un día, Yolanda desaparece de su casa. Se fue con el novio, un muchachito dos años mayor que ella. Dicen que se adoran, que ellos sí saben vivir. Ambos trabajan y ganan poco, pero dicen estar muy bien. La mamá de él, que los acogió en su casa, la trata bien, pero la felicidad no duró mucho. Vivieron 6 años juntos, tuvieron tres descendientes, pero las relaciones familiares se fueron debilitando.

La mamá se fue, cansanda de cuidar nietos, pues Yolanda salía a trabajar, ganaba poco y desatendía a los hijos. El muchacho era un irresponsable, se aficionó a la bebida, su sueldo no daba para mucho. Las groserías y las discusiones continuas, que llegaron hasta los golpes, hicieron imposible la convivencia.

Hoy, con sus 20 años y sus tres hijos, tomó sus escasas pertenencias y se fue a vivir a un cuarto alquilado donde lo pasa muy mal, le falta de todo, pero al menos tiene tranquilidad y la experiencia le ha enseñado muchas cosas...

La lista de casos podría continuar, variarían los detalles y pormenores, pero nos preguntamos ¿Por qué ocurren estas cosas? ¿Por qué en nuestra sociedad se dan tantos casos de madres solteras y cada vez de menor edad? ¿Por qué siempre se culpa a la mujer y nunca al hombre?

Hay un común denominador: En la mayoría de los casos van en busca del amor que llene su corazón porque carecen de él. En el hogar no han recibido todo el interés, atención y amor que necesitaban. Cuando alguien les promete el sol, la luna y las estrellas creen en sus mentiras y engaños. Se equivocan, sí, pero no juzguemos, dejemos eso a Dios. ¿Acaso no nos equivocamos todas las personas en diversos momentos de nuestra vida?


Mamás solteras
Muchas madres solteras piensan que por el hecho de haberse entregado a un hombre ya no valen nada y que ningún hombre valioso las tomará en cuenta. ¡No pienses de ese modo! Es mucho tu valor al enfrentar la vida y educar a tus hijos. Levanta los ojos, piensa en la grandeza de la maternidad, confía en Dios.

No sufran por la falta de un hombre, de un padre para sus hijos. Hay muchos hogares en los que hay padre y no por eso los hijos son felices. Procuren dar a sus hijos lo que quizá a ustedes faltó: amor, comprensión y buen ejemplo.


A los padres de familia
No culpen a sus hijas, no van remediar nada con regaños e incomprensiones, pero sí miremos un poco hacia atrás. La mayoría de los casos proceden de donde no se vive la armonía, el diálogo, el interés de unos por otros y más bien se vive una gran indiferencia.

La irresponsabilidad de los varones y la poca atención de las mamás las llevan a huir del hogar. Interesarse por los hijos no es sermonearles, prohibirles, castigarles y exigirles. Es amarles en verdad, hablar con ellos, darles buen ejemplo, dialogar y estar abiertos a la época del mundo que estamos viviendo; hay que educar su libertad en la responsabilidad.

Los hijos han de respirar en el hogar amor e interés por ellos, sin exceso de consentimiento que sería mal educarlos; comprender sus fracasos, impulsarlos y estimularlos al bien, acercarlos a Dios, practicar con ellos la devoción a María, infundir en ellos hábitos de respeto, de honradez, de trabajo, de esfuerzo, todo ello con el ejemplo y la palabra oportuna más que con la exigencia o la sanción.
Si en el hogar y en el matrimonio no se viven actitudes de generosidad, de ternura, de comprensión y sobre todo de perdón, no cosecharán buenos frutos en los hijos. Los gritos no educan y todos queremos huir de ellos pensando que nos va a ir mejor.


¿Y el deber de los hijos?
La felicidad no se encuentra en los antros; la felicidad hay que crearla y construirla con la propia vida sabiendo observar la vida feliz o infeliz de los demás. Si creen todo lo que dicen las telenovelas, si sus maestros son la vecinita de enfrente o el muchachito sabiondo que habla de todo y no hace nada, no les auguro un buen futuro.

domingo, 29 de abril de 2018

¿Qué valores sembramos en los ciudadanos del futuro?

Debemos contribuir productivamente a cultivar los valores cívicos, respetar y amar a la patria. Transmitir estos valores significa garantizar la seguridad y estabilidad de vida que las personas necesitan para desarrollarse. Cuando los valores cívicos están bien cimentados, nace la preocupación por ayudar a los demás, no sólo a nivel comunitario, sino como una extensión que traspasa las fronteras.


Estamos viviendo en una sociedad donde todo parece superado y donde, al parecer, los hombres han llegado al culmen de los pensamientos. Pero este culmen del que se jactan muchos individuos no es puro, porque dentro de él aún anidan sentimientos desafortunados que han conducido a la humanidad a desastres.

En el tiempo presente escuchamos palabras como nacionalismo, patriotismo, sentimientos tradicionalistas, etc. sin saber su significado y auténtico contenido. Estos resguardos, en cualquiera de sus circunstancias, encierran valores que corren el riesgo de ser llevados a la radicalidad: el honor, la soberanía, el arraigo a la propia tierra, el libre albedrío y pensamientos del ser humano, sin importar los medios para alcanzarlos.

Concepciones equívocas de patriotismo han provocado millones de muertos y esto es debido a que en el corazón humano permanece incrustada la fatalidad, el odio y la intolerancia, y sólo se ve la fuerza como único medio para imponer criterios. Quién podría imaginar que, ya en el siglo XXI, actitudes de la edad de las cavernas seguirían vivas y acrecentando su fuerza. Y por si fuera poco la conciencia histórica es escasa, con esa absurda idea del olvido que en nuestra sociedad ha penetrado profundamente.

Ante esta situación urge orientar la vida al verdadero Patriotismo que es el valor que nos hace vivir plenamente nuestro compromiso como ciudadanos y fomenta el respeto que debemos a nuestra nación, por él se cultiva el respeto y amor que debemos a la patria. Este valor se manifiesta mediante nuestro trabajo honesto y la contribución personal al bienestar común. Tal vez para muchos, el ser patriota consiste en el orgullo de haber nacido en un país rico en recursos o de gran tradición cultural; para otros significa portar los colores nacionales en un evento deportivo o en el viaje al extranjero; algunos más sólo sienten pertenecer a su país en la fecha de una celebración nacional y sólo como pretexto para organizar fiesta y algarabía.

El amor a la patria no debe ser un sentimiento ocasional, sino el compromiso permanente consecuencia de haber nacido en un país y la responsabilidad que se desprende de este hecho. De la misma manera, amar a la patria se traduce en actitudes ciudadanas de entrega y trabajo gustoso por los demás que conduzcan al crecimiento intelectual, económico, moral, cultural, social y de seguridad. La construcción del país sólo se logra con el esfuerzo y trabajo personal, sumado al de todos los compatriotas.

Debemos contribuir productivamente a cultivar los valores cívicos, respetar y amar a la patria. Transmitir estos valores significa garantizar la seguridad y estabilidad de vida que las personas necesitan para desarrollarse. Cuando los valores cívicos están bien cimentados, nace la preocupación por ayudar a los demás, no sólo a nivel comunitario, sino como una extensión que traspasa las fronteras.

El patriotismo se transmite, si los padres de familia son ciudadanos conscientes y responsables de su trabajo, conducta, modales, respeto a las normas y costumbres, estarán formando futuros ciudadanos que no dejarán que el país se hunda o resquebraje. El problema de enseñar los valores cívicos en la escuela, es que fuera del aula los estudiantes no cuentan con el ejemplo y respaldo debido por parte de los adultos, entrando en un ciclo de indiferencia y rechazo hacía los símbolos patrios y todos los actos de la misma índole.

Amar a la patria es querer y fomentar todo lo bueno y positivo que contribuye a la construcción de una nación firme y solidaria. La defensa de nuestros símbolos es algo vital, son la herencia a los que disfrutarán la patria que ahora construimos, y que ellos tendrán que transmitir a la generación precedente. No esperemos que las cosas cambien por sí mismas.